INTUICIONES METAFÍSICAS (2)

 
Grabado antiguo que representa la metafísica. Un hombre atraviesa la esfera de la Tierra y se asoma al cosmos.












INTUICIONES METAFÍSICAS (2)









 
 
 
INTUICIONES METAFÍSICAS (2)
La experiencia noética en el pensamiento filosófico
D. D. Puche
11-7-2026



[Lee la primera parte] La cuestión de la exigencia de autotransparencia absoluta del pensar y de que ella misma no sea ya un engaño, simple autocomplacencia intelectual la encontramos formulada por vez primera, con lucidez plena, en Descartes. Con dicha cuestión se inaugura la Modernidad. Y, no obstante, esa lucidez, exigida una vez más por un geómetra, envuelve a su vez un malentendido del que el propio filósofo francés (por aquello de que un autor no siempre es quien mejor se entiende a sí mismo, o por lo menos las consecuencias de lo que dice) tampoco logra escapar.
Descartes busca un punto de partida absoluto del conocimiento, que lo dote de una “certeza metafísica”; para ello, la filosofía, fundamentación del edificio completo del saber, debe alcanzar ella misma un rigor y exactitud matemáticos. Esa certeza primera será exportable a cualquier nuevo hallazgo sólo si éste puede ser deducido de ella mediante un estricto método deductivo, que, por repetición sistemática de una serie de pasos lógicos breves y sencillos o sea, un algoritmo, permita añadir un nuevo eslabón a la cadena del saber de modo exclusivamente racional. Sin embargo, el punto de partida de esta cadena no sienta las bases del método cartesiano, sino que ha sido obtenido ya por su aplicación ([1] duda metódica, que admite sólo las ideas claras y distintas, [2] análisis, [3] deducción y [4] síntesis), por lo que la exigencia metodológica se impone ya desde el primer momento, sosteniendo la serie completa en su autoevidencia. Ese punto de partida absoluto no es otro que el ego cogito, la razón que, en el acto mismo de pensar, se encuentra siempre a sí misma presente necesariamente como agente del mismo, con independencia de cualquier contenido; y de ahí la conclusión de que hay una “sustancia” o “cosa” pensante (res cogitans) copresente en toda ejecución del pensamiento pero ni anterior ni independiente de éste, la cual, además, no se identifica con el sujeto psíquico pensante como su agente, sino que sienta las condiciones universales del pensar en cuanto tal.
Ahora bien, la garantía de aplicabilidad de los resultados obtenidos por la res cogitans al ámbito del mundo material y sensible (res extensa), o, en otras palabras, el poder salir del ámbito puramente racional de las matemáticas y la lógica para aplicar éstas a la realidad extramental sin lo cual no habría ciencias naturales ni traducción práctica alguna del saber, preocupación fundamental de Descartes, radica en un tercer elemento que asegura la correspondencia a priori de los dos anteriores, a saber, la res infinita. Ésta no es sino Dios mismo, que cierra y asegura el círculo de la realidad sistemáticamente organizada. Pero, cuidado con esto, tal Dios no es el Dios de los creyentes, de la religión; es el fundamento metafísico al que remite la certeza misma del cogito en el fondo, “inseguro” de sí y de su capacidad fundante, y ontológicamente derivado de éste (como, sostiene Descartes, lo está lo finito respecto de lo infinito). Y tal Dios tampoco es, por supuesto, “ente” alguno, y de ahí su caracterización como “infinito”, pues el ente posee siempre límites, pero no así el fundamento de su ser y su cognoscibilidad, que se sitúa “más allá” y sólo puede ser conocido (o más bien intuido) por vía negativa o apofática.
Únicamente lo infinito (esto es, lo indeterminado) puede salvar el abismo que se abre entre las esferas del pensamiento y de la materia, absolutamente inconmensurables entre sí, precisamente por trascender las determinaciones de una y otra y servir así de elemento mediador entre ambas; pero entonces, lo que plantea aquí Descartes, aunque él mismo lo formule en términos tomados de la vieja metafísica medieval (teológica) en cuya escuela se ha formado y a cuyo mundo sociocultural pertenece, no deja de ser el concepto de lo trascendental, como lo llamará Kant, por mezclado que todavía esté con otros. Es decir, el punto de vista de lo real que se remonta al origen de toda objetividad y subjetividad para fundar y relacionar ambas, revelando un “sustrato inteligible” común a ellas. Este “sustrato”, naturalmente, no constituye “otro mundo” aparte de éste (eso sería lo trascendente); sin embargo, en Descartes aún no está claramente distinguido hasta Kant no quedarán delimitados con mayor precisión lo divino de lo trascendental, el punto de vista del nóumeno del punto de vista que muestra (como incognoscible) la cosa en sí.
 
 
 
ECHA UN VISTAZO A MIS LIBROS

Portada de Caminos del lógos (D. D. Puche). Portada de Cristianismo sin Dios (D. D. Puche). Portada de De la política a la metafísica (D. D. Puche). Portada de Vivir en el desarraigo (D. D. Puche). Portada de Topología del mundo (D. D. Puche).

 
 
En Descartes, como autor moderno que es y esto quiere decir llevado por el giro hacia la subjetividad, se perfila al fin más nítidamente la instancia desde la que se piensa del modo más inmediato, que todavía permanecía algo oscura y difusa para los antiguos y medievales; éstos hablaban de “intuición”, pero sin aclarar nunca muy bien el sentido de la misma, que relacionaban habitualmente con lo divino por lo que tenía casi de “revelación”. Siempre ha habido una peculiar conexión entre ambas nociones; la filosofía ha dado muchas vueltas en torno a la adecuada comprensión de esta singular forma del pensar pensándose a sí mismo (noûs) en lugar de algo exterior a sí (lógos). No otra cosa es el theós aristotélico, acto intelectual puro, difícilmente separable de la idea del “intelecto agente” (lo “divino” en nosotros) que ilumina al “paciente” para extraer las formas de las imágenes sensibles; la serie de transformaciones históricas de semejante idea culmina con el Espíritu absoluto de Hegel.
Por todo ello, para evitar confusiones, y, dado que, como decía antes, lo trascendental no es el ámbito ni de lo objetivo ni de lo subjetivo no en el sentido psíquico particular, desde luego, prefiero llamarlo lo transjetivo, puesto que es otro ámbito que atraviesa y vertebra los otros dos. Es mejor no plantearlo en los términos modernos y antropocéntricos de un “Yo” trascendental, sino más bien en los de un “Ello” transjetivo, esto es, como una suerte de inconsciente universal en la base de toda realidad y pensamiento. El Ello, ciertamente, es lo divino, siempre que mantengamos la visión firme y clara de que lo divino no es una autoconsciencia dotada de voluntad, sino la estructura inteligible de lo real (subjetividad pensante incluida, que por eso puede corresponderle); pero de modo tal que, como veremos, no debe ser entendida únicamente como lo trascendental gnoseológico, el marco universal de aprehensión y comprensión de lo real, sino también y en esto iba bien encaminado el idealismo alemán como un trascendental ontológico que posee actividad; que no sólo establece las condiciones universales del pensar, sino que produce la realidad (y de ahí que lo mismo sean ser y pensar, como dijo Parménides). Así pues, no sólo es un horizonte intelectual formal, sino que pone el contenido, o sea, la existencia. Su actividad es productividad, y ésta es precisamente la realidad que dimana de él: la res extensa no es sino el contenido de su propio pensamiento (materia inteligible), sujeto siempre a su propia legalidad inmanente (formas a priori); una emanación que, sin dejar de ser lo que nosotros entendemos por “materia” en el más estricto sentido, es en rigor su propio fluir, libre y necesario a la vez. Pero sobre esto volveré más adelante; evidentemente, no basta con estas afirmaciones.
Por su parte, la relación que hay entre la res cogitans y la res infinita, por seguir usando los términos cartesianos, es una relación de pertenencia y participación de la primera respecto de la segunda, y en ella se juega el más hondo problema metafísico y la cuestión de la legitimidad de toda intuición metafísica. En efecto, el cogito y Dios son afines, pues ambos son “espíritu”, no materia; ambos son interioridad, inextensión, un “volverse hacia sí”, a diferencia de la exterioridad dimensional que caracteriza a la materialidad. Pero el cogito (el Yo) es una forma opaca y finita de Dios (el Ello), todavía anclada a la materia que le sirve de soporte biológico y cultural y que por ello mismo la limita; sin embargo, se esfuerza por trascender sus condiciones dadas, porque en eso consiste pensar, y así, aspira a la infinitud. La cuestión, por tanto, sigue siendo: ¿cómo opera el pensamiento intuitivo, capaz de elevarse hasta sí mismo, trascendiendo toda limitación finita? ¿Cuál es la forma en que se nos da este pensamiento a los seres humanos? [Continuará en breve]
 
 
 
 
David Puche Díaz. Filósofo y escritor.
D. D. PUCHE son en realidad los hermanos David y Daniel Puche Díaz. David (Madrid, 1979) es doctor en Filosofía por la UCM y profesor de dicha materia en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida (EASDM). Ha publicado artículos de investigación en revistas internacionales de filosofía y de ciencias humanas y sociales. Su tesis doctoral sobre Nietzsche ha sido asimismo publicada por Ediciones Complutense. Daniel (Madrid, 1983) es licenciado en Filosofía y en Teoría de la Literatura por la misma universidad, y se dedica a tareas literarias y editoriales, aunque ocasionalmente publica también en revistas de filosofía y ciencias sociales. Juntos han escrito varias obras de filosofía y ensayo, entre las que destacan Cristianismo sin Dios, Vivir en el desarraigo o Topología del mundo.
 
 
  
 
Suscríbete a Caminos del lógos o añádelo a la pantalla de inicio de tu móvil (⋮) para no perderte nuestras próximas publicaciones.


   
Entradas recientes

INTUICIONES METAFÍSICAS (1)

12/6/26

En la acepción amplia que yo le doy, la metafísica es el discurso acerca del mundo en cuanto tal, esto es, del ámbito del sentido y los fines de la existencia humana, que se distingue del discurso sobre la realidad o ámbito de la verdad, propio de la ciencia; por lo tanto, sapientia frente a scientia, siendo la primera coextensiva con la filosofía en general. En esta [...]
EL IMPERIO DE LA MICRO-TEMPORALIDAD
25/5/26
La filosofía, la teoría de la cultura y la sociología han analizado minuciosamente la aceleración como el vector definitorio de la tardomodernidad. Autores como Hartmut Rosa han analizado en detalle cómo la creciente velocidad del desarrollo tecnológico desborda las estructuras sociales vigentes, comprimiendo el presente y despojando al ser humano de [...]
LA METAFÍSICA COMO “TECNOLOGÍA IDEAL”
13/5/26
Lo que con el tiempo llegó a llamarse “metafísica” tenía, en sus orígenes ‒el nunca del todo nítido “paso del mito al lógos”‒, una pretensión transformadora del mundo, y no meramente descriptiva; por ello hemos de mirar atrás, hacia el umbral histórico anterior a la sistematización aristotélica, cuando el pensamiento filosófico (más ligado a la sophía que [...]
SOFOTERAPIA (III)
16/4/2026
Nada de lo dicho anteriormente ocurre en abstracto, como si se tratase de relaciones evanescentes e incorpóreas; pero tampoco ocurre “sólo” en la mente humana, pues no nos estamos circunscribiendo al territorio de lo estrictamente psíquico (ni siquiera puede decirse que se dé “sólo” en la sociedad, a modo de un fenómeno cultural más), sino que [...]

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Déjanos tu opinión, ¡gracias!