VIVIR EN EL DESARRAIGO


Seremos más diferentes del ser humano de finales del siglo XXI que de nuestros antepasados de hace dos mil años. Las inéditas transformaciones que va a experimentar nuestra especie son un asunto con inmensas consecuencias psíquicas, sociales y políticas al que la filosofía debe prestar una atención prioritaria. Hablamos de ello en este libro de próxima aparición.
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Vivir en el desarraigo (por D. D. Puche) | Caminos del lógos, filosofía contemporánea




VIVIR EN EL DESARRAIGO

Sobre la transformación de lo humano en el siglo XXI


Por D. D. Puche




A lo largo de este verano será publicado por Grimald Libros mi último ensayo, Vivir en el desarraigo. Sobre la transformación de lo humano en el siglo XXI. Se trata de un estudio sobre los cambios en la esencia de lo humano que previsiblemente se producirán a causa de desarrollos tecnológicos y ecológicos que ya están en marcha; pero también es una reflexión acerca de aquello que permanece invariable en nosotros (lo que podríamos llamar la "naturaleza humana"), y la dialéctica que se establece entre ambos extremos. Ya contaré más cuando el libro esté publicado; de momento, puedes leer aquí mismo el prólogo del libro.

Nos hallamos en un momento decisivo de nuestro desarrollo como especie; no ya un momento histórico, por tanto, sino incluso evolutivo. Un interregno de cambios vertiginosos y de crisis de inmenso alcance, que amenazan como nunca antes nuestra situación global y hacen presagiar la transformación del ser humano como tal en otra cosa. Por eso la humanidad, que siempre se ha preguntado por su propia naturaleza y propósito ya sea de forma religiosa, artística o filosófica, parece recuperar una adormilada preocupación por lo que es y lo que quiere llegar a ser; por la dirección en que quiere encauzar los gigantescos e irreversibles procesos de transformación en que está inmersa, y tras los cuales el futuro inmediato se muestra oscuro y difuminado, tras espesas nieblas de incertidumbre. Otras épocas lo tuvieron más fácil a la hora de anticipar el porvenir, aunque fuera en forma de ciencia ficción; pero todo va ya demasiado rápido.

El vertiginoso desarrollo de la técnica en las últimas décadas, especialmente en los campos de la informática, la robótica y las comunicaciones, ha cambiado y sigue haciéndolo nuestro día a día más que la mayoría de los grandes acontecimientos de siglos pasados juntos. Pero estos increíbles progresos tecnológicos, cuyo potencial de transformación apenas podemos vislumbrar (mencionemos también la bioingeniería, la nanotecnología, los big data, etc.), coinciden en el tiempo con gravísimas crisis económicas, una crisis ecológica aún peor en ciernes, el exceso demográfico, el agotamiento de los combustibles fósiles, y otros factores menores que amenazan seriamente con un retroceso civilizatorio terrible. Sus consecuencias parecen intuirse ya en el resurgir de los ultranacionalismos, en el creciente fundamentalismo religioso, y en general, en el nihilismo propiciado por la vida vaciada de sentido del capitalismo global, que socava las bases culturales e institucionales del mundo actual.





Nos jugamos nuestro futuro, y ello en el sentido más profundo: se está decidiendo lo que vamos a ser, lo que va a significar ser “humano” en los tiempos venideros. Nuestra capacidad científico-técnica permite ya (y esto sólo va a ir a más) una capacidad de autotransformación que hace que conceptos y valores tradicionales acerca de lo humano salten en pedazos; el viejo humanismo se da ya por muerto y enterrado, salvo en los círculos intelectualmente más conservadores. Esta situación de “aceleración histórica” crea una desorientación general, así como las reacciones virulentas de ciertos sectores sociales; se percibe una casi unánime insatisfacción con lo que parece que se aproxima, sólo que cada colectivo salva algunas de sus promesas mientras estigmatiza el resto. El ser humano, de aquí a unas décadas, será más distinto a nosotros de lo que nosotros lo somos de nuestros antepasados de hace quinientos o mil años. Y no estamos preparados para eso, ni intelectual ni emocionalmente. Hay algo crucial que parece a punto de ocurrir, una serie de saltos exponenciales que lo alterarán todo para siempre. Eso sí, no sabemos si hacia mejor o hacia peor.

Los avances técnicos demasiado rápidos, que arrastran consigo las estructuras sociales lo cual, a su vez, tiene consecuencias psicológicas, impiden los reajustes simbólicos que el ser humano necesita para comprender sus circunstancias históricas. Se produce una pérdida del sentido, una desestabilización del necesario conjunto de referentes que constituyen el mundo humano. El clima reinante de desorientación que resulta de ello viene a ser lo que Bauman describe como “sociedad líquida”, inseparable del “malestar en la cultura” del que hablaba Freud, o del “nihilismo” que diseccionó Nietzsche. Ese decalaje entre lo material y lo simbólico hace que “lo humano”, que consiste en la pertenencia a un mundo, quede en el aire; a partir de ese momento, está en disputa. Se llega así a una situación de “desarraigo” que, como decía, tiene gravísimas consecuencias psicosociales. Ante esta situación, abordada desde múltiples ángulos (humanísticos, científicos, políticos, etc.), se han dado diversas respuestas, desde el esencialismo más reaccionario al relativismo cultural más corrosivo; pero hasta ahora, parece que todas ellas se han mostrado insuficientes.

Ahí es donde como en cada crisis histórica que hace tambalearse las más firmes convicciones culturales la filosofía entra en liza. Decía Ortega que cada filosofía es una nueva concepción de lo real, y ello porque es una nueva concepción del pensamiento. Y si conjugamos esto con la afirmación kantiana de que la filosofía es en última instancia antropología, pues sus preguntas fundamentales se resumen en la pregunta “qué es el hombre”, podríamos concluir que cada filosofía es una nueva concepción del ser humano, del “protagonista”, al fin y al cabo, de esa nueva propuesta intelectual. Naturalmente, nunca se empieza de cero, lo cual sería una tarea tan imposible como vanidosa; toda filosofía tiene una filiación. La que se perfila en estas páginas parte de un enfoque materialista, aunque después irá tendiendo puentes hacia otras posturas teóricas con las que considero que no sólo no es incompatible, sino hasta complementaria. Pero el punto de partida debe ser el del propio problema, esto es, lo material (económico-técnico) que vertebra los “sistemas humanos”. Todo lo específicamente humano, como veremos, surge con la ruptura que introduce la actividad productiva en la mera adaptación al medio que caracteriza a lo biológico en general. Dicha actividad productiva, transformadora, es la que sostiene el mundo humano que hoy se ve amenazado, paradójicamente, por la celeridad de las nuevas sinergias productivas. Por eso el análisis deberá partir de éstas.



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Como dije antes, el concepto de “desarraigo”, que será el hilo conductor de este trabajo, está a su vez emparentado con el del nihilismo de Nietzsche; pretende, de hecho, recogerlo y actualizarlo desde un enfoque materialista. El nihilismo nietzscheano es un proceso histórico que amenaza lo humano mismo; frente a él, el filósofo alemán preconizaba la necesidad de un tránsito (Übergang) hacia un nuevo tipo de ser humano, el “superhombre”; un tránsito que es contrapartida del ocaso (Untergang) del ser humano habido hasta ahora. Estas nociones como la del propio superhombre son vagas e imprecisas, con matices aún claramente idealistas; pero anticipan los debates teóricos actuales acerca de la “superación del humanismo” en diferentes direcciones, como el posthumanismo y el transhumanismo. Nietzsche entendía que lo único definitorio del ser humano era la Selbstüberwindug, su capacidad de “autosuperación”. Un proceso de autotransformación que también traduciremos a términos materialistas para comprender y criticar el posthumanismo y el transhumanismo (dos formas y grados de autotransformación, tanto física como mental y moral). Y también para esbozar, incluso, una noción del tipo de ser humano venidero (el “ser hiperhumano”), que seguramente se aleja, en su intención crítica, tanto de aquéllos como del superhombre nietzscheano. Pues hablar de un ser hiperhumano no significa, en absoluto, defender un hiperhumanismo, sino todo lo contrario: la cuestión es si, pese a las inmensas transformaciones de lo humano que se anuncian (las cuales intentaré esbozar al margen de valoraciones morales, sin nostalgia alguna del pasado), podemos hablar de algo específica e irreductiblemente “humano”, de algún tipo de fondo que permanece en todo cambio y puede todavía servir de faro que oriente su incierto devenir histórico. Ahora bien, sólo llegaremos a ese fondo penetrando en aquello que lo amenaza, que lo “saca de sí”; por eso hay que construir el concepto de desarraigo como punto de partida para posteriores análisis. Este término, “desarraigo”, ha sido usado muchas veces y en muchos contextos, sobre todo sociológicos, casi siempre en un sentido natural y meramente descriptivo. Quiero convertirlo, precisamente, en un concepto técnico y preciso, con un contenido filosófico propio.

Una filosofía materialista nos brinda herramientas teóricas más potentes y actuales que otras estrategias intelectuales; converge fácilmente con el conocimiento acumulado por las ciencias, del que puede servirse para construir modelos fundamentados y coherentes. Además, también puede reconstruir esas otras estrategias en función de su viabilidad como “segmentos separados en abstracto” de sí misma. El enfoque materialista no puede, ciertamente, prescindir de una base biológica, económica, tecnológica, etc., a la hora de explicar los procesos del mundo real; aunque la filosofía no se reduce jamás a ser la exposición, síntesis o divulgación de los contenidos de las ciencias naturales y sociales, tampoco puede comprender la realidad al margen de éstas sin caer en la más absoluta arbitrariedad lo cual ha sido el gran pecado de una gran parte de la filosofía de las últimas décadas. Para propiciar una orientación de la existencia tanto individual (ética) como colectiva (política), requiere referencias sólidas a las condiciones materiales que permitan ponerla en práctica. Ahora bien, la nueva concepción del ser humano que subyace a esa nueva racionalidad que reclama nuestro tiempo de zozobra, no dependerá tanto de los descubrimientos empíricos que se realicen (en genética, neurociencia, etc.), aunque desde luego habrá que tenerlos muy presentes. Más bien dependerá de cómo se aborde su existencia en cuanto una exigencia racional (“lo que debería llegar a ser”) a partir de aquello que de hecho es. Es decir, que “lo humano” que buscamos es algo que no puede existir al margen de una base material, pero que tampoco puede deducirse sin más del conocimiento de ésta; es algo necesariamente material, como todo lo real, pero en un grado tal de complejidad y de mediaciones simbólicas y racionales que no se puede reducir sin más a las estructuras dadas. Es, en suma, algo que supera (el überwinden nietzscheano), a la vez que sigue necesitando, nuestra mera corporalidad biológica y los particularismos culturales, para ir al encuentro de lo universal con que se identifica la razón; lo cual es imprescindible en un mundo global en el que todos los referentes se hacen pedazos cada vez más rápido, dejándonos huérfanos del sentido.



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La primera cuestión en relación al desarraigo es explicar el desencaje entre las condiciones objetivas de existencia y las subjetivas (y qué significa esa “subjetividad”, cuyo significado no podemos presuponer). No aclarar esto ha hecho fracasar a diferentes teorías emancipatorias, desde la Ilustración hasta nuestros días. Por eso, en un segundo momento, hay que construir un concepto de “lo humano” con el que medir la distancia de la “normalidad” psicosocial actual a un ideal (incluso para juzgar el curso de la historia según converja o se aleje de ese métron). Todo concepto filosófico es un concepto teórico-crítico, pues no se trata de un mero descriptor formal o empírico ni supraempírico, si es que pretende ser racional; no se limita a constatar lo que hay, sino que propone. Posee un componente valorativo que conecta la teoría con una praxis posible. La “legitimidad” de semejante concepto radica en su capacidad de universalización, o sea, de abarcar sin conflicto, o minimizando el conflicto, las distintas autocomprensiones culturales ya existentes, a la vez que es compatible con las condiciones materiales de una posible realización. En un tercer momento, habrá que producir modelos, esto es, aplicaciones de ese ideal a circunstancias concretas de nuestro tiempo. La filosofía no es una ciencia, y por tanto, la mera propuesta teórica no es suficiente; necesita la exposición de “experimentos mentales”, como el de la ciudad-hipótesis platónica. Esos modelos, por descontado, no pueden ser extraídos acríticamente de un pasado mítico que se pretenda repetir, ni de ideologías que no hayan pasado la más severa criba intelectual.

Con este ensayo he pretendido contribuir a la comprensión de importantes cambios que se están produciendo y que se van a producir, así como al esbozo de una determinada actitud teórica ante los mismos que no ceda a los tópicos sobre la “tecnofilia” o la “tecnofobia” que tanto abundan en la literatura actual; he querido proporcionar, en resumidas cuentas, un mapa conceptual que permita ver con algo más de claridad hacia dónde nos dirigimos. Lamentablemente, la empresa no es sencilla, y a menudo el texto, por la propia complejidad del asunto, se vuelve duro, quizá demasiado técnico. No obstante, creo que puede ofrecer distintos niveles de lectura en función del lector, y por tanto, rendimientos intelectuales adecuados a las diferentes expectativas. Me limito a añadir, como advertencia y disculpa final, que a lo largo de la obra abundan las referencias a páginas web y artículos de prensa online, debido a haberla escrito en gran parte durante el confinamiento por el COVID-19. Por ello mismo, las referencias bibliográficas a títulos impresos recurren a una gran disparidad de ediciones, a veces en castellano y a veces en versión original, pese a existir buenas traducciones; son los libros de los que disponía en mi lugar de confinamiento, y no me he sentido con el ánimo de modificar después tantas citas y menciones del voluminoso aparato de notas. En cuanto a éstas, por cierto, no las he puesto al final, como se estila actualmente, pese a ser tan abundantes; hacerlo hubiera aligerado mucho la lectura, pero creo que es más práctico ponerlas al pie, pues son útiles para el seguimiento del texto aunque el lector no especializado bien puede ignorarlas y he querido evitar la molestia de tener que buscarlas.



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