SOFOTERAPIA (III)

 
Imagen evocadora del clasicismo grecolatino y su ideal de sabiduría.












SOFOTERAPIA (III)








 
 
 
SOFOTERAPIA (III)
El valor de la sabiduría en un mundo patológico
D. D. Puche Díaz
16-4-2026



[Lee la primera parte] Nada de lo dicho anteriormente ocurre en abstracto, como si se tratase de relaciones evanescentes e incorpóreas; pero tampoco ocurre “sólo” en la mente humana, pues no nos estamos circunscribiendo al territorio de lo estrictamente psíquico (ni siquiera puede decirse que se dé “sólo” en la sociedad, a modo de un fenómeno cultural más), sino que se produce sobre el escenario vital, el complejo marco del sentido al que denominamos, en una acepción estrictamente filosófica, “mundo”. Y, en éste, la theoría (“contemplación”) desempeña un papel relevante. Pues, aparte de dolencias existenciales como las que hemos descrito, que son, en diversas modulaciones, trastornos de la voluntad (esto es, en relación con la afirmación o negación del propio deseo, o con la carencia o exceso del mismo), hay asimismo problemas “mundanos” asociados al pensamiento (lo cual quiere decir: a una incorrecta comprensión del mundo que tiene consecuencias prácticas). O sea, fallos en el modo de procesar la información.
Éstos no tienen nada que ver con la mayor o menor inteligencia del sujeto entendida como la capacidad bruta de procesamiento de información y resolución de problemas, ni con su nivel cultural la cantidad y estructuración de información de la que dispone, así como su asimilación personal y su conexión efectiva con un contexto, como tampoco tienen que ver en principio con su estado de salud mental; más bien consisten en lo que tradicionalmente se ha llamado pre-juicios, esto es, anticipaciones incorrectas (o sobreentendidos irreflexivos y acríticos) al resultado de operaciones intelectuales concretas, que pueden llegar a definir, no obstante, una actitud general ante la vida, sin que ello impida un desempeño intelectual normal incluso elevado en otras áreas de ocupación o con respecto a otros objetos. En otras palabras, son lo que hoy denominamos “sesgos cognitivos”, y por decirlo de una forma mucho más precisa, el sesgo de confirmación en relación con un prejuicio específico (como, p. ej., que “yo soy más inteligente que los demás” o que “mi grupo social es moralmente mejor que otros”). En resumidas cuentas, son formas de irracionalidad que generan enormes efectos psicosociales en el mundo actual, precisamente por ser una sociedad de la información plenamente globalizada e hiperconectada. Es la “caja de resonancia” perfecta para este tipo de defectos tan humanos.
Volviendo a la noción de “mundo”, digamos que, si el ser humano, en un sentido genérico, ha de aspirar a su cumplimiento existencial en él incluso si creemos que hay “otro”, el sacrificio de éste para garantizar aquél (certeza que jamás se tendrá) no puede ser una solución racional, dicho mundo ha de estar centrado. Procurarlo es ya una cuestión política, que de ningún otro modo puede ser llevada a cabo; en esto, la filosofía supone únicamente una ayuda teórica para la realización de esa tarea esencial. Pero el caso es que, por defecto, el mundo no se encuentra centrado, y por ello genera patologías en los individuos que van más allá de las orgánicas y psicológicas; males del mundo en cuanto mundo y, en consecuencia, colectivos a los que ciertamente podemos denominar, por tanto, “existenciales”. Unos males consistentes en enfermar por la falta de sentido, por el hecho de vivir en un mundo que está enfermo. Una situación de “decadencia vital” totalmente indiferente al progreso material del mundo (considerarla causada por éste es el error que ve en la ciencia y su aplicación técnica algo “mefistotélico” que nos arrastra a la perdición), la cual nos recuerda la necesidad meta-física del ser humano, la exigencia de ir más allá del horizonte dado de los medios para elevarse a una reflexión acerca de los fines, de la “forma” que ha de tener nuestro mundo; en una palabra, la necesidad de sabiduría de nuestro tiempo.
El “descentramiento del mundo” supone la imposición unilateral o la descompensación de alguno de los factores de la matriz expuesta más arriba, lo cual acarrea la correspondiente “patología de mundo”, a saber:
α) FUNDAMENTALISMO: desviación del bienestar, dado el fracaso en la satisfacción de las necesidades, comodidades, aspiraciones materiales, seguridad, etc., a las que se aspiraba o que ya se tenían, lo cual conduce a su búsqueda (o “recuperación”) en un imaginario colectivo falso, siempre interpretado a través de un supuesto “pasado mejor” que bien puede proyectarse como un “futuro utópico” al que hay que regresar.
β) NIHILISMO: desviación de la libertad, que se encuentra a sí misma carente de fines, hacia una autoperpetuación de los propios medios, en un bucle por el que aquélla ya sólo sabe reproducirse a sí misma en su estado actual, pero en escalas siempre crecientes, sin reconocer límite alguno (como la antigua hýbris o “desmesura”).
γ) NEUROSIS: desviación del ideal de felicidad, que se siente siempre insatisfecho y probablemente inalcanzable (debido, cuando el problema es colectivo, a un desencaje o contradicción entre las condiciones materiales de vida y las investiduras simbólicas del mundo, que ya no se corresponden con aquéllas), de modo que el sujeto que hay que entender aquí, insistamos en ello, colectivamente vive en un constante estado de irresolución (cuando no viéndose amenazado), incapaz de proponerse fines o de encontrar medios adecuados para ellos, y por eso mismo, en un creciente cuadro de ansiedad, histeria o abulia (en suma, de “angustia vital”). Cuando, en el plano individual, intervengan causas biológicas (neurológicas, bioquímicas o genéticas), la necesidad de tratamiento estrictamente médico y/o psíquico es evidente.
δ) AUTORITARISMO: desviación de la justicia, por la que el aparato político-jurídico extralimita absolutamente sus atribuciones hasta abarcar de forma coercitiva todos los aspectos de la vida pública y privada; de tal manera, se exacerba el derecho del colectivo sobre el individuo y no se reconoce limitación alguna en el uso del poder (que pasa de ser un medio para la consecución de fines prepolíticos a ser considerado el único fin en sí, en su mera preservación).
  
  
En cada una de estas patologías la matriz ha perdido su “centro”, éste se ha visto desplazado hacia alguno de esos extremos o una combinación de ellos, de modo que (¿ya?) no existe una armonía, un equilibrio entre los factores estructurales (los “pilares del mundo” que la sofoterapia ha de tomar como referentes) vertebradores de la vida, así que tenemos un vacío, una ausencia estructural en la que consiste el…
Ω) DESARRAIGO (o “fracaso de mundo”): la fractura de los elementos articuladores del mundo que inevitablemente lleva a los males existenciales descritos, a los que los individuos que habitan dicho mundo no pueden escapar. De ahí que, como ya dije anteriormente, la única solución auténtica (política) sea el intento de transformación colectiva del mundo encaminado a un estado de equilibrio mayor; pero, entretanto, los problemas individuales han de recibir atención (psicológica), si bien esa “provisionalidad”, por supuesto, es propensa a eternizarse. En cualquier caso, con independencia del imprescindible papel de las ciencias de la salud mental, la filosofía (en cuanto “metafísica”, esto es, como reflexión acerca del mundo; y sólo así como “búsqueda de la sabiduría”, y ello quiere decir del sentido) tiene una tarea propia que podemos llamar “psico-ética”. Ésta consiste en la (trans)formación individual a través del aprendizaje teórico y la correcta comprensión del mundo, vehiculadas por la reflexión sobre los fines de la existencia y los medios adecuados para alcanzarlos; una tarea alternativa e irreductible a las anteriores, que se sitúa en un plano de intervención diferente, como veíamos al principio de este escrito.
La filosofía se hace tanto más necesaria por cuanto hay una inevitable tendencia a comprender el mundo, que es el horizonte de toda experiencia humana y, por tanto, de toda significación, como un objeto de ésta; de modo, además, que se confunden los límites entre sus distintas esferas (la naturaleza humana, los antroposistemas y el ámbito de lo ideal, de los cuales he tratado en otro lugar), ocasionando grandes errores teórico-prácticos. El mundo, o experiencia humana de la realidad, es así proyectado a una trascendencia desconectada de lo material como hacen el pensamiento mágico, la religión y la metafísica dogmática o sumido en una inmanencia absoluta lo que hacen ciertas filosofías empiristas y materialistas, así como las ideologías políticas que se sostienen sobre ellas, generando dos tendencias opuestas, con toda una serie de gradaciones intermedias entre ellas: a) la tendencia a la totalización del mundo, que anula por completo al sujeto, absorbido en aquél, y contra la que es preciso llevar a cabo un trabajo de individuación de éste, de autoafirmación contra el mundo por más que, obviamente, siempre en el mundo; y b) la tendencia a la aniquilación del mundo, a disolverlo en constituyentes materiales independientes entre sí e incapaces de producir sentido, y con ello de orientar la praxis; postura egótica y narcisista la de una subjetividad que se cree ontológicamente primera y autosuficiente contra la cual es necesario un trabajo de comunión con el mundo que nos “devuelva” a éste, fuera del cual en sentido simbólico y afectivo, pues en el fáctico, claro está, nunca lo estamos la vida se torna imposible. Estas dos tendencias son ya de por sí dos vectores de descentramiento del mundo (el “absolutista” y el “relativista”) que, a su vez, hay que combinar teóricamente con las anteriores cuatro direcciones del mismo para poder analizarlo y corregirlo.
Terminaremos con la exposición, en forma muy esquemática, de las siguientes técnicas o métodos que la sofoterapia (o psicosofía) ha de emplear para la consecución de sus objetivos. Dichos métodos están tomados, en general, de la propia práctica filosófica tradicional o de diversas técnicas, como los “ejercicios espirituales” de Ignacio de Loyola o el psicoanálisis especialmente el junguiano, que podemos considerar afines a ésta; desde luego, tales ejercicios introspectivos, reflexivos y dialécticos tienen más que ver con la filosofía que con la psicología contemporánea. No deben considerarse más que orientativamente, y siempre de forma provisional y sujeta a revisión, en función de la propia experiencia:
 
 
TÉCNICAS DE SOFOTERAPIA
 
1. Establecer la valoración preliminar. Formular una serie de preguntas, partiendo de las patologías existenciales establecidas, para comprobar en cuál(es) de ellas se puede situar al sujeto. A partir de esta valoración inicial, empieza la dinámica de trabajo como tal (la aplicación de las siguientes técnicas).
2. Mayéutica. Tanto para lo anterior como para continuar el proceso, la dinámica fundamental es plantear una batería de cuatro o cinco preguntas significativas cada vez y trabajar sobre la base de las respuestas. P. ej.: “¿Quién o qué eres en tus fantasías de futuro?”. “¿Qué te separa de eso actualmente?”. “¿Qué depende de ti y qué no?”. O “¿cuál es tu principal esperanza?”. “¿Y tu principal miedo?”. O “¿qué tendrías que hacer para tener mejor concepto de ti mismo?”. “¿Qué cosas que no te gustan de ti dependen de ti mismo y cuáles no?”, etc. El trabajo a partir de las respuestas consistirá ante todo en: a) ofrecer consejos prácticos sobre cómo enfrentarse a situaciones concretas (modificación de rutinas, exposición controlada a los temores, etc.), b) intentar desarrollar un punto de vista diferente, asumiendo el de los demás (especialmente el de los que chocan con el del sujeto), c) asumir una tarea o prueba específica a realizar como “misión”, d) iluminar la situación a partir de teorías filosóficas o ejemplos históricos o literarios pertinentes, e) seguir haciendo más preguntas para profundizar en el material proporcionado.
3. Análisis desiderativo. Preguntar de manera específica por las cosas con las que el sujeto fantasea habitualmente (sexo, poder, romance, aventura, etc.) y a partir de ahí probar: a) el reenfoque volitivo, basado en ejercitar el control activo de las representaciones, entendidas como “reactivos psíquicos” que interaccionan unos con otros y, a su vez, con las emociones potenciándose, anulándose, sustituyéndose, etc. Ello, además, ha de reforzarse con: b) la creación de nuevos hábitos a partir de la adopción de “ritualidades” nuevas; y llegado el momento se potenciará más aún con: c) la instrucción en una doctrina filosófica que resulte conveniente para su perfil.
 
 
   
Edificio de la Escuela de Arte de Mérida, donde se oferta Bachillerato de Artes Plásticas y de Artes Escénicas.
Bachillerato de Artes (Artes Plásticas y Artes Escénicas), con acceso a Enseñanza Superior.
 
 
4. Escenarios imaginativos. Con el fin de guiar la personalidad (entendida como una “máscara”, un “rol” o “personaje” optimizable), se trazarán diferentes situaciones narrativas. Éstas pueden ser tomadas de la ficción (literatura, cine, etc.) o de la mitología, o ser creaciones originales. Las narrativas mitológicas son bastante pertinentes, pues encajan mejor con las diferentes fases del “viaje del héroe”, que orientativamente es muy práctico para esta escenificación (encaminada a la toma de conciencia del sujeto del momento en que se halla en su vida, de sus dificultades y de la solución que debería dar a las mismas). Se trata de ver cómo reaccionaría ante determinadas situaciones arquetípicas, para luego comparar sus decisiones con las de los protagonistas de éstas es conveniente que no sean demasiado típicas. Es una práctica muy adecuada para el planteamiento de dilemas éticos, que ayudan a construir la personalidad, en cuanto modelos de toma de decisiones sometido a presiones contrapuestas.
5. Juegos interpretativos. Si las anteriores eran situaciones en que el orientador guía al sujeto a través de escenarios narrativos, éstos son juegos de rol activos por parte del sujeto, ya sea en la propia sesión o fuera de ella, como prolongación suya. Para ayudar en los procesos de identificación/desidentificación (consolidación/modificación de una determinada personalidad), el sujeto deberá interpretar a otra persona, comportarse como cree que lo haría ella; un referente que puede ser tanto amado o admirado como odiado o despreciado, con el fin de establecer fuertes contrastes anímicos.
6. Oración/meditación/reflexión. Se propondrán al sujeto temas para estas prácticas (en función de su filosofía o creencias previas), de carácter eminentemente introspectivo. Como complemento de las mismas, es conveniente que el sujeto escriba anotaciones sobre tales experiencias, pensamientos, emociones, etc., que posteriormente serán analizadas junto con otros materiales. Un tema (o práctica) muy significativo sería pensar en la propia muerte y renacimiento, como ejercicio de carácter catártico y formador de la resistencia emocional.
7. Ejercicios estéticos. Se propondrán al sujeto estímulos de naturaleza simbólica (religiosos, sobre todo) y artística (poemas, cuadros, etc.), ante los cuales deberá explicar lo que siente, lo que percibe en ellos, las asociaciones de ideas que le evocan, etc. Esto se combina muy bien con el reenfoque volitivo.
8. Unidad, equilibrio y coherencia. Como propósito general, se trata de lograr en el sujeto un balance dinámico entre tres ejes existenciales cruciales, a saber: a) felicidad (que requiere encontrar fines para la vida), b) virtud (que depende de la corrección del pensar y el obrar), y c) libertad (tanto sociopolítica, en la medida de lo posible, aunque ello rebase esta terapia, como respecto de los condicionamientos socioculturales y de la ideología y los sesgos cognitivos). Conseguirlo encaminaría al sujeto hacia su realización existencial en que consiste, en última instancia, la “salud anímica".
 
 
 
David Puche Díaz. Filósofo y escritor.
D. D. PUCHE son en realidad los hermanos David y Daniel Puche Díaz. David (Madrid, 1979) es doctor en Filosofía por la UCM y profesor de dicha materia en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida (EASDM). Ha publicado artículos de investigación en revistas internacionales de filosofía y de ciencias humanas y sociales. Su tesis doctoral sobre Nietzsche ha sido asimismo publicada por Ediciones Complutense. Daniel (Madrid, 1983) es licenciado en Filosofía y en Teoría de la Literatura por la misma universidad, y se dedica a tareas literarias y editoriales, aunque ocasionalmente publica también en revistas de filosofía y ciencias sociales. Juntos han escrito varias obras de filosofía y ensayo, entre las que destacan Cristianismo sin Dios, Vivir en el desarraigo o Topología del mundo.
 
 
  
 
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