PENSAMIENTO EXDUCTIVO Y MÉTODO TOPOLÓGICO
Una nueva aproximación a una antigua forma de pensar (6 de 7)
D. D. Puche Díaz
24-1-2026
[45] Tanto en el orden puro (lógico)
como en el material (ontológico, se dé el objeto o no) hay relaciones de
conceptos que pueden establecerse legalmente y otras que no. Las categorías
o “metaconceptos” regulan los diferentes regímenes de conexión válidos (ya sean
“verticales” u “horizontales”). Herramientas fundamentales del entendimiento,
mediante las categorías éste piensa, lo cual significa que a) en un
primer momento (preconsciente), de modo implícito, procesa la
información disponible para conocer la realidad, y así ya hace uso de ellas; y
que b) en un segundo momento (consciente), de modo explícito, vuelve sobre lo
anterior y juzga acerca de los mismos objetos y hechos para establecer su
verdad o certeza y, cómo no, para descubrir nuevos objetos y hechos a partir de
los ya dados (el primer momento siempre puede ser explicitado y expresado
discursivamente a posteriori, a diferencia de las intuiciones precategoriales,
referidas únicamente a formas sensibles, no inteligibles). Así es como el
entendimiento conoce ‒cumplimiento objetivo de la
actividad subjetiva de pensar‒,
y ése es un trabajo que puede llevar a cabo en la experiencia cotidiana, pero
también, cuando lo hace con determinadas exigencias de rigor y
contrastabilidad, es la tarea de la ciencia. La filosofía, por el contrario ‒en cuanto forma muy específica de pensar‒, reflexiona, o sea,
no produce conocimiento nuevo, sino que “ubica” y “jerarquiza” sistemáticamente
el conocimiento que le es brindado, se remonta a sus condiciones de
posibilidad, y lo relaciona con otras formas de conocimiento y/o con cuestiones
relativas al sentido o a los fines de nuestra existencia, en las cuales la
ciencia, como tal, no tiene jurisdicción alguna.
[46] El estudio
de las categorías concierne a la ontología ‒y por tanto a la filosofía‒, pues éstas, en cuanto “operadores” del espacio
lógico, determinan una “estructura” de la realidad que posibilita nuestros
juicios sobre ella; los juicios son actos humanos, pero presuponen
algo ya dado, y es tal estructura ontológica. La forma lógica no es la
forma lingüística, como ya quedó claro desde el empeño fallido de Wittgenstein
en el Tractatus (por
eso estas cuestiones no pueden abordarse desde la filosofía del lenguaje, a la
que jamás se reducirán los “errores” de la metafísica); pero la forma
lógica sí guarda una correspondencia estructural con la ontológica. La
estructura categorial del juicio reproduce la estructura de lo real en la
medida en que ambos se fundan en lo ideal. La pregunta, entonces, es si
las categorías que establecen la legalidad de los nexos conceptuales (la
composibilidad de sus determinaciones) son reglas de tipo sintáctico o semántico.
Y lo cierto es que ambas dimensiones se articulan entre sí, además de hacerlo
con una tercera, la pragmática; y así, las categorías regulan relaciones tanto semánticas
(concepto-objeto) como sintácticas (concepto-concepto) y pragmáticas
(concepto-sujeto), siempre partiendo de la base de que “nuestro” concepto es
“algo en la cosa” o “en los hechos”.
[47] Resulta, por
tanto, que hay i) una sintaxis pura (leyes ideales), que corresponde al
entramado de los ejes vertical y horizontal del espacio lógico, la cual podemos
pensar como independiente ‒en cuanto dada a priori‒ de ii) la semántica pura, la posición de
materialidad en general (existencia) sin la cual la anterior, en cualquier
caso, no podría mostrársenos, dado que no nos es posible una intuición
intelectual (categorial) sin, al menos, un “contenido en general” que
proporcione condiciones de significación (y de aquí el “materialismo”, la
im-posición del soporte y límite objetivo de la realidad, sin la cual no
podemos “saltar” intelectualmente a lo ideal); y hay, por último, iii) una pragmática
pura, relativa a los parámetros senso-cognitivos y
lingüístico-comunicacionales (aplicados siempre, eso sí, en condiciones
empíricas) de una especie pensante (la humana) que es producto evolutivo de la misma
realidad que pretende conocer; condiciones de las que nunca termina de abstraerse
del todo (y de aquí el “idealismo”, la legalidad mediada por y para un “sujeto
en general”). Ésta constituye un tercer eje perpendicular, a su vez, al plano
formado por los otros dos; no puede concebirse ‒no por un ser finito‒ la relación de lo puramente lógico (ideal) con lo
real (ontológico) al margen de esta triple articulación en que lo sintáctico es
pensado desde lo semántico y pragmático, como lo semántico es pensado desde lo
sintáctico y pragmático, y lo pragmático desde lo sintáctico y semántico
(“rotaciones” en el espacio lógico). Sin embargo, nunca se puede fundamentar
ninguno de esos pares desde el tercer eje: la fundamentación consiste en el juego
conjunto de los tres ejes, aunque necesitemos ‒debido
a nuestras limitaciones‒ verla cada vez desde una
perspectiva. Por eso, todo intento de reducir el espacio lógico a una única
dimensión privilegiada resulta en fracaso, en falta de visión de conjunto; es
lo que le ocurrió a Wittgenstein, que en un principio quiso reducirlo a la
dimensión sintáctica y, al constatar su imposibilidad, pasó a querer reducirlo
a la pragmática. Y, de hecho, iba mejor encaminado en el primer intento, que
además esbozaba las relaciones con la semántica mediante las tablas de verdad.
[48] Las
categorías o metaconceptos han sido definidas en ocasiones como “géneros
supremos” y, ya desde el comienzo de su estudio, arrastran el problema de su
génesis gnoseológica. En efecto, no se puede, como ya dejó sentado Aristóteles,
partir de un género que lo abarque todo ‒tal como “el ser”‒ y entonces deducir a partir de él, por sucesivas
separaciones, cualquier otro género ulterior; tampoco se pueden inducir
a partir de los casos particulares los géneros máximos que los abarcan, pues
nunca proporcionarán la información suficiente para ello ‒siempre podríamos remontarnos más allá de lo que nos resulte
reconocible a partir de las determinaciones de aquéllos‒. Lo primero es imposible por una limitación ontológica,
y lo segundo por una limitación gnoseológica. En cuanto a la brillante
solución kantiana, a saber, deducir la tabla de las categorías de los juicios
de la lógica, como hemos visto, presenta un problema: y es que, precisamente,
las categorías (o los conceptos en general) no proceden de los juicios, sino
más bien a la inversa, pues son ellas las que los hacen posibles, al regular
los regímenes de legalidad de los nexos; de ahí que la crítica hegeliana a
ese procedimiento de obtención, por ser extrínseco a su contenido ‒como Kant ya había cuestionado el procedimiento aristotélico
por ser “rapsódico”‒, sea atinada.
[49] ¿Y entonces? ¿Cómo se
obtienen las categorías, si no son de naturaleza deductiva ni inductiva y, por
supuesto, tampoco son el resultado de intuición intelectual alguna (pues ésta
se da, a lo sumo, entre relaciones formales, y las categorías son el punto
de partida, y no el de llegada, para establecerlas)? La respuesta a esta
pregunta nos devuelve al modo de pensamiento que defiendo en este escrito, uno
que ha de contar, con todo el derecho, entre los anteriores, y en el cual, de
hecho, consiste en último término toda actividad estrictamente filosófica; esto
es: el pensamiento exductivo, al que el método topológico, por lo tanto,
debe recurrir. La génesis de las categorías es inevitablemente exductiva, una
vez descartamos su obtención por deducción o inducción; son meta-conceptos
planteados como hipótesis de estructuración de lo real (ontológicos, por
tanto), los cuales han de ser presupuestos para comprender los fenómenos a
explicar, así como para garantizar la correspondencia entre la realidad y
nuestro pensamiento (por ello, son también conceptos a priori de nuestro
entendimiento, o sea, gnoseológicos). El margen de confianza que podemos
otorgar a nociones obtenidas de tal modo es su proximidad al último concepto ‒u objeto correlativo‒
que se haya pensado
en la serie analítica o sintética, pues si bien aquéllas constituyen el marco
teórico que nos permite comprender éste, a su vez obtienen su garantía de
validez y pertinencia de su capacidad para hacerlo de la manera más exhaustiva
(todo lo que nos permitan decir de él) y precisa (alejándonos lo más
posible de cualquier otro con el que pudiera confundirse). El concepto u objeto
pensado (“materia”), así pues, será la medida de la validez,
retrospectivamente considerada, de la categoría (“forma”) correspondiente ‒que ha de establecer la comprensibilidad de aquél‒, y determinará por ello su pertinencia o la
necesidad de sustituirla; incluso de revisar el sistema categorial entero,
llegado el caso.
[50] Por último,
tras haber bosquejado la base de las operaciones de reflexión, podemos pasar al
trabajo tal vez más específico de la filosofía, esto es, el de 4) ORIENTACIÓN,
que corresponde a su ocupación con el mundo como esfera teórico-práctica
que pensar desde su inmanencia, aunque sin llegar a desconectarlo nunca de la naturaleza
en que se enmarca, en cuanto subsistema suyo. La ontología materialista
asimétrica que describo recorre los sucesivos niveles de organización de la
materia en que aparece, llegado el momento, a)
un nivel biológico donde encontramos por vez primera tanto relaciones de
determinación material como de retroalimentación funcional informativa (“vida”);
seguidamente ese nivel da lugar a b) otro
biopsíquico en el que, además de lo anterior, se desarrollan la memoria
y la consciencia (al surgir percepción e inteligencia), y finalmente emerge g) un nivel psicocultural que añade a
los anteriores la autoconsciencia y la transmisión intergeneracional de
conocimientos (“cultura”). Este último es propiamente el nivel topológico en
que se despliega el mundo, el ámbito del sentido, que se halla disputado
por diferentes fuentes de determinación. De un lado, como ya vimos, a) las
necesidades materiales del presente que el antroposistema debe satisfacer (me
remito a lo ya dicho sobre la “ecosofía”); por otro lado, b) las disposiciones
naturales que reclaman de nosotros un retorno a lo pasado, siempre simbolizado
por el propio antroposistema (“arqueosofía”); y, por último, c) los fines
que nos plantea nuestra racionalidad, la idealidad a la que nos reclama someter
nuestra existencia, una orientación práctica hacia el futuro de acuerdo con la
cual vivir (“ideosofía”).
[51] Llegados a
este último punto, dejamos atrás por fin el trabajo del entendimiento para entrar
en el de la razón, la capacidad de totalizar lo dado que, desde
ese punto de vista ‒que se sostiene sobre el
conocimiento, pero para ir más allá de él‒, nos lleva hacia algo nunca
demostrable, pero racionalmente exigible, y esto quiere decir, con exigencia
de universalidad. Y así es como todo el orden metodológico anteriormente
expuesto, la progresiva elaboración de las formas que las convierte en materia de
un grado superior de conocimiento, llega al momento racional-práctico en que la
forma se reorienta como la un fin por realizar. No es ya algo dado (ser),
sino más bien perteneciente a un futuro que tendría que realizarse
(deber); a un futuro ideal que, en caso de cumplirse, formaría parte de un sistema
de perfección racional. Llegados a este punto de la exposición del método, resultará
obvio que estamos explícitamente ante la actividad del pensamiento exductivo;
si hasta ahora éste se combinaba en diferentes medidas con el deductivo y el
inductivo, ahora encuentra el territorio en el cual da la norma, y ello pese
a lo problemática e hipotética que pueda ser tal normatividad. Pero ¿acaso hay
forma de demostrar otra?
Librería general, Psicología, Filosofía, Historia, Juvenil e Infantil, Literatura y Narrativa actual.
[52] Lo ideal constituye
el fundamento último de la realidad, en cuanto legalidad universal matemático-lógica
a la que obedece toda materialidad; y, a partir de ahí, lo hallamos de nuevo
concretado en cada uno de sus niveles de organización: establece los grados de
determinación de la materialidad en cada nivel, ya sean estadísticos o causales. En cuanto al nivel más alto
de organización de la materia que nos es dado conocer (“mundo”), pues en él se
desenvuelve lo psicocultural, lo ideal reaparece de nuevo delimitándolo “por
arriba”; aquí las determinaciones causales propias de toda materialidad anterior
‒las que hallamos en cada uno de
sus niveles, y delimitan los superiores‒ se conjugan con otras nuevas,
propias de la materia autoconsciente, la cual, en la medida en que la
inteligencia abre la posibilidad de una reorientación finalística de los
procesos antroposistémicos (un sistema retroalimentado cuya “finalidad” sólo
puede encontrarse en lo biopsíquico que le sirve de soporte orgánico),
sustituye la simple causalidad por la motivación: el agente no hace lo
que hace “por algo”, sino “para algo”; y por ello, el conocimiento de
las causas (ciencia, realidad) se convierte en el sentido de las
motivaciones (filosofía, mundo).
[53] Está claro que las metas a
las que se orienta dicha motivación no tienen por qué ser ideales; pueden
consistir en cualquier propósito particular, cualquier cálculo de
interés en términos puramente adaptativos. Únicamente el hecho de que sean ideales
permitirá su universalidad, esto es, la compatibilidad de diferentes voluntades
sin que surja contradicción entre ellas. El gran problema ontológico que ya
vimos, a saber, el de por qué la materialidad se somete a lo ideal como
fundamento de la realidad, reaparece aquí, en este nivel de organización de la
misma, de una forma más tenue y “apagada”: como la exigencia racional de una
legalidad que ya ni siquiera tiene que ser cumplida, y que a menudo no lo es
‒aquí, en efecto, la
legalidad no “decide” (causas), sino que “exige” (fines)‒. Pero, con independencia de su cumplimiento
fáctico, la cuestión filosófica es la del significado de unos fines ideales
en un universo material que parece excluir toda finalidad. Lo fácil, por
supuesto, es negar que haya tales ‒como hace la ciencia, que busca
explicaciones de tipo adaptativo para el fenómeno moral‒; sin embargo, por mucho que pretendamos negarlos, no
dejan de planteársenos como exigencia racional. Las explicaciones de
tipo adaptativo del fenómeno moral son válidas, pero no como fundamentación
de lo “correcto” o “incorrecto”, sino de su gradual descubrimiento
filogenético, que corre parejo, primero, al desarrollo evolutivo de la
inteligencia, y luego al progreso histórico de la cultura, en función de las
sucesivas condiciones materiales (biológicas y económicas) que van haciendo
posible tal descubrimiento. De lo contrario, todo sistema moral únicamente se
legitimaría a sí mismo y sería incompatible con los demás, injustificable desde
ellos, y no habría instancia racional desde la cual dirimir ningún conflicto
ni establecer condiciones de legitimidad de las aspiraciones humanas.
[54] Lo que
observamos, en cambio ‒y es una experiencia
histórica incuestionable‒,
es que hay una serie de “ganancias” en cuanto a libertades, derechos y
obligaciones que se consideran conquistas irrenunciables, las cuales, una vez
conseguidas, no permiten volver a situaciones pasadas y particularistas sin
un insoportable malestar. Puede haber involuciones morales, por lo general
como consecuencia de retrocesos materiales; pero de ellas se saldrá tarde o
temprano siempre en la misma dirección: la racional, universalizable, que
previamente ya había sido ganada y aparece como una exigencia irrenunciable. No
hay “infinitas vías” de la realización moral de la humanidad ‒en cuanto el ser humano es un ser racional finito‒, sino una sola, en la
que ésta quiere converger, aunque las causas materiales lo impidan una y otra
vez. Dichos fines, que no se deducen de contenido teórico alguno ni
se inducen a partir de ninguna situación empírica, sólo pueden ser
“hallados” por la razón. Y, como ya dije anteriormente, a propósito del
entendimiento y de los principios matemático-lógicos últimos, aquí igualmente
sólo podemos “descubrir” tales fines de modo exductivo, esto es: que más
allá de las normas culturales particulares, hay que presuponer una idealidad
que rige sus convergencias históricas y que verifica la validez de los
diferentes sistemas morales actuales en función de su concordancia con ella.
Así pueden aproximarse incluso formulaciones éticas antagónicas como las de
Kant (imperativo categórico) y Nietzsche (creación de valores nuevos), siempre
que aceptemos que hay una legalidad universal que, sin embargo, ha de ser
descubierta mediante postulados racionales que deberán ser puestos a prueba (“experimentados”)
para sopesar sus condiciones de universalidad práctica.
CONTINUARÁ EN BREVE
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