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viernes, 6 de septiembre de 2019

EL MATERIALISMO EXPLICADO A LOS NIÑOS (II de III)



El materialismo explicado a los niños (D. D. Puche) | Caminos del lógos | Filosofía contemporánea



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EL MATERIALISMO EXPLICADO A LOS NIÑOS

o “Supraestructuras flotantes, discursos esquizofrénicos” (II de III)


Por D. D. Puche
Academia.edu
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Al contrario de lo que hemos descrito, el anti- o post-materialismo que actualmente reina en las ciencias sociales y humanas, bajo un paradigma explícita o implícitamente posmoderno [1], sostiene que no hay tales niveles estratificados ni semejantes relaciones de dependencia asimétrica. De hecho, ontológicamente hablando, la posmodernidad se caracteriza por defender una simetría absoluta: todo está conectado con todo en un orden de total reciprocidad causal ‒lo cual no deja de ser una herencia del pensamiento analógico premoderno‒. Así, no habría “lugares sistémicos” claramente delimitables; ni siquiera, por lo general, se presta demasiada importancia a los “procesos” (operaciones continuas y regladas de un sistema que contribuyen a su retroalimentación), sino que más bien habría un constante devenir fluctuante en forma de acontecimientos (irrupciones no regladas que rompen con la lógica sistémica), dispositivos (entramados coyunturales entre elementos de diferentes niveles) [2], y a grandes rasgos, una realidad azarosa y sustancialmente impredecible (“comprensible” a posteriori, pero no “explicable” con carácter anticipatorio, lo cual es epistemológicamente bastante inútil).

Es fácil llegar a este tipo de posturas teóricas cuando se parte de que la materia “no nos determina”, en todo caso es “entitativamente secundaria” (hay quien llega a sostener, simplemente, que “no existe”, puesto que, al fin y al cabo, “¿quién la ha visto?”), y siendo generosos se trata de “una mera construcción teórica hecha por la ciencia”. Siendo así, por supuesto, no hay ningún denominador común de lo real, salvo, a lo sumo, la propia subjetividad, que lejos de ser la subjetividad trascendental kantiana ‒con lo que podríamos entrar en un debate filosófico interesante‒, es la pura particularidad de cada cual, a lo sumo de un determinado colectivo (la cosa apenas cambia si decimos que es un “juego de lenguaje”). La materia, que estorba a estos enfoques teóricos porque les pone límites [3], es ‒deliberadamente‒ vista como un constructo (y todo lo “construido” se puede “deconstruir”), cuando no una “hipótesis metafísica”; todo esto estaría muy bien si al menos fueran coherentes y exploraran esas posibilidades honestamente, y no para poder negar que lo real está sujeto a legalidad, y que el conocimiento no es otra cosa que la búsqueda de esa legalidad.

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Para los que niegan esto, ciertamente, el materialismo es reduccionista, simplista [4]. Es el aguafiestas que recuerda, en el apogeo de la borrachera, que al día siguiente hay que trabajar. El materialista es alguien tosco y aburrido, no capta la realidad “en toda su riqueza”. Los enfoques literarios y poéticos que han devorado las ciencias sociales sí lo hacen, claro, como los discursos que parten de opiniones y experiencias personales (los estudios culturales, que se dicen “multidisciplinares” y “holistas”, suelen consistir básicamente en eso). Lo cual sería perfecto, vaya por delante, si éstos no se quisieran hacer pasar por teoría científicamente homologable, esto es, intersubjetiva, reiterable y revisable. Pero, como decíamos, son precisamente estos post- o anti-materialistas los que hablan del materialismo como un mecanicismo cartesiano que nada tiene que ver con la realidad. Pura falacia del hombre de paja. Entretanto, en los campos del saber donde domina el materialismo, sus avances son elocuentes, mientras sus adversarios sólo dan vueltas a lo mismo (hay ciencias, como la sociología o la antropología, que han perdido muchos enteros en seriedad y rigor en las últimas décadas, al decantarse muchos de sus investigadores por modelos “hermenéuticos” o “deconstruccionistas”) y regresan al «campo de batalla de inacabables disputas», como decía Kant de la filosofía precrítica.

Gracias a semejante inmaterialismo (son los hijos inconfesos de Berkeley, que negaba la existencia de la materia para garantizar la de Dios; únicamente han sustituido a Dios por otra cosa), se puede negar que el ser humano esté determinado ‒en el sentido duro del término o en el blando‒ por causas materiales, ya sean biológicas, socioeconómicas, etc. La tesis a defender es que el ser humano es libre, y si no lo es, es por las cadenas que él mismo se ha impuesto y que pueden ser eliminadas una vez reconocidas. Y esas cadenas son básicamente de tipo simbólico. Lo simbólico, de hecho, es más relevante epistemológicamente que lo eco/demo/tecno/económico. Puro voluntarismo que redescribe la realidad para que encaje con la versión que se quiere tener de ella. Así, como “no estamos determinados” [5], ni siquiera probabilísticamente (las meras aproximaciones estadísticas al comportamiento humano ya son una forma de “cálculo”, y con ello de “violencia”, de “reduccionismo” de una realidad “demasiado compleja” para ser atrapada en los esquemas “impuestos” por la ciencia), pretenden que nada es predecible, todo es azaroso, la revolución ‒la que sea‒ está a la vuelta de la esquina ‒aunque no haya ningún indicio sólido de ello‒, etc. Este “nuevo paradigma” permite al “teórico” de turno decir lo que quiera y no tener que dar cuenta nunca de nada cuando se equivoca.



En los términos topológicos que introdujimos antes: los inmaterialistas consideran que la supraestructura es libre, un compartimento cuasi-estanco que puede estar más o menos vinculado con la estructura sociopolítica [6], pero que es totalmente independiente de la infraestructura tecnoeconómica; o incluso invierten este modelo para sostener que la supraestructura, identificada sin más con la “cultura” (término que se ha llegado a vaciar completamente de sentido [7]), es lo infraestructural. Al fin y al cabo, es el territorio de lo simbólico, y éste constituye la realidad fundamental humana. Lo tecnológico, económico, el ámbito de las necesidades materiales en general, son “otras áreas” sociales, pero todo depende de la subjetividad que se representa la realidad y así, la construye ‒ciencia incluida: es otra construcción simbólica‒. Con un salto mortal dialéctico, la supraestructura es la que termina determinando la estructura y la infraestructura (por lo menos, tiene más influencia sobre ellas que la recíproca), o traducido al lenguaje subjetivo moderno: la conciencia está sobre la materia; lo psíquico determina lo físico [8]. Éste es un idealismo vulgar y trasnochado, como decíamos; el precipitado teórico de malas lecturas ‒porque ni Kant, ni Fichte ni Hegel afirmaron nunca simplezas semejantes‒ que evidencia poca o ninguna formación filosófica rigurosa (algo típico de ese “picoteo” que suelen ser los estudios culturales, pero vergonzoso cuando procede de facultades de filosofía).

Insistamos en un punto clave para entender la motivación de esta postura teórica “flotante”, de este “devenir discursivo”, en suma, de este inmaterialismo. Al final, en ausencia de toda base ontológica sobre la que fundamentar una teoría ‒pues esa base la ha sustituido por lo simbólico‒ [9], semejante postura revela una petitio principii: “si el materialismo tiene razón, entonces el ser humano no sería libre (y es evidente que lo es)”. O en otra variante bastante frecuente: “si el materialismo tiene razón, entonces el universo, y con él nuestra existencia, no tendría sentido (y es evidente que lo tiene)”. Pero tales argumentos recursivos no son epistemológicamente válidos ‒de hecho, tienen un cariz claramente teológico‒; tan sólo son la afirmación voluntarista de que la realidad tiene que responder a nuestros deseos, de modo que la describimos como si así fuera para después deducir consecuencias (necesariamente erróneas) de ello. Argumentar así es una forma académica e institucionalmente aprobada de pensamiento mágico, intelectualmente deshonesta, por más que esas consecuencias que se quieren deducir sean éticamente loables ‒cuando lo son‒. Eso no hace que una teoría sea más “verdadera”; es una simple chapuza intelectual. La cual yerra, por lo demás, no sólo en el tiro, sino incluso a la hora de escoger el blanco: pues el materialismo puede negar el libre albedrío en teoría ‒y aquí habría que hacer muchos matices‒, pero en la medida en que describe correctamente la realidad, nos ayuda a ser más libres en la práctica; mientras que estas teorías de la “realidad indeterminada” defienden teóricamente una libertad que luego se traduce en fracasos y frustraciones prácticos. Y en cuanto al sentido de nuestra existencia, el materialismo ni afirma ni niega nada; esa búsqueda vital es tan lícita con él como sin él. ¿Que el universo tiende a su propia destrucción entrópica? ¿Que el ser humano es resultado de un proceso evolutivo en el que el azar juega un papel esencial? Muy bien, ¿y qué? No afecta para nada a esa búsqueda. A no ser, claro está, que lo que se quiera salvar a toda costa sean los propios prejuicios teológicos.

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[1] En general, cabe llamar “anti-materialistas” a la mayoría de autores más o menos reconocibles dentro de la posmodernidad (y eso aunque se digan materialistas por su reivindicación de “lo corpóreo”, “del deseo”, etc.). Asimismo, cabe llamar “post-materialistas” a los podríamos adscribir a la “post-izquierda” (izquierdas identitarias, discurso de género, etc.), por lo demás, teóricamente dependiente de la primera. Tanto unos como otros suelen presentarse como una minoría intelectual enfrentada a un mundo positivista y tecnocrático, cuando lo cierto es que son hegemónicos en el ámbito de las ciencias sociales y humanas. Una parte esencial de su discurso consiste en denunciar que el “cientifismo” (ese término que sólo revela que se es un ignorante en cuestiones de ciencia, y que, habitualmente, se tiene ésta por una “ideología” más) ha tomado el poder en la academia y el mundo de la cultura, cuando en realidad lo tienen ellos, con las consecuencias socioculturales que ello tiene. Al final y al cabo, el pensamiento posmoderno (empleo el término más como una demarcación histórica que para referirme a una determinada escuela) se resume en el dictum nietzscheano de «no hay hechos, sino interpretaciones». Lo cual podría ser cierto siempre que los posmodernos distinguieran interpretaciones legítimas, en base a ciertas reglas, de otras totalmente arbitrarias (esto es, si distinguieran interpretaciones y meras opiniones, cosa que no hacen).

[2] No es que el materialismo no tome en consideración acontecimientos y dispositivos, pero los explica dentro de marcos reglados que proporcionan un soporte teórico y en interacción con los cuales producen ciertas sinergias y retroalimentaciones que hay que esforzarse en sistematizar; lo que no hace es tomarlos como algo previo y fundacional de todo orden. Los anti- o post-materialistas quieren verlos como “puras espontaneidades” independientes de dichos marcos, no sujetas a ningún tipo de regla. Es decir, que el materialismo abarca esos otros discursos como supuestos suyos, pero no a la inversa; explicativamente es mucho más potente.

[3] Por ello, tienen que negar que haya un métron universal, en cuyo lugar ponen enfoques relativos e incluso metafóricos, multiplicidades irreductibles, singularidades absolutas, conexiones rizomáticas, operadores disruptivos, etc., etc.

[4] Estas expresiones requieren una aclaración semántica. “Reduccionista” es todo aquello que no me permite hacer las afirmaciones arbitrarias que deseo hacer acerca de un tema, esto es, que me impone límites infranqueables. Así, por ejemplo, la ciencia es reduccionista porque no me permite hablar del alma, etc. “Cientifista” es todo aquello que me exigiría formarme científicamente, cosa que no tengo tiempo/no soy capaz/no me apetece hacer, pues yo lo que quiero es hablar directamente de las cosas, sin haberlas estudiado durante años. “Biologicista”, bastante frecuente también, es todo aquello que aplica los conocimientos consensuadamente aceptados de la biología a asuntos psicosociales, lo cual me suena a nazismo. Y así con todo.

[5] En realidad, plantear el dilema “estar determinados” vs. “ser libres” es ya una forma maniquea (con resonancias claramente escolásticas) de enfocar el asunto. De hecho, hay múltiples “capas” (biológicas, sociales, psíquicas, etc.) en interacción que nos inclinan a actuar de ciertas maneras, a menudo contradictorias entre sí, sin que ninguna de esas “influencias” nos obligue a hacerlo unívocamente; y además, ello escapa a la toma perfectamente autoconsciente y arbitraria de decisiones que pintan los partidarios del libre albedrío.

[6] Al fin y al cabo, suele gustarles mucho repetir que “todo es político”, si bien es cierto que eso sólo vale para lo que dicen o hacen los demás, que no han reparado en el carácter “construido”, “ideológico” o “alienado” de sus conductas; esto, sin embargo, no suelen considerarlo aplicable a su propio discurso, que por algún motivo sí flota sobre esas determinaciones y no podría jamás deducirse de ellas.

[7] Hay una constante anfibología, de la que resultan muchas inconsistencias teóricas, en el concepto de “cultura”, ciertamente sobreexplotado.  A veces designa el “sistema humano” en su conjunto (sentido antropológico), mientras que a veces se refiere sólo a la supraestructura simbólico-ideacional (sentido humanístico). Pero es que, dentro de esta última, se refiere en unas ocasiones subjetivamente al grado de formación de los individuos (normalmente estratificado en clases sociales), mientras que en otras se refiere objetivamente a la “alta cultura” o grandes producciones intelectuales y artísticas, (diferenciadas de otras producciones “populares”). Estas múltiples confusiones tienen mucho que ver con algo a lo que volveremos más adelante.

[8] Lo cual es muy coherente con las teorías (especialmente entre los estudios de género y la teoría queer) que afirman, en el fondo ‒y aunque jamás querrán reconocerlo con estas palabras‒, que somos almas, mientras que los cuerpos (que al parecer influyen poco o nada sobre ellas, pues lo biológico no determina al ser humano en absoluto) son “recipientes” socialmente construidos y, por ello, deconstruibles y reconstruibles. Un platonismo muy particular.

[9] Si al menos esa base ontológica inmaterialista fuera una revisión actualizada del idealismo… Pero, como hemos visto, ni eso. A lo sumo, han sustituido las categorías kantianas por “constructos culturales”, maniobra teórica que permite afirmar lo que se quiera, según la ocasión.

[Sigue]


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COMENTARIOS DE LOS LECTORES:

fdiezjose: Cuánto rollo presuntuoso ,cuánta palabrería inútil,cuánta paja alimentaburros para intentar colar con calzador lo que una mente masoquista desea.Váyanse topológica y epistemológicamente a paseo. 
D. D. Puche: Gracias, amigo. Un comentario muy bien argumentado.


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