INTUICIONES METAFÍSICAS (1)
La experiencia noética en el pensamiento filosófico
D. D. Puche
12-6-2026
En la acepción amplia que yo le
doy, la metafísica es el discurso acerca del mundo en cuanto tal, esto
es, del ámbito del sentido y los fines de la existencia humana, que se distingue
del discurso sobre la realidad o ámbito de la verdad, propio de la
ciencia; por lo tanto, sapientia frente a scientia, siendo la
primera coextensiva con la filosofía en general. En esta acepción amplia, la
metafísica es un saber discursivo y no sustantivo que se nutre de otros para
construir una reflexión argumentativa acerca de su objeto (el mundo),
integrado por elementos tanto materiales como simbólicos e ideales. En una acepción
más restringida, sin embargo, la metafísica se corresponde precisamente con esta
última esfera de lo ideal (lo que llamo “ideosofía”) que constituye la
estructura (onto)lógica de la realidad y de todo discurso, y a la que hay que
remitir, por tanto ‒como
condición de su unidad‒,
la fundamentación última del sentido, del bien y de la verdad. Esta esfera ideal
responde, al contrario que la acepción general, a un saber intuitivo y
sustantivo que nos permite cartografiar el “espacio lógico”, el territorio de
la intelección sin el cual carecerían de sustento y coherencia tanto el
mundo como la realidad (el territorio del Ser). De modo que cabría recuperar
aquí las viejas nociones de la metafísica general y la especial,
siendo ambas no solamente dos discursos con un objeto diferente (“mundo” e
“idealidad”, respectivamente), sino dos tipos de pensamiento procedimentalmente
distintos (a saber, “discursivo” el uno e “intuitivo” el otro); la filosofía,
en un sentido amplio, sería el problema de su engarce teórico.
Al margen de la cuestión de qué
“contiene” a qué, si el mundo a la realidad (“idealismo”) o la realidad al
mundo (“realismo”, o más bien, aunque esto habría que justificarlo,
“materialismo”), problema cuyo adecuado planteamiento me lleva a defender un
paradigma metafísico que denomino “ideomaterialismo” ‒en
el cual no voy a entrar ahora‒,
lo que me interesa aquí es explorar el tipo de pensamiento intuitivo que sostiene
esa “metafísica especial” ‒sin entrar tampoco en el detalle
de ésta‒, es decir, que nos permite adentrarnos
en el territorio de lo ideal. Y, sobre todo, una cuestión: ¿qué legitimidad
tiene dicho pensamiento? O, en otras palabras: ¿cuál es la fuente de tal
saber y qué validez puede tener hoy para nosotros? ¿Cómo podemos encontrar
semejante inmediatez intelectual?
Algo esencial en lo que el pensamiento antiguo, medieval y
moderno difiere completamente del contemporáneo ‒hasta
el punto de ser uno de sus puntos de fractura intelectuales más importantes‒ es en el hecho de si puede haber una intelección directa y
pura del objeto, que no esté mediada simbólicamente. Para el pensamiento
contemporáneo claramente no es así, pues considera en general que todo está
mediado lingüísticamente. (Lo que la naturaleza fue para los antiguos y
Dios para los medievales, para los modernos fue la conciencia y para los
contemporáneos el lenguaje o, en todo caso, la cultura). Por
ello, en el mejor de los casos, podríamos encontrar esa intelección plena, esa
experiencia puramente noética, en las matemáticas y la lógica, y aun en éstas
únicamente partiendo de la base de lenguajes formalizados, que no dejan de ser
simbólicos; pero sí, pueden intuirse ciertos resultados, en una operación intelectual
que por otros medios nunca conduciría a los mismos, o lo haría solamente a
través de enormes rodeos. La intuición intelectual, por tanto, existe para el
pensamiento actual, pero se circunscribiría al territorio del pensamiento puro
o formal, más allá del cual sería imposible encontrarla. Y es que ‒esto, ciertamente, es verdad‒ no hay intuición posible de la existencia de
objetos, sino únicamente de relaciones. Y las matemáticas y la lógica no
tratan de objetos, sino de relaciones abstractas para las cuales éstos son
irrelevantes o, en todo caso, no afectan para nada a su sintaxis formal.
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Pero, para la filosofía clásica ‒y todavía hoy hay una parte de ella que sostiene este
planteamiento, como yo aquí‒, sí puede haber una intelección
inmediata de algo que no es ciertamente un “objeto” (ese camino ha quedado ya vedado),
sino un conjunto de relaciones (o sea, una “estructura”), sin que pueda por
ello mismo intuirse nada en relación con los elementos que las componen,
y sin que tales relaciones sean lógicas o matemáticas. Y así, la intuición metafísica
sería la forma más pura de pensamiento ‒más aún que la hallada en las
ciencias formales‒, puesto que en ella el
objeto pensado se identifica con el propio sujeto pensante; en dicha
identidad, por la cual el sujeto es a la vez el objeto (el pensamiento pensándose
a sí mismo), radica una inmediatez y, por tanto, una perfección, absoluta,
insuperable por cualquier otra. Elevar la mente hasta semejante autotransparencia
es lo que ha llevado históricamente a la alta consideración de la lógica y las
matemáticas («No entre aquí quien no sepa geometría») no ya como un fin
intelectual de por sí, sino como un medio, una guía teórica
extremadamente útil ‒cuando no imprescindible‒ para orientar el pensar hacia la intelección de sí mismo. Pero
este remontarse hasta la fuente del pensamiento, este arduo trabajo de
metacognición, no puede ser objetivo (es decir, basarse en algo fuera
del pensar mismo), sino que es subjetivo (o sea, que se mueve a través
de y sin salir de sí mismo), lo cual sólo dichas disciplinas, en cuanto leyes
inmanentes del propio pensamiento, que éste no puede extraer de lo empírico o
real ‒donde, a lo sumo, puede hallar
ejemplos‒, pueden darle. Ahora bien, no
es “subjetivo” en sentido psíquico, sino en sentido trascendental,
y esto quiere decir: desde el punto de vista de las condiciones de
posibilidad universales y necesarias en que tanto lo objetivo como lo subjetivo
psíquico (particular y contingente) han de converger para unificar y
estructurar (nuestra experiencia de) la realidad. Unas condiciones que son,
por eso mismo, como decía antes, onto-lógicas.
Éste fue el punto de llegada de la filosofía antigua y
medieval ‒entendido, de un modo u otro,
como “lo divino”‒ y el punto de partida de la
moderna ‒entendido como el Yo‒, tras el giro antropocéntrico
que invirtió todo para partir de la propia subjetividad humana. (Si bien es
cierto que en la tradición empirista esa subjetividad fue la psíquica, la
empírica y particular, y de ahí su desconexión, cuando no repudio, de lo
metafísico.) Y, tras ser abandonado por la filosofía contemporánea ‒salvo por alguna escuela, como la fenomenológica‒, este breve episodio histórico dominado por el escepticismo
y por la preponderancia de las ciencias sociales y luego de las humanas como
modelo de la indagación filosófica, ahora el regreso a la indagación metafísica
(y, no es incompatible con ello, el retomar las ciencias naturales como modelo intelectual)
supone intentar restablecer la conexión entre el “microcosmos” humano y el
“macrocosmos” de lo real, algo que la actual fragmentación y dispersión de la
existencia humana exige con urgencia y que, por otra vía, nunca será posible
‒no de forma racional,
desde luego‒. Pero la cuestión, una vez más,
es la legitimidad que este tipo de pensamiento pueda tener hoy en día. [Continuará
en breve]

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