RECORDAR LOS PROPÓSITOS

 















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RECORDAR LOS PROPÓSITOS
Sobre la relevancia ética de la Navidad
D. D. Puche Díaz
19-12-2025



La Navidad
es una época en que despiertan las mejores intenciones; son días de entrega a la paciencia y la atención que acompañan siempre a la buena voluntad, interrumpiendo las insensibles urgencias de una cotidianeidad que el resto del tiempo parece olvidarse de ella. En este breve e intenso paréntesis de tiempo nos esforzamos (no creemos en ello, nos decimos con cinismo, pero lo hacemos “por los niños”, “por la familia”) en reavivar adormecidos sentimientos de amor universal, de pertenencia a una comunidad, e incluso a la propia naturaleza. De hecho, en el imaginario colectivo la Navidad se representa como vivir dentro de un cuento, en el escenario ideal que permitiría esa reconciliación de cada cual consigo mismo, con los demás y con la vida en general.
Pese al cinismo que, a menudo, tilda esta actitud de “hipócrita”, este lapso de buena voluntad socialmente inducida es algo necesario, o cuando menos extremadamente conveniente para todos; y los que se ríen de ello con el impostado desdén de cada año (“no hay nada que celebrar”) son, realmente, los que no parecen capaces de entender algo tan sencillo. Y es que estas fiestas tienen un gran valor moral, pues sirven para recordarnos los fines que habríamos de perseguir y para reavivar la conducta virtuosa conducente a ellos; esto es, la actitud adecuada una disposición de ánimo acompañada de la actividad correspondiente que oponer a las habituales conductas poco edificantes, cuando no, sin más, moralmente reprobables. De hecho, los que denuncian la “falsedad navideña” son los que necesitan presumir de su superioridad moral frente a los que, mucho más sanamente, quieren participar de su regeneración, por frágil y efímero que sepan este empeño. Y, tengamos esto claro, querer ser mejor no te puede hacer peor persona, pero creerte mejor sí puede convertirte en una peor. Es algo muy frecuente.
 
 
 
Edificio de la Escuela de Arte de Mérida, donde se oferta Bachillerato de Artes Plásticas y de Artes Escénicas.
Bachillerato de Artes (Artes Plásticas y Artes Escénicas), con acceso a Enseñanza Superior.

 
Ciertamente, el escenario ideal que construye cada año la Navidad cuya imaginería ha ido volviéndose cada vez más pagana (anglo-germánica) en la tardomodernidad: pueblos nórdicos nevados, abetos, criaturas feéricas, etc. es el de un cuento, que ubica el ejercicio de tales roles morales en una recobrada naturaleza preindustrial (premoderna) y en una comunidad ideal en la que todavía ocupa un lugar central y estructurador la familia (la cual aún vive unida en una casita de madera que arroja una cálida luz sobre la pureza de la nieve que la rodea, en una noche abrigada por las estrellas). Este escenario, que para muchos es una impostura consumista, se impone precisamente porque el capitalismo ha encontrado una veta antropológica muy profunda que explotar, algo mucho más antiguo que él mismo por no decir más antiguo que el propio cristianismo, y de ahí esa escenografía pagana, lo cual no debe entenderse como “crítica” alguna que el ser humano anhela. Se trata del complejo mítico, simbólico y ritual que nos traslada a un tiempo “fuera del tiempo”, a un espacio ahistórico que nos permite escapar momentáneamente de la asfixiante linealidad del tiempo histórico, del mundo actual, y establecer una distancia más práctica, vital, que contemplativa, pues en eso existen las fiestas con respecto a éste que hace posible revisar los roles normalmente desempeñados y retornar a un “punto inicial” ideal, a una ucrónica “infancia” que es más una construcción moral que una etapa psíquica. Encontramos, en efecto, a adultos que quieren volver a ser niños (con la excusa de que todo eso “lo hacen por los niños”), esto es, experimentar un renacer como personas, para liberarse tan siquiera brevemente del terrible peso de la vida (esto puede rechazarse por ser falso, estúpido o pueril, pero quien lo haga ha de ser coherente y rechazar todas las fiestas y tradiciones, de todas las culturas, pues todas ellas consisten en el fondo en semejante redención de la vida, si bien acentúan diferentes momentos de ésta). No obstante, en todo momento ambas dimensiones temporales, lineal y cíclica, con sus respectivos juegos de reglas, se solapan de forma absolutamente pragmática y funcional y consumista, si se quiere.
Esto muestra una fractura en el ser humano, no sólo psicosocial sino incluso existencial: pues revela una disposición moral que aún perdura en éste, bajo capas y capas de particularismo egoísta, narcisista y hedonista; la Navidad crea el necesario contexto en que podemos rememorar la persona que quisiéramos y debiéramos ser en nuestra relación con nosotros mismos, con los otros y con la naturaleza, pese a la que somos el resto del tiempo. Por eso, la insistencia en denunciar la “hipocresía” de estas fechas señala a gente moralmente muy dañada o políticamente cegada (que, en cualquiera de los casos, no está para dar consejos), la cual cree asumir la vida con más lucidez que la inmensa mayoría, cuando es la que se ha quedado en el nivel más superficial.
 
 
 
Interior de la librería Mayo en Madrid.
Librería general. Psicología. Filosofía. Historia. Juvenil e Infantil. Literatura y Narrativa actual.  
 
La recuperación de la virtud a la que nos llaman estas fechas, la rememoración mítica (tan falsa desde el punto de vista histórico como verdadera desde el ideal) de la comunidad perdida, ya sea la aldea germánica en mitad del bosque virgen, la pastoril representada en los belenes o el barrio humilde del Londres dickensiano, impugna el particularismo social moderno (individualista y relativista, el propio de una vida desencajada de sus goznes antropológicos) para elevarse desiderativamente al universalismo siempre “perdido” de antemano. Lo ético radica aquí en el deseo de hacerlo y en el camino a seguir para ello, y no en presuponer una universalidad y, con ella, la correspondiente comunidad ya dada, en lo cual, de hecho, radica el fundamentalismo moral y religioso. Lo que nos protege de este riesgo es precisamente lo que tantos señalan como hipócrita, a saber, la simultaneidad de ambas temporalidades (histórica y mítica), su articulación funcional, la ironía con la que aceptamos que “esto no es del todo cierto” y, sin embargo, nos lo proponemos. Desearíamos que fuera cierto, porque todavía no estamos del todo moralmente quebrados; porque preferiríamos que el mundo fuera mejor de lo que es, pero para ello hay que imaginarse como tendría que ser. Y porque, para que esa universalidad moral funcione como desiderátum, ha de basarse en tradiciones de larga raigambre que nos unen, y no en proyectos o utopías políticos que nos separan.
En el camino hacia esa virtud que hoy nos falta, pero que aspiramos a “recuperar”, y ya presupongamos la fe (decantándonos por el contexto mítico del “cuento” navideño), ya al margen de ella (si optamos por una racionalización más fría de éste), lo cierto es que, de entre lo que para el cristianismo son las “virtudes teologales”, todavía la esperanza (en las posibilidades del ser humano como “sujeto” del espíritu, o de la razón, que desde el punto de vista filosófico son lo mismo) y la caridad (más allá de la actual reducción simplista de todo el registro emocional a la “empatía”) nos indican el modo de incluir al otro (el “buen samaritano”, la “mujer cananea”, el “centurión romano”, etc.) en la moral universalista que siempre está por construir. O, lo que es igual, en un mundo más deseable en términos éticos. Una dialéctica, la que se da entre la particularidad real y la universalidad ideal entre la incorporación del otro a un modelo ético universalista y su reconocimiento como tal “otro”, que tal vez sólo la esperanza y la caridad así entendidas (a través de la escenario navideño y su recordatorio de la buena voluntad), puede mediar exitosamente en nuestra cultura; sin ello, nuestra existencia social probablemente perdería todo sentido y caería en el más absoluto nihilismo, contra el cual estas fiestas constituyen un breve y frágil, pero indispensable, dique de contención.
 
 
 
 
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