UN PSICÓTICO SUJETO COLECTIVO

 

La tecnología de la que dependemos está dando lugar a un nuevo tipo de "ser hiperhumano" psicosocialmente muy inestable.
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UN PSICÓTICO SUJETO COLECTIVO

¿Caminamos hacia una metasubjetividad para la que no estamos psíquicamente preparados?


Por D. D. Puche

 

 

Una tesis que ya he sostenido en alguna ocasión anterior es que la humanidad avanza hacia una transformación de inmenso alcance, a saber, su integración progresiva en un sujeto colectivo, un metasujeto que irá asumiendo rasgos y funciones que hasta hoy nos han parecido propias no ya de entidades colectivas ‒grupos étnicos o religiosos, Estados, etc.‒, sino incluso de los individuos psicobiológicos; un sentir y un pensar, una conducta, en suma, que parecen ir diluyéndose paulatinamente en un orden superior propiciado por las tecnologías de información y comunicación de las que nos hemos vuelto absolutamente dependientes. No hablo, por tanto, de una integración política, económica y jurídica, consecuencia del proceso de globalización (el viejo sueño ilustrado del cosmopolitismo, de la “ciudadanía universal”); no, hablo de la disolución real de los individuos, al margen de su grupo de origen, en una nueva entidad transversal a ellos, que ya se estaría gestando ante nuestros ojos. 


La total interconexión a través de internet, la absoluta dependencia de los medios digitales, está modificando rápidamente nuestros patrones de alfabetización perceptivo-cognitiva.

 

Se me dirá que todo indica lo contrario, más bien: el mundo parece estar deshilachándose, rompiéndose cada vez más, fragmentándose en bastiones políticos e identitarios que reaccionan contra una globalización asimiladora impulsada por el capitalismo. Hay un regreso a lo esencialista y particular, en forma de nacionalismos y de un creciente fundamentalismo religioso; una segmentación de la población en general en minorías autoidentificadas, en activismos, ideologías y estéticas que rompen con cualquier criterio homogenizador, como la concepción moderna del individuo, simple “ciudadano” cualitativamente indiferenciado de otros. De hecho, la propia globalización parece estancarse, y hasta retroceder, en un contexto de crisis económica cronificada y de tensiones internacionales cada vez peores, debidas a la competencia por unos recursos que se evidencian cada vez más escasos. Así pues, en mitad de semejante desglobalización, la anterior tesis no parecería tener mucho sentido. 



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Pero ya he dicho que no me refería a un sujeto político-económico-jurídico unificado, que ciertamente no termina de cuajar, sino a movimientos de fondo, a algo antropológicamente más profundo, que está germinando en mitad de todas esas tensiones materiales divergentes. Hay una fuerza centrípeta, disolutiva en una unidad mayor, que pugna con esos impulsos centrífugos y particularistas ‒quizá hasta aprovechándose de ellos‒, y se debe, como decía antes, a la uniformización del pensar, del sentir y del actuar, del ethos y del pathos, que están produciendo las tecnologías de la información. La total interconexión a través de internet, la absoluta dependencia de los medios digitales, está modificando rápidamente ‒los psicólogos observan cambios notabilísimos en la última década‒ nuestros patrones de alfabetización perceptivo-cognitiva. Lo que somos está mutando drásticamente, debido a la tecnología que usamos. Nos estamos convirtiendo en un individuo-extensión, en “terminales sentientes” de una red de información; un tipo de ser humano con rasgos muy distintos a los anteriores. El propio sentido de la palabra “cultura” está empezando a significar algo totalmente nuevo, adaptado al nuevo escenario de asociación inmediata de estímulo-respuesta y de sobreexcitación constante de los receptores de dopamina, ligado al condicionamiento básico de la población ‒especialmente de los más jóvenes‒ en conductas cortoplacistas y en bucle de retroalimentación. Si la cultura es un sistema de aplazamientos del placer inmediato en favor de fines biológicamente más rentables a largo plazo, evidentemente el sentido mismo de lo “cultural” está transformándose en algo que nos es completamente desconocido. El sujeto moderno (el individuo autónomo y crítico que se constituye en oposición a los objetos y a otras subjetividades) hace aguas a un ritmo increíble; nos comportamos cada vez más como una masa más o menos compacta que reacciona de idéntica manera a los mismos estímulos previamente creados para nosotros. La saturación y fugacidad de la información responde al modelo planificado de la in-formación, esto es, a la deconstrucción deliberada del concepto ilustrado de “cultura”, de la formación de un individuo, el cual ahora choca con las exigencias del mundo-mercado ubicuo e instantáneo, y por tanto se ve como algo atávico y obsoleto. 


Eludiendo nuestras bases cognitivas, o mejor dicho, sirviéndose de sus sesgos, van al núcleo mismo de nuestra psique, a lo emocional, y lo manipulan a su antojo.

 

Así pues, no sólo no nos alejamos del sujeto colectivo al que hacía referencia ‒y ello con independencia de la división mundial entre países o religiones o modelos civilizatorios‒; es que todos los rasgos psicosociales que se están perfilando en los últimos años, desde la aparición de las redes sociales, y después con el 3G y la posibilidad de acceso a ellas desde el móvil (el individuo conectado en cualquier momento y lugar), son la prueba, precisamente, de esa tendencia. Lo que ocurre es que nadie ha dicho que fuera sencilla o indolora ‒¡o deseable!‒. Al contrario, como parto que está siendo de un nuevo tipo humano (que podríamos llamar “hiperhombre”, para no confundirlo con el vaticinado por Nietzsche), este proceso de transformación será lento, tortuoso y desgarrador. Puede que la desglobalización separe a Estados y bloques económicos que hasta hace poco tendían a la convergencia en el mercado mundial; pero el caso es que ya hay megaempresas globales (Alphabet, Microsoft, Amazon, Facebook, Apple) que compiten con dichos Estados en términos de tamaño económico y de influencia. Y puede que no controlen las legislaciones y los ejércitos, pero ejercen un dominio mayor que aquéllos sobre las mentes humanas, y además, como mejor se las domina ‒que por eso es su principal flanco de ataque‒: por el lado emocional. En este paradigma del “black mirror” (la serie homónima de Brooker ha descrito estos mecanismos con más lucidez que muchos estudios científicos), de realidad total y absolutamente mediada por la pantalla de un dispositivo, la única posibilidad que encuentra el individuo ‒conductualmente programado desde la infancia‒ de acceder al mundo que lo rodea, de tener una imagen más o menos coherente de éste y de relacionarse con otros, para así desarrollar una “personalidad” propia (por más clónica que sea), es a través de unos mass media y unas redes sociales que han evaporado dicha realidad y la han reducido a “paquetes de estímulos”. Diseñan el contenido, la estructura y la dosificación de éstos para crear una dependencia customizada, adaptada a cada cual: tienen información nuestra como para que sus potentes algoritmos encuentren todos y cada uno de nuestros puntos débiles, de los resortes de nuestra mente, de modo que no podamos resistir su influencia, puesto que ellos determinan, de hecho, lo que deseamos. Eludiendo nuestras bases cognitivas, o mejor dicho, sirviéndose de sus sesgos, van al núcleo mismo de nuestra psique, a lo emocional, y lo manipulan a su antojo. Colonizan los sistemas de recompensa de nuestros cerebros, que han ‒literalmente‒ pirateado, y a partir de entonces los necesitamos como un adicto necesita su droga para no caer en el síndrome de abstinencia y quedar fuera de juego.


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Si estoy en lo cierto, y mientras las tecnológicas sigan creciendo a la par que los Estados menguando, la consolidación de este modelo de relación social seguirá disolviendo al sujeto individual en otro colectivo, cada vez más uniforme, un “hombre sin atributos” (o con aquellos que se decida que debe tener). Lejos de la universalidad racional a la que aspiraba la Ilustración, estaríamos ante la figura opuesta, una particularidad hipertrofiada e irracional ‒siempre en devenir, constantemente revisada en función de necesidades de mercado‒ cuyos modelos a reproducir serán los youtubers o instagramers de turno, los líderes políticos twitteros o los periodistas que se limitan a hacerse eco de contenidos tomados de internet. Una completa clonificación psicosocial. Se me dirá: “pero eso no es así; al contrario, hay una creciente fractura social en bloques estético-ideológicos irreconciliables. Vamos hacia la desintegración de lo colectivo, más que a su integración”. Y ciertamente, cualquier vistazo a las redes sociales puede dar esta impresión. Pero creo que es una corriente de superficie que esconde otra, más honda, de la cual es un reflujo; una fase necesaria de un proceso mayor. El desarrollo tecnológico de la humanidad arrastra a ésta hacia una convergencia cultural casi plena, hacia una integración de la que, evidentemente, todavía estamos muy lejos, y contra la cual surgirán inmensas resistencias. Pero éstas no son “lo que está ocurriendo” realmente, sino su consecuencia


Lejos de la universalidad racional a la que aspiraba la Ilustración, estaríamos ante la figura opuesta, una particularidad hipertrofiada e irracional.

 

Quizá especulo demasiado, pero creo que ese metasujeto está cobrando forma ya, de lo cual la polarización social en bloques antagónicos, encerrados en sus respectivos búnkeres de opinión, no sólo no es una prueba en contra, sino que es un indicio en su favor. Pues lo que empieza a atisbarse, más que una miríada irreductible de sujetos político-culturales, es uno solo y vastísimo (la humanidad como tal) que, eso sí, está fragmentado en partes (esa miríada) que de momento ha sido imposible unificar. Pero cuando la conducta, como demuestra la experiencia con los big data, es estadísticamente predecible ‒y modificable‒ con unos márgenes de error mínimos, y de forma homogénea para toda la población mundial, con independencia de orígenes y adscripciones, es que hay un sujeto, por más que sus componentes no terminen de encajar entre sí. Aunque se odien, de hecho. Eso explicaría la psicosis colectiva que define estos tiempos, la percepción distorsionada de la realidad hasta lo patológico, la progresiva escisión de los miembros de un mismo colectivo. Porque, por obvio que parezca decirlo, no hay “psicosis” donde hay varias psiques en desacuerdo entre sí, sino donde hay una sola psique en desacuerdo consigo misma, cuya perceptio y volitio se hallan fracturadas. Y aquí el problema, en efecto ‒esto es fácil constatarlo‒, no surge tanto entre distintos grupos humanos que se integran, sino dentro de los ya existentes, a medida que lo hacen (para lo cual es necesaria la adecuación previa a un modelo neutro de ser humano, eminentemente mercadotécnico, inducido por las mismas tecnologías que permiten esa integración). De ahí las respuestas políticas ‒nacionalismos‒ y religiosas ‒fundamentalismo‒ que enfrentan ante todo a miembros de una misma sociedad; de ahí los atrincheramientos en identidades “transversales” y de ahí también la ofensa continua por cualquier opinión discrepante (“cultura de la cancelación”, etc.). No indican que no exista tal sujeto colectivo, sino lo traumática que está siendo la asimilación en éste, la cual, por otro lado, parece imparable. El desarraigo no deja de crecer, y las protestas contra éste sólo son el testimonio de lo inútil que parece toda oposición. Estamos en una fase inicial de esa transición al hiperhombre ‒que vino preludiada por la cultura de masas y la sociedad de información analógica‒, al ser humano totalmente interconectado, convertido en nodo de la red por el que fluyen los datos sin resistencia, disuelto como está en ese océano de estímulos. De momento sí ejerce resistencia; la cuestión es qué fuerza será mayor, si la integradora o la desintegradora. Personalmente, creo que la primera ‒y con ello no digo que desee que venza, sino que creo que lo hará. 


Libros del mismo autor

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Ésta me parece la inercia de nuestra especie, debida al vertiginoso desarrollo tecnológico de las últimas décadas, que está produciendo más cambios en nosotros que toda la historia de la humanidad anterior en conjunto. Por mucho que parezca que vamos exactamente en la dirección contraria, éste podría ser el paradójico futuro de la humanidad, siempre que las condiciones materiales ‒económicas y tecnológicas‒ que hacen posible este proceso se mantengan constantes (en su aceleración): la desaparición del individuo tal y como lo hemos conocido, como irónica consumación del cultivo del individualismo hedonista por parte del capitalismo; la autodestrucción del individuo como sujeto. Un proceso impulsado por las tecnológicas, que sólo buscan el beneficio económico; pero habrá que ver si, consolidado dicho proceso, éstas podrían llegar a sobrar ‒sustituidas por alternativas tecnológicas que hoy es imposible prever‒, habiendo jugado su papel integrador global, como momento de un proceso antropológico de mayor alcance. Sólo el futuro, y a largo plazo, decidirá esto.

  


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