SOFOTERAPIA (II)

 













SOFOTERAPIA (II)








 
 
 
SOFOTERAPIA (II)
Los efectos restauradores de la sabiduría en un mundo patológico
D. D. Puche Díaz
20-2-2026



[Lee la primera parte] Así pues, dado que hay que ir afrontando los problemas del individuo desde el punto de vista psico-ético (la cuestión política la dejaremos para otra ocasión), todo intento de aliviarlos ha de partir del adecuado diagnóstico del mal existencial que sufre, esto es, del “desvío” que afecta a su vida respecto de lo que debería ser una “vida recta” o “buena”, entendiendo ésta como la más satisfactoria posible que esté dotada de un sentido, el cual, a su vez, ha de concordar con fines racionales. Dicho diagnóstico ha de llevarse a cabo ateniéndose tanto al propio sujeto como a su objeto volitivo, pues un componente esencial de toda existencia “sana” pasa por la educación de la voluntad para que aprenda a escoger los objetos más convenientes. Qué signifique esto, lo aclaré a continuación.
 
a) Del lado del sujeto tenemos dos extremos a tomar en consideración, a saber: i) un nivel de activación (o deseo, o atención) muy alto (hiperactivación hedónica, o capacidad de vincularse a un objeto) que, en consecuencia, para un óptimo desenvolvimiento vital, tiene que ser rebajado mediante la obtención planificada de satisfacciones menores y más accesibles, o sea, de pequeñas recompensas (auto)administradas; o ii) un nivel de activación (o deseo, o atención) muy bajo (hipoactivación hedónica) que, por el contrario, ha de ser incrementado mediante la inducción de aspiraciones superiores a las actuales; de una mayor ambición en la obtención de recompensas apetitivas, para lo cual los objetos correspondientes como seguidamente veremos tendrán que resultar lo suficientemente sugerentes, pero a la vez deberán ajustarse a tales expectativas. Se trata, por tanto, de reequilibrar a la baja o al alza, respectivamente, las expectativas de satisfacción, a través de ejercicios de cese o estimulación del deseo que poco a poco modifiquen sus patrones de “inversión de atención” en objetos.
 
Corresponde hacer aquí una puntualización acerca de algo que ya mencioné en La existencia dañada acerca de la relación, en este proceso dialéctico, entre un “maestro” y un “discípulo”, propia de la instrucción filosófica clásica (especialmente en la Antigüedad, antes de que se convirtiera en una “disciplina teórica” o “académica” y se desentendiera de la búsqueda de la sapientia en favor de la scientia), a diferencia de la que hay entre “terapeuta” y “paciente” en la práctica clínica contemporánea. Como ya decía entonces, el discípulo o, simplemente, “sujeto” puede hacer este trabajo solo, bajo la figura del maestro “ausente”, entendiendo por tal las enseñanzas depositadas en la vasta tradición filosófica, que dicho sujeto o estudioso ha de conocer en profundidad (para lo cual, ahora sí, el conocimiento académico de la filosofía es necesario, aunque seguramente no como se viene impartiendo desde hace casi un siglo). Hoy es muy difícil, por no decir prácticamente imposible, encontrar esa figura del “mentor” filosófico o sapiencial que nos guíe en este proceso (sin que dicha persona sea un coacher espiritual, un “experto” en autoayuda, el chamán o gurú de alguna secta, o cualquier otro tipo de impostor o vendedor de farsas new age), como sin duda sería deseable, por lo que el trabajo, con toda probabilidad, será autónomo, a partir de los clásicos. Pero hay que tener siempre presente que éste requiere de extensos conocimientos filosóficos, así como de una férrea disciplina de introspección y autognosis, y de un talante autocrítico no menos férreo en cuanto a los procedimientos seguidos y los resultados obtenidos, que han de estar en constante revisión y afinamiento, como debe ser también constante la formación teórica y el contacto con los textos clásicos donde la sabiduría buscada, producto de siglos de este mismo trabajo, realizado por  algunas de las mentes más brillantes de la historia, e irreductible a los resultados de la moderna ciencia empírica y sus criterios de estudio y comprobación, se halla depositada, siempre como una herramienta provisional para seguir trabajando, que se ha de actualizar históricamente. El sujeto del proceso, por tanto, puede realizar estas prácticas de autoexamen, evaluación y reequilibrio por sí solo, aunque así será mucho más arduo y la vigilancia de sí mismo tendrá que ser considerablemente más exigente; y esto es algo que el lego en la materia o el mero diletante, carentes de los conocimientos necesarios (ni siquiera éstos suelen ser suficientes, si la aspiración a la sophía no se ha trabajado de forma personal y rigurosa durante largos años, o incluso décadas), no pueden intentar siquiera; para ellos siempre será lo recomendable, en caso de necesidad, acudir a terapeutas profesionales de otras disciplinas. Dicho esto, retomemos el hilo de la argumentación donde lo habíamos dejado:
 
b) Del lado del objeto tenemos tres posibilidades; pero vaya por delante, de nuevo, esta aclaración: hay que diferenciar (a) el deseo, que remite siempre a un objeto, pero es como acabamos de ver el polo subjetivo de esa referencia (y, como tal, el componente orgánico-energético propio de un animal en general, del que puede haber excedente, carencia o un nivel óptimo) y (b) la voluntad, que constituye el polo objetivo de la capacidad apetitiva humana (por tanto, el componente específicamente racional, basado en representaciones inmediatas o mediatas de las cosas y, consiguientemente, indesligable de un entorno cultural, por lo cual es educable mediante la disciplina y el hábito). Su objeto, así entendido, no tiene por qué existir siquiera como es el caso de todo objeto del deber, o de la creatividad humana, y en su formación interviene siempre la imaginación en algún grado; puede ser un objeto material (“real”), o sea, la representación concreta de una cosa que despierta el deseo, o formal (“ideal”), la representación abstracta o simbólica de una cosa; de hecho, siempre es simbólico, hasta cierto punto pues está cargado de investiduras simbólicas que, a menudo, se sobreponen a lo meramente perceptivo o a lo racional, pero importa aquí su grado de concreción o abstracción y su relación posible (y no irreal o ilusoria) con la praxis del individuo. En función de esto, obtendremos distintas medidas de ajuste de la voluntad a un “equilibrio vital” o “salud”.
 
 
Portada y sinopsis del libro 'Topología del mundo'.
 
 
Pues bien, las tres posibilidades objetuales que hallamos, con respecto a ese equilibrio existencial del sujeto, son: i) la carencia de objeto, que se da cuando el sujeto no consigue un “retorno a sí”, un “retorno de la inversión hedónica”, porque no encuentra en qué fijar su deseo, con lo cual deviene en un estado de desrealización; contra éste, es preciso establecer una asignación de objeto que “llene” el circuito hedónico del sujeto con una meta significativa para él y le permita así alcanzar un sentimiento de “completud”. En segundo lugar, tenemos ii) el sometimiento al objeto, que ocurre cuando el sujeto no es “dueño de sí” por caer en una proyección, fuera de las propias condiciones reales de su existencia cuando menos de las actuales, cosa que quizá sea modificable a largo plazo o mediante la acción colectiva, de aquello que le daría satisfacción y/o sentido; el objeto se convierte así en un “ídolo”, en un simulacro inalcanzable que desvirtúa la vida, incapaz de su consecución, condenada a fracasar sistemáticamente, y por tanto en un estado de enajenación (o alienación) constante. Contra ello, hay que procurar una liberación del objeto que permita al sujeto hallar satisfacciones a su alcance, o al menos dentro de los márgenes de su posible actividad transformadora del mundo, pero nunca más allá de ésta. Y, en tercer lugar, nos encontramos con iii) el objeto inadecuado, que conduce al sujeto a un conflicto consigo mismo, a una incoherencia existencial, al desear intensamente algo que no es compatible con el resto de parámetros que definen su vida a los cuales, por otro lado, tampoco está dispuesto a renunciar, situación que provoca un estado de fractura interna; contra tal estado, y si no es factible o deseable la modificación de otros aspectos vitales, es necesario llevar a cabo una sustitución del objeto, un reemplazo de éste por otro que sea compatible con el resto de las aspiraciones del sujeto, ya sean éstas meramente materiales o ideales.
 
En los tres casos hay que lograr una investidura simbólica del nuevo objeto, a partir del (auto)conocimiento de la red de representaciones de la realidad (una determinada “semántica del mundo”) que son significativas para el sujeto, de tal manera que el nuevo objeto (la representación deseada) se inserte exitosamente en su circuito hedónico y pueda llegar a procurarle placer, tanto en su consecución como incluso en su simple anticipación, y de este modo, motivarlo. En los dos últimos casos, no obstante, primero es necesario desinvestir simbólicamente el objeto inicial ya sea alienante o incoherente, efectuando el trabajo inverso, que suele ser más complicado aún, de romper esos enlaces hedónicos; de lo contrario, tanto la liberación de aquél como su sustitución serán inviables. Y, por supuesto, tratándose de un método estrictamente filosófico ni religioso ni perteneciente a otras disciplinas, con otros intereses y técnicas, en todo momento hay que tener presente que la racionalidad de dicho objeto (su ajuste a condiciones de realización universalizables) ha de acompañar, cuando no pueda imponerse, a su carácter simbólico. [Continuará en breve]
 
 
 
 
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