INTUICIONES METAFISICAS (y 3)


 
 
 
INTUICIONES METAFÍSICAS (y 3)
La experiencia noética en el pensamiento filosófico
D. D. Puche
11-7-2026



Lee la primera parte

El recorrido y elevación desde el Yo subjetivo (resultado material, particular y contingente, de la interacción de una base biológica con un entorno sociocultural, que genera una serie unificada y relativamente coherente de percepciones, emociones, cogniciones y decisiones) al Ello transjetivo (la estructura formal, universal y necesaria, que produce y acoge todo el torrente del acaecer, así como su legalidad específica en cada nivel de organización y complejidad) es la experiencia fundamental de la metafísica, mediante la cual la finitud humana llega a saber e intuir que, en su centro mismo, se despliega lo infinito (indeterminado) constituyente. El dualismo gnoseológico entre la res cogitans y la res infinita siempre será insalvable debido a las limitaciones y la opacidad ante sí misma que introduce en la primera la corporeidad, la res extensa objetiva, sin la cual, no obstante, no habría vida ni pensamiento alguno, pero la metafísica lo resuelve en un monismo ontológico que ha de llegar a vivenciarse de algún modo si dicha metafísica tiene un sentido genuino y que tiene efectos transformadores de la subjetividad.
Este “arraigo” metafísico de la consciencia en algo anterior a ella y fundante, un inconsciente universal del cual se sabe y siente partícipe, fragmento finito de la infinitud, no ha de interpretarse, sin embargo, ni como una pura abstracción lógica (al modo del sujeto trascendental kantiano) ni con los tintes místicos de algo radicalmente pre-lógico o supra-lógico (como termina ocurriendo en Schelling, Schopenhauer o Heidegger); antes bien, se trata de un tipo de actividad que, en el caso del Ello, es productiva aunque inconsciente el alumbramiento mismo o emanación de la realidad, mientras que en el caso del Yo humano es meramente reproductiva pero consciente el conocimiento de dicha realidad o su transformación técnica. En esto, desde luego, tenían más razón Fichte o Hegel, al margen del desarrollo que luego hicieran de la cuestión. Sea como sea, a los tradicionales “trascendentales del ser” (verdad, belleza, bondad, unidad) habría que añadir uno más, el poder, o sea, esta capacidad creativa que es la de traer a existencia el universo mismo (espacio/tiempo y materia/energía), siempre según determinadas leyes; o, desde su inmanencia, para un ser racional y finito, la de transformar una porción de aquél. Así, la relación de participación del Yo respecto del Ello se revela en la fugaz y difícil vivencia, en lo finito, del fundamento infinito que lo sostiene.
El pensamiento filosófico, como he mostrado en Topología del mundo (TdM), es exductivo. Esto quiere decir que, en lo esencial, no es aunque pueda recurrir a ellos en ocasiones, sobre todo cuando se sirve de otros saberes ni deductivo ni inductivo, sino que “salta” del objeto dado a la producción de su concepto, sin proceder inductivamente por generalización o comparación de casos particulares, y luego deduce hipotéticamente a partir de ese concepto producido, y no desde una universalidad dada a priori con absoluta certeza. Sin embargo, al remontarse a los fundamentos últimos de la realidad que pretende cartografiar, la filosofía debe hallar su “clave de bóveda” en algo que cierre el propio círculo del pensar. Y ocurre que el realismo o el materialismo nunca se fundamentan a sí mismos, porque encuentran sus condiciones de posibilidad en principios racionales anteriores a ellos; por otro lado, al idealismo, que sí se explica genéticamente, le es imposible salir de sí y cubrir la distancia hasta lo real concreto. Tan sólo el ideomaterialismo al que antes me referí (que opera como materialismo, siguiendo el método topológico, pero a la hora de fundamentar éste transita a lo ideal reconociéndose en la inmanencia del Ello, pues de lo contrario nunca podría explicarse la adecuación a priori del orden material a lo racional) permite cubrir ese abismo teórico. Lo noético puro, en cuanto experiencia metafísica, asume única y estrictamente este papel, el de la intelección inmediata de relaciones de fundamentación entre niveles organizativos de lo real, y nunca el de la intuición de entidad alguna ni, por supuesto, de nada material, como tampoco es la intelección de ninguna relación lógico-matemática concreta (ése es otro tipo de operación intelectual que se mueve únicamente en lo ideal).
 
 
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El tránsito de lo discursivo a lo intuitivo no aporta “nuevo conocimiento” alguno acerca de la realidad, sino únicamente una perspectiva unificada y totalizadora de la misma, necesaria para llevar el conocimiento del que ya disponemos brindado en lo esencial por las ciencias hasta sus últimas consecuencias tanto teóricas como prácticas, dándole un sentido último. En toda filosofía profunda esta intuición está presente, se exprese explícitamente o no, se sepa reconocer o no; a menudo permanece velada sobre todo por el lenguaje propio de cada época, y especialmente por su confusión con lo teológico, dando a entender que toda la teoría es una construcción netamente discursiva (a veces injustificadamente apoyada en la revelación), cuando ciertamente tal experiencia es necesaria en cuanto se da un paso más allá de los límites de lo empírico o de lo formalizable. Esto siempre ha causado muchos malentendidos. Como ya dije, la metafísica va más allá de lo discursivo, se encamina a la región intelectual donde éste encuentra su límite, pero no es por ello una forma de mística: su “objeto” no es lo inefable. Las relaciones que la filosofía intuye pertenecen al territorio de lo ideal, donde el sujeto se identifica con su objeto, pero, a su vez, esto sólo es posible porque el sujeto empírico (Yo) se identifica con el sujeto transjetivo (Ello), si bien siempre desde una perspectiva finita y parcial. Podría decirse que, en el fondo, no hay diferencia entre ambos modos de pensamiento: la intuición es la exducción llevada a sus propias fronteras, a su torsión sobre sí misma en cuanto unidad sujeto-objeto; lo noético no se distingue en lo infinito, sino únicamente en lo finito, y de ahí el carácter inevitablemente especulativo de lo exductivo, que alcanza la “iluminación” sólo en su propio límite. Una vez en éste, y recorriendo ahora prospectivamente el camino al campo de las determinaciones tanto ideales como reales, encontramos un despliegue de categorías (que es el mapeado de las diferentes regiones ideales, como explico también en TdM), de las cuales ahora sólo es pertinente mencionar las primeras y cimentales.
Ya mencionamos antes la parmenídea identidad de ser y pensar, así como que la actividad de ese pensar infinito es producción; una producción que, desde el punto de vista de la infinitud, es tanto formal (ley) como material (existencia), mientras que desde el punto de vista de la finitud sólo puede ser formal, es decir, la transformación de la materia dada según el aspecto de lo dado (verdad), de lo posible (belleza) o de lo debido con arreglo a su universalidad (bondad). Esto, que en lo infinito es lo mismo, en el limitado caso del ser humano es mera participación en esa actividad que ocurre de suyo (poder); un atender a las formas en el que su intelecto paciente particular, puramente psíquico (el Yo) ha de ser “iluminado” por el intelecto agente universal, que es metafísico (el Ello). En dicha participación, no obstante, el Yo que accede a la experiencia metafísica intuye sucesivas regiones intelectuales con sus correspondientes correlatos transjetivos, de tal modo que asciende a) de lo psíquico al alma (la totalidad de las determinaciones posibles del Yo, conocidas o no, cognoscibles o no, en cuanto éste se nos presenta como idea), y b) de ésta al mundo (la totalidad de las determinaciones posibles de lo real en general, etc.), y c) de éste a Dios (la totalidad de las determinaciones de lo ideal, etc.). Cada una de estas esferas, que designo con los nombres de la metafísica tradicional por simplificar la exposición, como vengo haciendo, define un área de saber siempre inconcluso, pero intuible como marco de tales determinaciones; las dos primeras esferas conforman el terreno de la existencia, mientras que la tercera remite al de la esencia.
 

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En ésta tenemos ahora en sentido descendente, como señalé antes, el despliegue de las categorías, de las que enumero solamente: 1) la Unidad (la indistinción absoluta de forma y materia, lo infinito como tal, y por tanto inefable, el pensamiento puro, aún sin objeto, que es trans-fondo de toda determinación), 2) la Totalidad o el Ser (la materia en sí misma, anterior a toda forma, indeterminación absoluta pero susceptible de recibir determinación o sea, la sustancia; lo que en el pensamiento infinito sale de sí para contraponerse en cuanto pensado, el poner lo otro de sí como real, si bien todavía no existente), 3) la Diferencia (la forma en general del pensar en cuanto tal, anterior a toda materia, de la cual supone el límite; éste constituye la cualidad, la aptitud para organizar la materia esto es, la información, para que haya determinación o diferenciación; aquí podemos decir que estamos plenamente en la región de lo esencial), 4) el Cambio (las determinaciones no contiguas temporalmente que se dan como posibilidad ideal pura virtualidad en la simultaneidad del pensamiento eterno, y que podrían convertirse en posibilidad real en caso de presentarse las condiciones materiales adecuadas; la información es principio organizativo tanto de lo permanente necesario como de lo cambiante contingente, pero lo organizado es siempre un aspecto formal, una cierta delimitación de la materia), y 5) la Existencia (la materia concreta delimitada respecto de la materia infinita de la Totalidad; organización o información de la que resulta una subtotalidad espaciotemporal y, así, la ruptura de la contigüidad de lo eterno, o lo que es igual, el devenir: lo que “existen” no son cosas, sino un universo y, diferenciadas dentro de éste participando de su materia y dependientes de las condiciones materiales que han de hacerlas compatibles con el existir, las cosas o entes, incluido el ser humano que se eleva hasta este conocimiento porque participa no sólo de su materialidad, sino también de su legalidad racional).
Hablando con propiedad, la actividad productiva de lo infinito no empieza nunca, pues el tiempo sólo existe dentro de un universo; de modo que es un proceso de Cambio que se da en la eternidad de forma virtual, como simultaneidad, o sea, todo dado de una vez. Dimanación de la Unidad que, de esta forma potencial, y siendo ella misma infinita pero a la vez pura interioridad, produce infinitos universos. Lo que desde una perspectiva infinita y eterna es emanación constante de lo transjetivo, desde la perspectiva humana y finita es el recorrido intelectual a posteriori (conocimiento) que, en función de su alcance y penetración, y dado que éste sí está en el tiempo, podrá transformar siempre limitadamente lo real (poder).
 
 
D. D. Puche [Bio]
 
  
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