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miércoles, 25 de septiembre de 2019

EL MATERIALISMO EXPLICADO A LOS NIÑOS (III de III)



El materialismo explicado a los niños (III de III) | Caminos del lógos. Filosofía contemporánea.



Filosofía  |  Artículos

EL MATERIALISMO EXPLICADO A LOS NIÑOS

o “Supraestructuras flotantes, discursos esquizofrénicos” (III de III)


Por D. D. Puche


Hagamos una breve recapitulación antes de afrontar el tramo final [1]. El materialismo es una postura ontológica cuya razón de ser no es, pese a todos los tópicos al respecto, negar la existencia de lo “espiritual” o sostener que la conciencia sólo es una “apariencia” causada por resortes mecánicos. Ésas son, en todo caso, consecuencias ‒que habría que matizar mucho, pues expuestas así son, simplemente, falsas‒ de lo que el materialismo verdaderamente dice. Y lo que sí dice es que la realidad se estratifica en órdenes ontológicos (m1, m2, m3, etc.) entre los que existe una clara asimetría (m1 sostiene a m2, pero no a la inversa, etc.). Esto permite establecer una topología, un sistema estructurado de lo real en el que encontramos en un esquema muy básico‒ el nivel matemático-formal, el cuántico, el físico-relativista, el químico, el biológico, el psíquico y el cultural. Cada nivel define un continente de fenómenos con características específicas, irreductibles al nivel inmediatamente anterior (y por ello inexplicables en sus términos), pero sostenidas y limitadas por él (mx ⸧ mx+1). La “sustancia” que unifica y vertebra estos niveles, organizándose en creciente complejidad, es la materia [2].

Es un error típico ‒y por lo general, propio de gente que no ha pasado de la formación filosófica más básica‒ identificar el materialismo con el mecanicismo. El mecanicismo fue su forma dominante en los siglos XVII y XVIII, y viene a decir que, conociendo exhaustivamente el estado de los elementos simples de un sistema cerrado en un momento dado, podremos deducir cualquier estado futuro de ese mismo sistema, con una exactitud matemática. Esta hipótesis asusta a muchos, pues ciertamente deja al universo (el “sistema de sistemas”) sin sentido alguno y, en concreto, al ser humano sin libre albedrío, dado que todo está absolutamente determinado. En teoría, las matemáticas podrían calcular cualquier estado futuro, cualquier decisión, con lo que la vida se convertiría en un frío engranaje, invariable y descorazonador. Sin embargo, esta hipótesis es errónea, pero no ya por el principio de indeterminación de Heisenberg y otros “inconvenientes cuánticos”, ni mucho menos porque el universo “tenga que tener sentido” y el hombre “tenga que ser libre” (pues jamás se podrá justificar racionalmente que tengan que ser así). No, es simplemente que desde el nivel cuántico no se puede explicar el físico-relativista, como desde éste no se explica el químico, ni desde el químico el biológico, etc., porque hay fenómenos específicos de cada uno de ellos (como, p. ej., la entropía, o la isomería, o la propia vida) que sólo aparecen en niveles de organización de la materia suficientemente complejos, en los que se producen sinergias inexplicables a partir de las propiedades de sus elementos constituyentes (mx > mx‒1). Ahora bien, como decíamos, las propiedades de un nivel (mx) limitan las de los niveles superiores (mx+n), esto es, que no hay, p. ej., fenómeno psíquico que pueda violar (ni tan siquiera “existir independientemente de”) las leyes biológicas, como ningún fenómeno biológico puede violar las leyes químicas, etc. [3]. Y esto afecta, cómo no, a ese nivel de organización de la materia y la energía que es la cultura (que no se puede entender, citando a Spinoza, «como un imperio dentro de otro imperio»).

En cuanto al ser humano, resultante de un largo proceso evolutivo ‒no hace falta negar esto: solamente “obviarlo” u “olvidarlo” ya indica claramente que se quiere falsear todo lo que se diga después‒, puede que ocupe el puesto de sujeto gnoseológico, pero desde luego no es el ontológico. No puede explicar la realidad a partir de su propia existencia, sino que ha de explicar ésta a partir de la naturaleza a la que pertenece y gracias a la cual ha llegado a ser como es. Así pues, partiendo de la estratificación anterior, el sistema “cultura”, anclado a lo físico-químico-biológico-psíquico, se divide a su vez en los subsistemas que al principio llamamos infraestructura, estructura y supraestructura, los cuales mantienen distintos grados de proximidad ontológica a la materia/energía (de mayor a menor, respectivamente) con la función de garantizar la homeostasis dinámica del sistema ‒o sea, nuestra “vida”‒. Precisamente debido a esta estratificación, y por las ambigüedades que ya señalamos en torno al término “cultura”, sería preferible sustituirlo, en su sentido antropológico, por el término “antroposistema” (AΣ). Así, designaríamos a la serie de subniveles funcionalmente organizados, con relaciones asimétricas de dependencia y retroalimentación, AΣ1, AΣ2 y AΣ3.

Muy al contrario, el inmaterialismo que predomina, como decíamos, en las ciencias sociales y humanas ‒carece por completo de sentido en las naturales, que por definición son materialistas [4]‒, pretende negar o invertir este orden de determinaciones (y ello por los motivos que en esta última parte queremos analizar). Según estos autores, el enfoque teórico que uno escoja defender, que a su vez está inextricablemente unido a lo simbólico y lo lingüístico, es lo que decide la realidad. Ésta, por tanto, lejos de ser algo más o menos “estable”, es puro dinamismo, pues se deconstruye y reconstruye con cada interpretación, ajustándose a los intereses de sus intérpretes. Pero, ¿por qué no? Si todo conocimiento está embebido de intereses, y la objetividad es imposible, mis intereses (que, por supuesto, siempre son los emancipatorios) valen tanto como cualesquiera otros. Bien. Esto es a lo que nos referimos en el subtítulo de este trabajo como “discursos esquizofrénicos”, consecuencia de esas “supraestructuras flotantes” que ya hemos comentado ‒de la desconexión del discurso y sus propias condiciones materiales de producción, lo cual conduce al delirio‒. El ánimo no ha sido, por supuesto, ofender a nadie, sino diagnosticar, en un sentido que podríamos llamar patológico, esta enfermedad teórica de desastrosas consecuencias. Porque lo que empieza siendo la arbitrariedad (cuando no mediocridad) intelectual de sus creadores, termina convirtiéndose en la visión distorsionada de la realidad (con consecuencias psicosociales nefastas), de sus seguidores


¿Por qué “discursos esquizofrénicos”? Veamos. Hay comportamientos incuestionablemente considerados enfermedades mentales cuando son individuales, pero que no son vistos así cuando son colectivos. Sin embargo, desde un punto de vista psicosocial no dejan de serlo: percepciones distorsionadas de la realidad hasta extremos patológicos. Incluso pueden llegar a convertirse en fenómenos de histeria de masas, como ha ocurrido con ciertos cultos a la personalidad de líderes políticos, con apariciones marianas o de extraterrestres, etc. La cuestión es: ¿podría la infocultura global, esa vagamente delimitada como “posmodernismo” (la “lógica cultural del capitalismo tardío”, como dice Jameson), ser comprendida como un gigantesco fenómeno psicótico colectivo, transmitido no sólo por los mass media y el “modo de vida capitalista”, sino también, y quizá especialmente, por medios académicos? Me parece una hipótesis, cuanto menos, interesante.

La esquizofrenia es un estado mental caracterizado por la escisión de la psique, por una ruptura interna que fractura la propia percepción de la realidad. Esto conduce, por supuesto, a conductas consideradas socialmente anómalas, ya sea que vayan contra el propio sujeto o contra su entorno [5]. Esa desorganización psíquica impide mantener una unidad de respuesta frente a los estímulos ambientales, de modo que las conductas motivadas, dirigidas a fines concretos, se hacen casi imposibles, y el sujeto cae en bucles de muy difícil salida que propician conductas altamente disfuncionales. Éstas manifiestan delirios, alucinaciones, manía persecutoria, pensamiento confuso y ensimismamiento.  

Habría que meditar muy en serio ‒sin miedo ni prejuicios‒ si estos rasgos, que en un individuo son sintomáticos de una patología grave, no son los de una patología colectiva que ha llegado a asentarse como la nueva “normalidad”. Rasgos que podrían con demasiada facilidad atribuirse a la sociedad tardocapitalista, considerándolos una “descripción crítica” de las consecuencias de ésta; pero se debería examinar si no son rasgos, a menudo, más bien propios de quienes hacen esa crítica. Dicho en otras palabras: ¿el posmodernismo, entendido como “actitud teórica”, es una distancia crítica frente al capitalismo tardío, o por el contrario, es su manifestación cultural más explícita? Mucho me temo que lo segundo. No es lo mismo diagnosticar el nihilismo que defenderlo, y el posmodernismo, que en un momento dado pudo emprender ese diagnóstico, finalmente llegó a confundir los síntomas con las soluciones; así, se identificó con ellos, los hizo suyos y los defendió, retroalimentando los rasgos más funestos del capitalismo neoliberal. Desde hace décadas, es la vulgata intelectual que se enseña en muchas facultades y permite a docentes y estudiantes tener la conciencia tranquila, y creerse en contra del sistema, cuando en realidad son su herramienta. Nada es más útil para éste que esa supraestructura cultural que se cree libre ‒y se olvida‒ de la infraestructura tecnoeconómica, perdida como está en su ensimismamiento lingüístico-simbólico y en su infinita fragmentación discursiva. La izquierda posmoderna (la “post-izquierda”) que domina el ámbito universitario ‒de forma clara desde los noventa‒ se ha suicidado, de hecho, al diluirse en una multitud de movimientos transversales que son reflejos de esa supraestructura libre y flotante (la unidad y la fuerza que tuvo en otros tiempos dependía de su estrecha relación con la infraestructura económica y el mundo laboral, de los que se ha alejado irremediablemente). Las luchas simbólicas sólo sirven de algo cuando ya se domina la base material ‒ésa es la única “hegemonía” que cuenta‒; cuando no, son un entretenimiento vacuo que sólo beneficia a quien ya las domina. En suma: con independencia de que el neoliberalismo y el vertiginoso desarrollo tecnológico mantengan a la sociedad en conjunto en un estado de creciente “malestar en la cultura”, lo que encontramos es un complejo cultural e intelectual particularmente alejado de la realidad, con rasgos que, no del todo metafóricamente, podríamos llamar esquizoides.  

Dichos rasgos, como decíamos, están muy extendidos en el ámbito académico de las ciencias sociales y humanas, lo cual hace que los enunciados “científicos” de un amplio sector de los profesionales salidos de éstas resulten muy cuestionables [6]. A menudo no cumplen ni el más mínimo criterio de cientificidad (ni siquiera en el sentido en que se entiende la “cientificidad” en las ciencias humanas, que básicamente es la consistencia argumental y el acopio de citas), pero eso no impide que pasen por tales, precisamente por la estandarización del paradigma inmaterialista, que hace saltar por los aires toda adaequatio intellectus et rei [7]. Ello produce resultados con demasiada frecuencia arbitrarios, autocomplacientes y con sesgos teóricos manifiestos (de los que el famoso “escándalo Sokal” sólo es una anécdota); descripciones del campo de estudio en los términos en que gustaría que éste fuera, no en los que es; fijaciones compulsivas que siempre hallan como resultado aquello que previamente han puesto en su objeto como premisa; no se desconectan metodológicamente los prejuicios (lo simbólico y lingüístico que mencionábamos antes) del propio sujeto epistemológico, lo cual es conditio sine qua non para que algo sea “ciencia”. Lo que se encuentra con una frecuencia pasmosa en esta literatura es la confirmación a posteriori de la ideología previa del autor; esta nueva escolástica, como la clásica, no hace más que validar peticiones de principio. Sustituye la vieja teología por una nueva, en apariencia marcadamente antirreligiosa, pero que en el fondo no deja de ser una fe con la que se hace institucionalmente obligatorio comulgar


El anti/post-materialismo reinante en estos ámbitos intelectuales se traduce invariablemente en un construccionismo cultural radical que apenas puede ser criticado abiertamente sin ser condenado al ostracismo académico y mediático ‒la horquilla de acusaciones que se reciben, como ya vimos, va de “positivista” a “nazi”; de este modo, hay un contexto de (auto)censura teórica que, aunque se niegue, es evidente‒. Hay que decir que todo es cultural; ni los genes, ni las neuronas, etc., tienen nada que ver con nuestra conducta (¡a quién se le ocurre pensarlo!). Y como todo es cultural, o sea, aprendido, todo es reeducable mediante las “nuevas pedagogías” que constituyen las nuevas formas de legitimidad sociocultural. Es el triunfo inopinado de Rousseau. Entretanto, los científicos “duros” (antropólogos serios, neurocientíficos, genetistas, biólogos, investigación médica, etc.) siguen trabajando en silencio y se encogen de hombros. Cuando les preguntan en prensa, televisión o radio, procuran decir cosas sencillitas y que no ofendan a nadie; se esfuerzan bastante para no decir nada que choque con el nuevo catecismo, lo cual consiguen porque nadie los entiende en realidad. No les interesa buscar polémicas que sólo pueden conducir a que les corten la financiación. Y así, la farsa académica sigue funcionando y todo el mundo tiene razón a la vez, aunque se digan cosas absolutamente contrarias.

En efecto, no hay que decir nada abiertamente en contra de ese construccionismo que ha decidido prescindir de toda base biológica (o de lo económico, o lo tecnológico, o lo demográfico, etc., a escoger según estorben a mi teoría), lo cual conduce a un “deconstruccionismo” y un “reconstruccionismo” totalmente arbitrarios. Si “ser es ser interpretado”, entonces cada interpretación crea realidad, y eso me permite decir lo que me dé la gana y tener siempre razón. Este caldo de cultivo intelectual es lo que ha desembocado en el actual paradigma público de la posverdad [8], del que es fácil culpar al populismo derechista de Trump & Co., como si la cosa no se hubiera madurado en los sistemas educativos y culturales de corte “progresista” durante décadas, hasta que algunos han sabido cómo aprovecharse de ella. El mercado de la posverdad permite a cada cual falsear la realidad al gusto del consumidor; realidad que ‒muy al contrario de lo que dice el catecismo actual‒ es real porque es una, algo que la filosofía ha sabido desde Grecia y su búsqueda del arché (el eîdos en Platón, la ousía en Aristoteles), que se contraponía a la pluralidad irreductible del mito (y luego de la sofística). Pero, en el siglo XXI, hemos olvidado esto; vivimos en la Antiilustración, y estamos orgullosos de ello [9].

El construccionismo cultural, que se vende como la crítica de lo dado frente a “falsos naturalismos”, es en realidad el reflejo acrítico de lo dado; en el fondo, una simple ideología más, que desvincula la mente de lo corpóreo y de sus condiciones materiales de existencia, y por tanto de toda realidad [10]. Lo cierto es que lo natural (genético) interactúa con lo cultural (adquirido), y sólo de esa interacción resulta el “fenómeno humano” ‒por no hablar de los rasgos culturales en otros animales, que se dan en proporción a su inteligencia‒. En realidad, lo cultural es función (en sentido matemático) de lo natural ‒AΣ = f(N)‒: la naturaleza establece necesidades a satisfacer (fines), y lo cultural pone los medios artificiales para satisfacerlas, si bien es cierto que allí donde las condiciones materiales de supervivencia están aseguradas, la cultura puede establecer fines de segundo orden (metafines). Pero querer ignorar el carácter adaptativo y la estructura estratificada de los antroposistemas, es decir, hablar desde “la Cultura” entendida como una supraestructura flotante, etérea, es un absurdo que sólo responde a motivos ideológicos, ya sean conscientes o inconscientes. Semejante culturalismo es un mito contra el cual el materialismo viene a constituir una nueva forma de evemerismo.

Ciertamente, el inmaterialismo deviene, por su propia naturaleza, pensamiento mágico. Y hay razones ‒concluyamos con esto‒ para que sea así. Hemos hecho referencia a esa actitud (más teológica que filosófica) que se opone al materialismo casi como si fuera una ofensa personal, porque éste ‒según dicen los inmaterialistas‒ niega la libertad y el sentido de la existencia (que, de un modo u otro, relacionan con lo sobrenatural). Pero es que, al margen de estas motivaciones, la clave para entender el anti/post-materialismo mainstream es la manga ancha que concede al teórico de turno para decir lo que quiera, aunque vaya directamente contra lo que dice la ciencia (la ciencia “dura”, se entiende). Ya sea porque ésta desmiente lo que quiere sostener, ya sea porque así se libera del penoso esfuerzo de conocerla, de estar al día (ars longa, vita brevis…), desentenderse de la ciencia le permite teorizar de forma literaria, por pura inspiración. Naturalmente, a semejantes investigadores parece incomodarles mucho que la realidad humana sea predecible, dentro de ciertos márgenes [11], porque eso achica la posibilidad de los “acontecimientos” y “disrupciones” ‒milagros seculares‒ de los que bebe su discurso. Vender que “todo es posible” es en el fondo su razón de ser, como gurúes que son, y las molestas ciencias (las naturales, porque las sociales y humanas son altamente posibilistas) se lo niegan.

Sólo así pueden llegar a convencer(se) de que el lenguaje hace la realidad, así que, cambiándolo, cambiaremos la realidad misma. Creer que ciertas palabras tienen poderes transformadores cuando se sabe emplearlas, desde la Antigüedad, se ha conocido como magia, y de hecho, los absurdos neologismos y las violaciones gramaticales que se empeñan en emplear estos antimaterialistas posmodernos no son otra cosa que conjuros. Su afán de crear jergas responde, aparte del branding en el mercado teórico, a su necesidad de establecer ámbitos pseudoprofesionales en los que uno crea el propio objeto de su discurso para legitimarse. Así, se propone una serie llamativa de términos, y como “todo es lenguaje” (los enfoques hermenéuticos cada vez se han vuelto más herméticos), a éstos les tiene que corresponder una realidad ontológica.

Esto, que lleva décadas ocurriendo en el ámbito universitario y cultural, termina calando en otros sectores, y da paso a nuevas generaciones que ‒ignorantes de su génesis‒ usan palabras como si fueran sortilegios en las redes sociales y otros foros, convencidas de su performatividad. Pero hablar lenguajes privados ‒por mucho que sean ampliamente compartidos, son falsos lenguajes desvinculados de la realidad, empleados sólo por los miembros de la secta de turno‒ creyendo que éstos transforman los hechos es un rasgo netamente psicótico. El lenguaje, como los anti/post-materialistas no se cansan de repetir, está influido por el poder, ciertamente, y éste puede modificar nuestra percepción de lo real; pero eso ha ocurrido de un modo orgánico, el lenguaje ha evolucionado durante siglos ligado a realidades concretas, interactuando con ellas como cualquier otro elemento material. Nunca como la plataforma improvisada de una ingeniería social a la que se resisten el propio lenguaje natural y el pensamiento. 


© 2019 D. D. Puche, vía SafeCreative.


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[1] Las dos primeras entregas han recibido, en distintos foros, una buena cantidad de respuestas histéricas que podríamos resumir en los siguientes “argumentos”: a) es imposible ser materialista, porque “siempre se cree en algo”, como por ejemplo, en la ciencia, que es “la fe moderna” (sin comentarios). b) Si ahora mismo estás escribiendo esto es que piensas, y si piensas, el materialismo queda refutado (sic.). c) El materialismo no es más que ideología promovida por el neoliberalismo (como bien sabía Karl Marx). d) El positivismo ya quedó refutado hace un siglo (llamar “positivismo” a todo es una estrategia que ya comentábamos en la segunda parte; en todo caso, confundir materialismo y positivismo es propio de estudiantes de secundaria, y de los que suspenden). e) La ciencia es dogmática, no demuestra nada, sólo plantea teorías inverificables (ya, no como tus teorías, que sí que demuestran cosas y no son dogmáticas, claro). f) Y cómo no, abunda el uso espurio de pseudodatos científicos (“hay estudios”, los cuales por supuesto nunca citan, “que dicen que…”) que vienen a corroborar lo contrario de lo que la ciencia, de hecho, acepta plenariamente (cosas como que “la mente es independiente del cerebro”, y demás tonterías). En general, lo que abunda es esa postura infantil y antifilosófica que dice: “las consecuencias de lo que expones no me gustan, así que tu teoría ha de ser necesariamente falsa, porque amenaza mi Weltanschauung; y tú, que la defiendes, has de ser necesariamente una mala persona”. Éste es el nivel de los que debaten en foros filosóficos… Pero hay que diferenciar las posturas de los simples magufos amigos de la paraciencia y las supercherías new age de los que hablan desde las humanidades, y hasta imparten clases. Los primeros no necesitan más comentario, porque sus “argumentos” siempre son la exposición de su propia ignorancia; en cuanto a los segundos, sobre ellos trata, precisamente, este texto. De ahí su título. Un texto escrito, vaya por delante, por alguien procedente del ámbito de las humanidades, pero que exige rigor y está cansado del ridículo al que se somete a éstas hoy en día.

[2] Ésta, lejos de ser un “postulado racional”, algo constitutivamente indeterminado que suponemos que subyace a los fenómenos (la hýle, es decir, la “madera” de la que todo está hecho, pero que nadie ha percibido jamás), como pudo serlo para Aristóteles, es algo considerablemente determinado ya por la física moderna. Eso de que “la materia es una construcción de la ciencia” cuya existencia “nunca se ha demostrado apodícticamente” es un argumento neoescolástico propio de quien ni se ha enterado de que hace décadas que existen microscopios de efecto túnel o aceleradores de partículas. Siempre habrá quien, con cada paso de la ciencia, responda: “vale, pero… ahora explícame esto otro o seguiré diciendo que no has explicado nada”.

[3] Si nos remontamos en los niveles de organización de la materia (de n3 a n2, de n2 a n1, etc.), lo único que encontramos es la legalidad natural, en diferentes grados de complejidad, operando en cada uno de ellos. Dicho de otra forma, no hay “conciencia” ni “espíritu” en el origen del universo, aunque ‒por supuesto‒ sí puede aparecer en éste. Pero no podemos confundir el orden topológico; la conciencia es un resultado, no una causa. Esto, aparte de tener claras implicaciones teológicas, limita drásticamente las pretensiones de esas dos formas de teología secular que son el psicologismo y el culturalismo.

[4] La filosofía, o cualquier forma teórica, puede ser materialista o no; pero las ciencias naturales (o “duras”) lo son siempre, por definición (pues son el estudio de cierta región de la materia/energía). No es que la filosofía tenga que reducirse a ser teoría de la ciencia, naturalmente, pero desde luego no puede ir contra ella; y le conviene, si quiere ser un discurso serio y no una mera doxología (por lo general, proclive al irracionalismo), nutrirse de nociones científicas para elaborarlas ‒y abordar así problemas no científicos a partir de la solidez de la ciencia‒. Hoy, sin embargo, el ámbito de las ciencias sociales y humanas (o “blandas”) está lleno de autores que creen estar por encima de lo demostrado por las ciencias duras, o en todo caso creen que pueden escoger los datos procurados por éstas en función de su “legitimidad”, o sea, en función de sus propios intereses ideológicos, los cuales quieren hacer pasar por “ciencia” (a la vez que se desvirtúa ésta tachándola de “capitalista”, “patriarcal”, etc.). El posmodernismo ha sido, como argumentamos aquí, el consenso teórico-político que ha servido de escenario para propiciar esto.  

[5] Desde Foucault ‒quien, como psicólogo que era, nunca dijo tal simpleza, pero es lo que se le ha pegado a sus seguidores‒ es común sostener que no existen patologías psíquicas, pues éstas son en realidad nombres para dispositivos de control social; formas de exclusión (y por tanto de poder) que purgan a determinados miembros del colectivo por motivos fundamentalmente políticos. Así, hay males sociales, pero no individuales, pues éstos son inducidos. Desgraciadamente, sí existen esas patologías individuales, incluso cuando sus causas son ambientales ‒que no siempre lo son‒. Esa negación de lo específicamente individual, y del papel de lo biológico en nuestra conducta, es signo de la metapatología que afecta a esta forma “posmoderna” de pensar, con las consecuencias educativas e institucionales que tiene. En fin: no se puede tratar bien lo que sistemáticamente se diagnostica mal.

[6] Y esto, ¿desde cuándo? En este trabajo venimos relacionando este estado de cosas con la adopción cuasi-plenaria del anti/post-materialismo en las ciencias humanas y sociales. En el caso de las primeras ‒y, destacadamente, la filosofía‒, las simpatías por el materialismo nunca fueron muy grandes, pero se observa cómo, a lo largo del siglo XX, los saberes humanísticos se han definido cada vez más contra las ciencias naturales, cavando así su propia tumba. Con el postestructuralismo ‒que ya tuvo mucho de reacción histérica contra la introducción de la cientificidad en los saberes humanísticos‒, y decididamente con el “posmodernismo” ‒en un sentido literal y reconocido‒, todo esto se agudizó considerablemente. Entretanto, en las ciencias sociales (en algunas más que en otras, como la sociología, la antropología o la politología) los dictados ideológicos se han ido convirtiendo cada vez más explícitamente en resultados teóricos. Una mezcla de factores sociohistóricos que no podemos desarrollar ahora, pero que culminó en los noventa con la caída del Muro, el colapso de la URSS y, en general, la victoria del neoliberalismo y la desintegración de la “vieja izquierda”, cristalizó en la hegemonía académica de este inmaterialismo que causa tantas patologías intelectuales. Podría parecer, entonces, que se trató de una intromisión de la derecha en las facultades y en los círculos intelectuales y el mundo de la cultura; pero no, al contrario, lo que de hecho ocurrió es que los restos ‒los socialmente privilegiados‒ de lo que había sido la izquierda encontraron en esos ámbitos su bastión. Se atrincheraron en ellos, pero ya desvinculados de todo proyecto sociopolítico concreto, e incluso renunciando a las estrategias intelectuales anteriores, que consideraron “obsoletas”. Lo que quedó fue, así pues, la cáscara vacía del izquierdismo laboralista clásico, convertido en la autorrepresentación teórica de ciertas capas socioeconómicas y culturales acomodadas; éstas ya no tenían un público objetivo al que dirigirse, así que mutaron su mensaje y lo convirtieron en el nuevo estándar “progresista” para los estudiantes. Entretanto, la derecha económica triunfante toleró esa situación porque advirtió que no entorpecía sus planes en absoluto. Es más, se convirtió en un caldo de cultivo intelectual que la beneficiaba, una pseudo-revolución fácilmente canalizable. 

[7] Aquí no estamos defendiendo el realismo, sino el materialismo ‒otra confusión frecuente en novatos‒, pero evidentemente coinciden en algún punto. Ahora bien, el “nuevo realismo” que actualmente están popularizando algunos autores (lo cual, desde luego, no es una mala noticia para la filosofía, sobre todo porque se oponen al posmodernismo) es todavía un modelo limitadísimo en la medida en que de, forma deliberada, quiere esquivar el análisis de las condiciones materiales que constituyen el mundo y, a la vez, el análisis del mundo (o sea, la propia teoría). Cuando Markus Gabriel, por ejemplo, se declara decididamente antimaterialista, dice mucho de lo intraacadémico y teoreticista de su postura, que por lo demás no consigue escapar de ciertas retóricas de la “inmanencia de la realidad al lenguaje” propias de los herederos de Wittgenstein ‒se reconozcan como tales o no.

[8] Siempre ha habido manipulación sociopolítica. Así pues, ¿qué distingue a la actual “posverdad”? Básicamente, el trasfondo de esquizofrenia colectiva, la disociación psíquica de la población. No es ya el “vivir engañados”, es el vivir creyendo (y deseando) una cosa y la contraria a la vez, con las consecuencias prácticas que eso tiene.

[9] Ya que hablamos de pensamiento esquizoide, delirante, ensimismado, no dejemos de recordar la tópica afirmación, corriente entre los antimaterialistas obsesionados con lo simbólico, los posmodernistas, los enemigos (acomplejados) de la ciencia, etc., de que la Ilustración es el germen de lo que llegaría a ser el fascismo: la imposición de la razón como instrumento coactivo, el triunfo absoluto del pensamiento instrumental. En fin… Aparte de que la Ilustración jamás fue tal cosa ‒esto viene de una lectura pueril de las tesis de Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración‒, quien sabe ver la relación entre las categorías kantianas y Auschwitz, simplemente, sufre delirios paranoicos.

[10] Las menciones al “cuerpo” son muy frecuentes, en realidad, pero normalmente son más bien líricas ‒y propias de una retórica lacaniana muy gastada‒: la vida humana entendida como una “corporalidad atravesada por el deseo”, abstraída del papel adaptativo de éste; la forma casi mística de entender los “afectos” y las “pasiones” (de los que parecen esperar efectos revolucionarios); la propia satisfacción egótica en lo discursivo (el “plus-de-goce”), que parece describir más bien la teoría que a su objeto, etc., etc. En general, todo lo relacionado con los órganos sexuales (a pesar de la llamativa forma en que se desmaterializa la propia sexualidad) parece importar más que lo relacionado con los estómagos, lo cual dice mucho de la orientación sociopolítica de estos discursos.

[11] Entretanto, la experiencia con los big data, por ejemplo, está demostrando hasta qué punto la conducta humana es infinitamente más predecible ‒y manipulable‒ de lo que se pensaba, y ello sirviéndose de medios puramente estadísticos. Pero querer permanecer ajenos a la realidad cotidiana es más cómodo que afrontarla, claro. 



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