CAMINOS DEL LÓGOS
Filosofía y crítica de la cultura
Entradas breves (#2)
EL IMPERIO DE LA MICRO-TEMPORALIDAD
La destrucción de la escala humana en el infocapitalismo
D. D. Puche Díaz
25-5-2026
La filosofía, la teoría de la cultura y la
sociología han analizado minuciosamente la aceleración como el vector
definitorio de la tardomodernidad. Autores como Hartmut Rosa han analizado en
detalle cómo la creciente velocidad del desarrollo tecnológico desborda las
estructuras sociales vigentes, comprimiendo el presente y despojando al ser
humano de sus ritmos biológicos y culturales, causando una angustia y una
alienación que son ya la seña de identidad del mundo actual. Sin embargo, en esta
fase del llamado “infocapitalismo”, dicha aceleración ha dado un salto
cualitativo: ya no se trata de una intensificación del ritmo de vida humano
(psicológicamente devastadora de por sí), sino de la emancipación total de la
tecnología y del capital respecto de la escala temporal de nuestra conciencia.
Por reciclar la famosa metáfora de Bauman, no es ya que el mundo ‒y con él la
sociedad, las relaciones, la vida misma‒ se haya vuelto líquido; es que, en pocas décadas, se
ha vuelto gaseoso, de modo muy coherente además con la otra metáfora de
la nube que ya se extiende a todo. Este inquietante fenómeno, este “desierto a las
puertas”, encuentra su expresión más radical en el “comercio de alta frecuencia”
(high-frequency trading), donde las decisiones financieras, tomadas, por
supuesto, por superordenadores, se ejecutan en cuestión de nanosegundos.
Llegados a este punto, incluso la “dromología”
o “lógica de la velocidad” que propuso Paul Virilio resulta desbordada. Virilio
advirtió a finales del siglo XX de que la inmediatez de las telecomunicaciones
contraía el espacio hasta anular el intervalo, provocando una suerte de estasis
por velocidad extrema. Pero el actual infocapitalismo o capitalismo algorítmico
introduce una mutación más profunda en todos los procesos: la transición hacia
una temporalidad subfenoménica. Ya no se trata simplemente de la
desaparición de las distancias geográficas, sino que hemos entrado en un territorio
temporal inaccesible a las capacidades humanas. Los mercados globales ya no
son operados por intermediarios de carne y hueso que reaccionan a las noticias
que reciben, sino por entidades digitales autónomas que compiten entre sí manejando
cantidades ingentes de información, optimizando decisiones (por criterios
exclusivamente cuantitativos) y exprimiendo al máximo las prestaciones de las
redes de fibra óptica para transmitir sus órdenes de compra y venta antes que las
demás.
Esta desconexión de la escala humana de la
temporalidad desmonta la base de la praxis económica y política tradicional. Si
la Modernidad asociaba el valor al tiempo de trabajo humano y a la acción deliberativa
colectiva ‒procesos que requieren una duración orgánica y
reflexiva‒, el “capitalismo de alta frecuencia” opera precisamente
en la cancelación de esa duración; fenómenos como el del front running
algorítmico, en que un sistema detecta la intención de compra o venta de un
actor económico y se anticipa a ella ejecutando millones de transacciones en un
microsegundo, demuestran que la causalidad económica se ha vuelto estocástica,
recursiva y altamente opaca. El futuro inmediato (a escalas menores que el
segundo) ya ha sido procesado y rentabilizado antes de que el ser humano pueda
siquiera registrar un estímulo visual en la pantalla. No hacemos más que
constatar algo que ya ha pasado; asistimos a una realidad a la que siempre
llegamos tarde.
Consecuentemente, la aceleración del
infocapitalismo no satura el tiempo humano; más bien lo vacía. Al automatizar y
volver prácticamente instantáneos los flujos de capital, cancela el kairós
‒el momento de la oportunidad, de la decisión y del
proyecto humano‒. Las crisis financieras o las reconfiguraciones
geopolíticas que se desencadenan en milisegundos carecen de un correlato
deliberativo o democrático posible; son los hechos consumados de la celeridad tecnológica.
La abstracción del capital que diagnosticó Marx ‒su separación del trabajo real‒ alcanza así nuevas
cotas: se convierte en una nueva temporalidad puramente autorreferencial, una
velocidad ciega que se devora a sí misma y utiliza la infraestructura del mundo
material no ya, desde luego, al servicio al ser humano, sino para perpetuar su
propio bucle de acumulación. Entramos en el paradójico territorio en que la
experiencia humana adquiere la forma de la “postexperiencia”, del límite de
la percepción y la cognición que nos deja fuera de nuestro propio mundo; un
giro iniciado por la ciencia del siglo XX (que era ya contraintuitiva y dejaba
fuera a la inmensa mayoría de la población, incapaz de comprenderla, la cual
empezó por eso a recelar de ella) y ahora consumado por la tecnología del XXI.

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