SCRIPTORIUM

Scriptorium


Notas a vuelapluma que no tienen la categoría de artículos, pero que tampoco merecen perderse (o quizá sí; el tiempo dirá). Un cuaderno de trabajo dentro de esta web, que contiene apuntes rápidos, esbozos de teoría, observaciones informales, etc. Pensamiento en voz alta, a veces simples divagaciones, que quizá puedan ser del interés de algún lector.
 
 
 
Onirium. Fantasía, terror y ciencia ficción | Entradas breves
 
 
 
[4] IDENTIDAD. Lecturas como la del Dr. Fausto de Thomas Mann deberían ser obligatorias a partir de cierta edad (sí, lo sé, estoy pidiendo demasiado). La prolija descripción que hace de cómo el proselitismo cultural de un pueblo el alemán, en este caso, obsesionado con su propia identidad precisamente a causa de la indefinición de ésta, terminará conduciendo a la aparición del nazismo, es muy clarificadora de lo que pasa hoy. Pero, como en La cinta blanca de Haneke, película sutil en extremo, la cuestión no es hacer comparaciones gruesas y simplonas con el propio nazismo; el asunto es entender cómo, décadas antes de que aparezca el chiflado de turno que se aprovecha de la coyuntura y del malestar colectivo para uniformizar a la sociedad y enviarla al desastre (propio y ajeno), hay ya una predisposición sociológica que hace posible algo así. Y ésta tiene que mucho ver con la mezcla de narcisismo y victimismo que se transmite desde la propia familia y la escuela (no digamos ya en un contexto altamente mediático como el presente). Ahí se incuba el rencor, quizá incluso inconsciente, hacia “los otros”, los que “nos impiden ser un pueblo”, “una nación”, o “nos agraviaron en el pasado”; rencor que estallará algún día, más bien pronto que tarde, con cualquier pretexto. Desde el nacionalismo detrás del Brexit hasta el auge de la extrema derecha en Polonia y Hungría, sobran ejemplos en Europa y en el mundo de lo que está germinando de nuevo, claros indicios de que se vuelve a abrir la caja de los truenos. Y no será porque el pasado no nos ha advertido lo suficiente. [10/11/2021]
 
[3] PSEUDOTEORÍAS.Propugnar unos principios éticos que sólo ciertas minorías privilegiadas (de clase media o superior, y sólo en el mundo desarrollado) pueden seguir, y descalificar constantemente a aquellos que no los siguen (porque, aunque quisieran, no podrían permitírselo; y de hecho, si los siguiera todo el mundo, seguramente resultarían desastres de todo tipo), te convierte en a) un ignorante, o b) un hipócrita. Del mismo modo, sostener unos principios intelectuales de los que se pueden deducir consecuencias contradictorias entre sí (esto es, unos principios inconsistentes) quiere decir que dicha “visión del mundo” está necesariamente equivocada; la realidad puede ser agonística, pero nunca contradictoria, salvo en las malas lógicas. O sea, en las malas cabezas. Y esto vale tanto si hablamos de la economía como de la alimentación, la sexualidad, etc. En general, para todos los temas en los que el mero activismo ha sustituido a la genuina teoría de sólidas bases filosóficas. [20/10/2021]
 
[2] ENSIMISMAMIENTO. Para mí es una necesidad practicar, cada vez que puedo desgraciadamente, no puedo a diario, la abstracción intransitiva, el camino del énstasis, del demorarse en el sí mismo, aislado en lo posible de estímulos externos y controlando las representaciones internas (o más bien no dejándose llevar por ellas). Un estado de serenidad que permite limpiar la mente de material superfluo, de distracciones y pensamientos en bucle, de obsesiones y emociones interferentes con el flujo principal de la conciencia. Algo que devuelve, en suma, a un cierto orden y equilibrio que la cotidianidad altera constantemente. Un estado que pasa forzosamente por la soledad, el recogimiento interior, el olvido activo de lo inmediato, el relajamiento físico, el dominio de la respiración, etc. Naturalmente, estoy describiendo una práctica para la que hay otros nombres, más viejos y populares; pero quiero evitarlos, prefiero designarla con estos pedantes tecnicismos, precisamente para no dejarme arrastrar para que quien lea esto no se deje arrastrar por los tópicos y mistificaciones ligados a aquellos nombres.
Cuando se logra esa experiencia (lo que tampoco ocurre en cada intento, pues a menudo la fuerza de las distracciones es mayor), lo exterior, lo sensorial, parece alejarse y la conciencia se enroca en sí misma; pero incluso en ésta cambia algo, en su interioridad, pues la memoria deja de manipular a su antojo las representaciones, que se vuelven erráticas, advienen de forma azarosa, o según extrañas leyes de asociación. No sólo se aleja el mundo (el ente en bloque), sino también ese ente tan familiar que es el propio yo, el cual se aparta como un frágil velo que deja paso al sanctasanctórum de la mismidad: tras él se revela una subjetividad trascendental llamémosla así, en el sentido fuerte de Fichte o Schelling que es uno mismo y a la vez ya no lo es. Es más que uno mismo, es la trascendencia que se eleva desde uno hasta el Uno, desde el individuo particular que soy hasta el lógos que estructura y vincula todas las cosas, el cual en la vida inteligente (como la humana) se hace autoconsciente, si bien opaco a sí mismo. Una vez abstraído todo objeto, hay que abstraer también el “objeto-yo” para liberar el acceso al sujeto puro, a algo que no “está en mí” ni “soy yo”. Al contrario, yo “estoy en ello”, me rebasa; y cuando consigo ese acceso, siquiera por un breve lapso de tiempo aunque éste parece detenerse entonces, vislumbro el orden tras la realidad, el lógos pensándose a sí mismo a través de mí (simple producto evolutivo de dicho orden), a través de un ente: única forma que tiene de hacerlo. Es una experiencia de traspasamiento y claridad, de elevación y pertenencia a algo ontológicamente superior, que no me extraña que haya sido vivenciado por otros por aquello que decía antes sobre las mistificaciones como “lo divino”. Dios es la experiencia del sujeto trascendental en uno mismo, que erróneamente se proyecta como algo “exterior” a mí; a nosotros, los seres pensantes.
No me cabe duda de que si más gente, mucha, la mayoría, hiciera esta experiencia, grandes cosas cambiarían en este mundo. Trascender el ente y el propio yo hacia ese Yo reforma considerablemente la perspectiva y las prioridades de la vida; nos distancia de nuestra pequeñez para acercarnos a algo más grande, algo quizá eterno. Tan longevo, cuanto menos, como pueda serlo este universo. Pero, lo sé, es una experiencia que siempre estará reservada a unos pocos, aunque sea en términos relativos. Y por eso no es asunto de la filosofía objetiva, sino de una filosofía subjetiva de la que sólo pueden comunicarse esquirlas y destellos. [19/9/2021]
 
[1] COMPRENDER(SE). ¿Puede que todo empeño de comprender la realidad sea en el fondo una confesión de debilidad? Ciertamente, el ser humano pretende, a través del conocimiento, controlar sus circunstancias; no existe un conocimiento desinteresado, por lo menos no a largo plazo. La propia curiosidad ya es un rasgo adaptativo. Necesitamos saber para sobrevivir, para ser competitivos, y eso por más que ese afán pueda sublimarse extraordinariamente y, con las necesidades cubiertas y la vida asegurada, se llegue a olvidar el propósito último tras el conocer. Pero, por más que lo olvidemos, sigue ahí, impulsando a otros, generación tras generación; de hecho, eso que está bajo el impulso al saber es lo que homologa sus resultados: tiene que ser útil, aplicable de alguna forma. De una absoluta no aplicabilidad no tendría sentido decir que fuera "verdadera". Por otro lado, un ser que estuviera plenamente por encima de toda preocupación, de toda menesterosidad (¿Dios?), no necesitaría saber nada. No pensaría, ni querría conocer. ¿Para qué? Donde no hay problemas que resolver no surge la inteligencia, que es siempre (como la curiosidad, de la que es hermana) una característica adaptativa. El anhelo de comprensión, la búsqueda de explicaciones, es la medida de lo que no somos, de nuestras aspiraciones insatisfechas; el ideal sobre el que medimos nuestras deficiencias y nuestra insatisfacción. Por eso, lo que valdría para un hipotético ser todopoderoso, irónicamente vale también para los seres humanos más elementales, aquellos tan inconscientes de sí mismos, tan volcados en la pura exterioridad inmediata (como los propios animales), que no quieren saber nada. [3/9/2021]