PENSAMIENTO EXDUCTIVO Y MÉTODO TOPOLÓGICO (7 de 7)

 
Imagen abstracta de una cabeza que representa el pensamiento.












PENSAMIENTO EXDUCTIVO Y MÉTODO TOPOLÓGICO (7)








 
 
 
PENSAMIENTO EXDUCTIVO Y MÉTODO TOPOLÓGICO
Una nueva aproximación a una antigua forma de pensar (7 de 7)
D. D. Puche Díaz
18-3-2026



 
 
[55] Las fuentes de lo que entendemos por “el bien” (lo que sienta la base de todo deber) son múltiples, y tanto la religión, como la ciencia y la filosofía, han ensayado muchas de ellas como en cada ocasión la única y fundamental que confiere justificación última a la conducta moral. Y así, en un somero bosquejo, encontramos éticas que consideran que dicha fuente es, en primer lugar: A) NATURAL, o sea, que depende de un modo u otro de nuestro anclaje a niveles topológicos inferiores, que nos “inclinan” a actuar de acuerdo con ciertos instintos o tendencias básicas dependientes de nuestra consistencia orgánica y sensible. Tenemos, en este grupo: 1) las éticas eudaimonistas, que consideran inseparables el bien moral y la aspiración a la felicidad, ya sea en esta vida (inmanentes), ya sea en otra (trascendentes); 2) las éticas hedonistas, según las cuales el bien no puede comprenderse sino como lo que conduce al placer y/o a la exención del dolor; 3) las éticas emotivistas, que asocian el bien con la aparición de determinados sentimientos de bienestar, compasión o rechazo ante la contemplación de ciertas acciones humanas o del sufrimiento ajeno y, por tanto, con una empatía ampliable a cualquier ser humano, e incluso a otras especies; y 4) las éticas biologicistas, que consideran el bien desde una perspectiva funcional, como aquellas acciones humanas que propician la convivencia y/o la supervivencia del grupo, o incluso de la especie (y asocian el mal con aquellas que la dificultan y/o amenazan, respectivamente).
 
[56] En segundo lugar, B) CULTURAL, es decir, que encuentra su razón de ser en el propio antroposistema, no en algo inferior a éste; aquélla, en consecuencia, tiene que ver ante todo con nuestras relaciones sociales. Encontramos aquí, por tanto: 5) las éticas utilitaristas, que asocian el bien con el cálculo de utilidad/beneficio que englobe al mayor número posible de individuos; 6) las éticas del poder, según las cuales el bien únicamente es una ficción moral: el resultado de un condicionamiento creado en la mayoría de los individuos para asegurar la viabilidad del sistema sociopolítico, o un determinado statu quo dentro del mismo; 7) las éticas dialógicas, que basan el bien moral en una discusión siempre abierta, de carácter eminentemente pragmático-comunicativo, por el cual las partes intentan poner en común sus respectivos intereses y obligaciones para sentar estándares normativos siempre revisables; y 8) las éticas funcionalistas, que relacionan el bien con prácticas normativas que conducen a la estabilidad y sostenibilidad social, generalmente basada en hábitos y creencias sean éstas verdaderas o no que facilitan la cohesión interna y el mantenimiento del orden dado.
 
[57] O, en tercer lugar, C) RACIONAL, esto es, que localiza en lo ideal el fundamento último de todo concepto del bien, y esto significa que lo ubica más allá de toda base natural o cultural, a las cuales nunca podría reducirse el fenómeno moral. Tenemos en este grupo: 9) las éticas iusnaturalistas, que considero que hay que ubicar aquí porque, al fin y al cabo, basan el bien moral en consideraciones que no son naturales en el sentido en que entendemos ese término hoy, sino más bien metafísicas, pues dependen de la existencia de algún tipo de “realidad de orden superior” con la que han de concordar las acciones humanas; 10) las éticas intuicionistas, que consideran el bien como una cualidad “simple”, imposible de descomponer en otras e irreductible a cualquier otro orden, la cual aprehendemos por una suerte de “intuición moral” no cognitiva; 11) las éticas deontológicas, que vinculan el bien al cumplimiento incondicionado de un deber (expresión de unos valores objetivos que se dan de suyo y que podemos conocer como cualquier otro objeto teórico), con total independencia de nuestra propia felicidad o de cualquier otra circunstancia; y 12) las éticas formales, que son éticas deontológicas para las cuales, sin embargo, el bien radica en la forma abstracta de la legalidad, carente de todo contenido material (forma accesible tan sólo a la razón práctica), y basada por tanto únicamente en la posibilidad de universalizar un contenido normativo particular.
 
 
 
 
 
 
[58] Las operaciones de (re)orientación llevadas a cabo por la razón, que totaliza las operaciones de unificación del entendimiento las cuales hemos visto al hablar sobre la reflexión, recogen esos conceptos y categorías que hemos examinado en su uso gnoseológico (descriptivo) y les dan ahora un uso moral (prescriptivo). Nos movemos así en un terreno totalmente distinto, en que lo ideal no es ya el fundamento de la teoría exponer algo que es, sino de la praxis indicar algo que hacer, dos articulaciones de una misma realidad que revelan su extraño sustrato inteligible. Lo que la anterior clasificación de los diferentes modelos éticos revela, dada tal discrepancia sobre un fenómeno tan esencial para nuestra existencia, es que la moral no tiene una sola explicación; antes bien, hay que recurrir a un modelo que intente conjugar todas las disponibles, pues cada una tiene su momento de verdad. Esto quiere decir que rige sobre la moral una poliarquía irreductible a ninguno de los principios por separado. Hay una serie de sentimientos, impulsos, condicionamientos, observancias, cálculos e intuiciones que convergen e interactúan de modos muy complejos, solapándose y provocando también incoherencias internas e interferencias entre ellos (algo inevitable, pues esa diversidad de razones se debe a que proceden de diferentes niveles topológicos), lo cual se refleja en la riquísima variedad cultural e histórica de planteamientos éticos que apenas hemos esbozado. Y, sin embargo, podemos hallar unas condiciones ideales que no reales, pero ésa es una cuestión material, y por lo general política de conformidad, las cuales revelan una unidad y totalidad anterior a la multiplicación y dispersión de lo real en sus diferentes niveles; una unidad y totalidad que, cuanto menos, puede ser pensada a efectos prácticos. Cada una de las concepciones de la normatividad antes bosquejadas es una visión parcial de lo ideal (desde el modo en que el individuo lo siente a través de su corporalidad, o desde el punto de vista de la calculabilidad de lo existente, o incluso mostrándolo directamente como tal idealidad, pero sin haber hecho las distinciones topológicas precisas y desconociendo por ello su correcta articulación con la materialidad de lo real, etc.). Por todo esto, un pensamiento exductivo consciente de sí mismo, y en correcta aplicación del método topológico, debe reunir estas formas de normatividad, confrontarlas y rebasarlas (“totalizarlas”) para llevar su comprensión a término.
 
[59] Tan sólo puedo añadir aquí un brevísimo apunte sobre la esencia de lo ideal, el “objeto” más elevado de la filosofía y, a la vez, la instancia desde la que ésta habla, en cuanto “cultivo del lógos” (por tanto, objeto y a la vez sujeto del discurso: el intento de la razón por pensarse a sí misma, a través de seres inteligentes finitos). La filosofía aspira a ser ante todo sabiduría, que no conocimiento; éste lo producen las ciencias, de las que aquélla debe servirse, pero para trascenderlas en dirección a unas condiciones de inteligibilidad en general que son las condiciones de posibilidad ideales de lo real (labor de la ontología) y, en cuanto tales, la Unidad (ideal) del Todo (real). La relación entre esa Unidad y la infinita pluralidad y diversidad del ente constituye un inagotable campo de reflexión filosófica que, por lo que ahora nos ocupa, tiene inevitables implicaciones antropológicas. Pues nosotros mismos, seres humanos, somos entes (formas concretas de materialidad) separados de la Unidad ideal a la que como todo lo existente pertenecemos y en la que debemos reintegrar lo que somos y hacemos. La separación que no es sino la existencia misma, la posición de la materialidad produce la particularidad que obliga a la Unidad ideal, al Absoluto (el Ello trascendental del que ya hablé, cuyo nóema es la multiplicidad material), a salir de la posibilidad ideal a la realidad y, así, a adquirir experiencia (de sí mismo) y, con ella, finalmente, a devenir autoconsciente en sus formas finitas. Mientras tanto, a la inversa, el movimiento de (re)unificación el realizado por los entes finitos en los cuales se realiza esa autoconsciencia, y que, en su desarrollo, llegan a obrar guiados por fines racionales conduce, por un camino tan largo y arduo como el de Sísifo, a la universalidad realizada (en y por la propia materialidad), o lo que es igual, a la moralidad en que se alcanza, cuando es verdadera, el equilibrio de lo existente de lo plural y diverso.
 
[60] Dicho estado de equilibrio no sería alcanzable si antes no se produjera la separación que conduce a la experiencia; todo equilibrio sería meramente ideal, esto es, posible (estático), pero no algo cumplido (dinámico). Y en la mera idealidad no hay memoria, depósito material de lo sido, sino únicamente el eterno presente de la eternidad fuera del espacio/tiempo; para que haya moralidad y balance siempre provisional, tiene que haber memoria del dolor, del desgarro producido y de su sentido. Pero, para no caer en mistificaciones de tipo religioso: lo absoluto no tiene, no puede tener interés moral alguno; éste es patrimonio exclusivo del ente racional finito, y por tanto separado, que siente el dolor de la existencia y aspira a superarlo. En cambio, lo ideal sí que sienta (de hecho, es) las condiciones de racionalidad sin las cuales lo moral sería imposible. En otras palabras: lo ideal no nos “dicta” lo que hay que hacer, sino que pone (es) el “esquema de validez” de toda norma posible. Sin embargo, no podemos hacer esa norma pensable, accesible para nosotros en modo alguno, hasta que no le proporcionamos un contenido, el cual nunca nos puede ofrecer lo ideal como tal, pues dicho contenido es puramente material, objetivo. Y en esto el pensamiento exductivo juega un papel irreductible a los otros, dado que ese contenido que hace reconocible la norma no puede ser deducido de ésta por intuición alguna (las relaciones son intuibles, los contenidos no), ni puede ser generalizado a partir de condiciones empíricas; pues el deber (ámbito de los fines) no es reductible aunque ello sí pueda introducir cuestiones relativas a los medios ni a la consecución de la felicidad (ámbito del sentido) ni al aseguramiento de las condiciones materiales de existencia (ámbito del bienestar). No obstante, la sabiduría, vinculada siempre a lo práctico, ha de saber conjugar lo mejor posible estos tres ámbitos, lo cual tiene más de arte que de ciencia o técnica.
  
[61] OBSERVACIONES FINALES. Con el examen de la operación de orientación concluyo este escorzo del método topológico, indesligable del pensamiento exductivo. A partir de este punto sólo resta proseguir un extenso trabajo de desarrollo sistemático del mismo, que ya empecé en mi libro Vivir en el desarraigo y que continúo, de forma mucho más ordenada y completa, en otra obra de próxima aparición, titulada precisamente Topología del mundo. Termino por ahora con un último, pero muy importante, apunte sobre dicho método; con él explicito una secuencia de iteraciones que he ido realizando a lo largo de la exposición de estas operaciones, explicitación sin la cual podría malentenderse la esencia misma del método topológico. La ejecución de éste recurre, en efecto, a sucesivas transformaciones hilemórficas, por las cuales cada par materia/forma de un nivel topológico determinado es convertido en el contenido (materia) de la reflexión realizada sobre el siguiente (“materialismo”), la cual busca sus categorías específicas (forma), que a su vez deben ajustarse a tal contenido para poder explicarlo. Se asume como postulado que esas transformaciones hilemórficas que se ejecutan metodológicamente se corresponden con transformaciones procesuales que ocurren materialmente en la realidad, en una suerte de reproducción “fractal”; el criterio de verdad para asegurar esa correspondencia es que dichas formas proporcionen explicaciones lo más sencillas posible, tanto de fundamentación (entre niveles) como causales (dentro de un mismo nivel), y por tanto predictivas, ya sea de modo determinante o estadístico. A su vez, dichas explicaciones han de ser coherentes con otros conocimientos consolidados del acervo científico: no pueden contradecirlos, y además de eso tienen que converger sistemáticamente con ellos en un único corpus teórico sujeto a revisión formal, empírica o argumentativa, siempre provisional y ampliable a nuevos descubrimientos o hipótesis.
 
 
 
Interior de la librería Mayo en Madrid.
Librería general, Psicología, Filosofía, Historia, Juvenil e Infantil, Literatura y Narrativa actual.
 
 
 
[62] Las transformaciones hilemórficas, así pues, ocurren, pero el pensamiento tiene que reproducir esos complejos procesos, de modo que para cada constitución material ha de encontrar su forma o legalidad correspondiente, el “misterio” que en cada caso nos oculta la naturaleza. A veces oculta incluso los propios niveles de materialidad, pues los más alejados de nuestra propia escala de organización material escapan de nuestras capacidades senso-cognitivas, que al fin y al cabo son productos biológicos evolucionados en determinadas condiciones de adaptación al medio. Pero siempre que descubrimos un nuevo “nicho de materialidad” (incluidas nuevas concepciones del espacio-tiempo), la tarea intelectual es dar con su forma correspondiente; formas que no se ajustan necesariamente de hecho, no suelen hacerlo a nuestros modelos de pensamiento desarrollados hasta ese momento, y en consecuencia nos obligan a cambiarlos.
 
[63] La filosofía no trabaja directamente con la materia es pura theoría, “contemplación”, así que para ella únicamente la forma de un nivel es el contenido (materia) para el examen del siguiente, y esa forma en la medida en que sea su propio producto (“ontológico”), y no uno tomado de otra disciplina la halla por exducción; por eso no puede llevar a cabo demostraciones ni formales ni empíricas (como las ciencias), sino sólo argumentativas (“dialécticas”). Insisto en que las ciencias estudian la realidad un nivel topológico, incluso una región muy concreta del mismo, cada una de ellas, mientras que la filosofía estudia una demarcación más imprecisa dentro de aquélla, a saber, la del mundo, la región del “fenómeno humano” en la que aparece, acompañando a la verdad objetiva, el sentido subjetivo. Y la filosofía se ocupa de semejante “objeto” (el mundo) yendo más allá, pero sirviéndose, de los resultados científicos (la verdad), y por eso, lo hace precisamente en cuanto meta-física. De ahí que su “búsqueda de formas”, de la legalidad de cada nivel (de la que también se ocupa en cuanto “teoría de la realidad en general” u ontología, necesaria para la comprensibilidad del mundo), no proceda igual que la científica: pues se mueve siempre en el territorio de la idealidad, en el espacio lógico, a través del cual intenta, mediante exducción de conceptos, conectar experiencias dispersas y contribuir así a la (re)construcción del sentido y con él, a crear mundo. Lo ideal es, ciertamente, tanto su “objeto” (al menos, cuando es tomado en cierto sentido) como su “camino” para llegar a él: una vez más, la razón intentando pensarse a sí misma en su despliegue, en la medida en que nosotros mismos somos racionalidad subjetiva, sujetos pensantes, y participamos de ella. La pensamos y nos pensamos.
 
[64] La serie completa de transformaciones hilemórficas, cuyo correlato gnoseológico es el edificio del saber humano, va por tanto de la pura idealidad que fundamenta toda realidad (forma sin materia alguna, hasta que ésta es puesta como existencia) a la pura idealidad que establece las condiciones de universalidad del mundo en cuanto tal (forma que exige materia, esto es, realización práctica). O sea, desde el “abismo ontológico” de lo matemático hasta la “finalidad última” que nunca se nos ofrece desnuda y concreta, sino que tenemos que ir descubriéndola a través de la unilateralidad y el fracaso de nuestros sistemas normativos, precisamente como el métron ideal que señala tal insuficiencia.
 
[65] Queda por explicar el que, como ya dije, considero el más grande de todos los problemas filosóficos: el de la posición de la materialidad (“existencia”), o sea, el hecho de que haya realidad, y no solamente una mera idealidad sin correspondencia con nada (“la nada”), lo cual me parece que sería un contrasentido. E insisto en que el problema no es cronológico (cuándo empezó la materialidad, pregunta que sólo es un absurdo malentendido), sino ontológico (explicar la “anterioridad” de lo ideal respecto de lo real, el sometimiento de este último a aquél, sin el cual no podría ser). El problema, en suma, del “salto ontológico”, de la consistencia misma de nuestra realidad, de la prelación de la forma respecto de la materia. El problema en que el pensamiento mismo, que no es sino organización de formas, se encuentra con su límite último; en que toda racionalidad parece reflejarse en su propia imago religiosa. Eso es lo que anteriormente intenté esbozar cuando hablé, a propósito de la fundamentación última de(l) todo, del recorrido que va desde un inconsciente (Ello) infinito hasta una consciencia (Yo) finita. El círculo cerrándose. Pero nunca del todo.
 
 
 
 
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