CAMINOS DEL LÓGOS
Filosofía y crítica de la cultura
Entradas breves
SUBJETIVIDAD E INFINITUD
Apostilla a Intuiciones metafísicas
D. D. Puche Díaz
11-10-2026
Lo expuesto en dicho texto
acerca de la relación entre el Yo subjetivo y el Ello transjetivo, entre la
finitud constituida y la infinitud constituyente ‒en
cuanto intuición metafísica fundamental‒,
me lleva a plantear aún unas breves reflexiones, apenas unos apuntes, sobre
posibles desarrollos temáticos que no voy a emprender de momento, pero que me
resultan muy sugerentes vías de trabajo.
En términos de neurociencia y de teoría
de la información, el Yo psíquico se nos muestra como un producto biológico ‒esto es, adaptativo‒ cuya función es minimizar la entropía del
organismo. En otras palabras, producir orden, aun al coste de un
incremento del consumo de energía. De este modo, la conciencia es un resultado
biológico de segundo orden, un “aparato algorítmico” cuyo fin es predecir las
variaciones futuras del entorno. Sin embargo, cuando la atención se repliega
sobre su propio emerger (esto es, la “reflexión”), abstrayéndose del propio
entorno que debe anticipar, su naturaleza puede reorientarse hacia nuevos
fines que trascienden lo biopsíquico y lo psicosocial. El velo que separa
el modelo finito (el Yo fenoménico) del fundamento ilimitado del modelado (el
Ello transjetivo) es trascendido, lo cual permite que la finitud acoja en sí
misma la “presencia” (siempre lo es como algo negativo) de lo
infinito. Digámoslo así: esta entidad concreta se encuentra a sí misma experienciándose
como un “espejo” en que la naturaleza ‒el
universo entero‒ deviene
autoconsciente, se manifiesta para sí. El Yo empírico deja de ser,
siquiera momentáneamente, el dispositivo regulador de un medio interno ‒destinado a preservar su homeostasis el mayor tiempo posible‒, para reconocerse como la manifestación singular y
finita de un principio trascendental universal e infinito, si bien limitada por
la “opacidad” que su propia base material le impone.
Esta “doblez ontológica” obra una
profunda transformación en la estructura de la subjetividad, a saber, la
irrupción de lo infinito en la finitud, que debe entenderse como el surgir
en ella de algo acausal; algo que, desde la perspectiva de la finitud,
sólo se puede comprender ‒pero sólo es el punto de vista
finito‒ como teleológico:
el acontecer de lo eterno (de lo racional, supraadaptativo, que
trasciende toda subjetividad empírica) en la serie causal, que inevitablemente parece
proceder “de fuera” de ésta. La autoconciencia, así, supera su carácter biopsíquico
fragmentario y autorreferencial, cuanto menos en parte ‒por
así decirlo, “se pone en camino” hacia sí misma‒. Consiguientemente, la potencialidad pura
en que consiste la subjetividad trascendental (un “no espacio” de infinitos
estados posibles)
deja de ser para nosotros un mero correlato formal de la subjetividad
psíquica; al identificarse ésta con su fundamento trascendental, experimenta
una deslocalización por la que deja de apercibirse como una entidad
finita constreñida por unos límites psicofísicos y enfrentada a un mundo
exterior, y pasa a apercibirse como un indeterminado “estar abierto” en la “proximidad”
de la fuente del Ser, de los “pilares de lo real”, allí donde acontece la
actualización del universo material (siquiera como virtualidad, todavía
no universo observable) desde la ilimitada potencialidad del Ello.
La objetividad ‒el correlato noemático de
la noesis infinita, de la que participa la humana, conociendo lo que aquélla
produce‒ pierde
así la rigidez ontológica, el “ser dado” de los modelos realistas, y manifiesta
su condición de continuo dinámico e inagotable, de puro “llegar a ser”. De
acuerdo con la maravillosa intuición de Schelling, la materia no es más que
espíritu durmiente; en otras palabras, información en un estado de latencia
o potencialidad estructurada que se despliega y organiza de acuerdo con leyes
físicas sentadas por el Ello (el cual es indiferente, por lo demás, a su
devenir o “procesamiento”). Cuando el Yo se eleva a la intuición de su génesis
trascendental, la realidad objetiva deja de ser un escenario de cosas
finitas y estáticas, sujetas únicamente a la causalidad, para ser entendida como
el cúmulo de procesos ‒no necesariamente determinados
según la flecha del tiempo‒ de una totalidad en
constante automanifestación; los límites entre el sujeto y el objeto se
disuelven no ya en una confusión caótica, sino en una síntesis progresivamente
compleja en la que cada cosa finita es reconocida como la condensación local
de una génesis fenoménica infinita. Al alcanzar tal identidad con lo
transjetivo, la subjetividad no ve destruida su individualidad, sino que, por
el contrario, se reexperimenta como la forma finita y consciente a través de la
cual el Ello infinito e inconsciente (una “subjetividad universal impersonal”)
se actualiza de modo regional. La realidad objetiva devela de esta
manera la actividad trascendental que la constituye, lo cual no es una cuestión
meramente teórica, pues permite reconsiderar la praxis humana, en cuanto participa
de dicha actividad: no ya como un obrar sobre objetos externos e independientes
de ella misma, sino como la autognosis y autoorganización de lo infinito que
se expresa a través de las formas de la finitud.
D. D. Puche [Bio]
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