EXISTENCIA HUMANA E INFORMACIÓN


 
 
 
EXISTENCIA HUMANA E INFORMACIÓN
Una ampliación del concepto orteguiano de “vida”
D. D. Puche
24-10-2026



Según Ortega y Gasset, la realidad radical a la que remite toda reflexión filosófica no es la conciencia cartesiana ni las “cosas mismas” husserlianas, sino la vida humana, no entendida como hecho biológico sino como fenómeno vivido. Desde este enfoque, la vida no es un “objeto” descriptible, como cualquier otro, “desde fuera”, sino un hacer, una tarea continua, y por ello mismo un drama. Su famosa máxima «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo» (ORTEGA 2005a/25) sintetiza la imposibilidad de pensar una subjetividad desvinculada de su entorno; el “yo” no flota en el vacío, sino que se encuentra inexorablemente arrojado a un escenario concreto, a una circunstancia material, social e histórica ante la que debe tomar decisiones y sostener un proyecto de vida de forma constante para continuar existiendo.
Esta concepción dinámica y situacional, que afronta la vida como un work in progress siempre irresuelto, llevó a Ortega a oponerse a la noción tradicional del ser humano heredada de la metafísica clásica. Al afirmar «lo que la naturaleza es a las cosas, es la historia ‒como res gestae‒ al hombre» (ORTEGA 2003/48), el madrileño señaló que la condición humana no consiste en una esencia inmutable fijada de antemano. Lo que el ser humano es propiamente radica en lo que ha sido y en lo que proyecta ser: un cúmulo de experiencias, decisiones y posibilidades articuladas narrativamente a lo largo del tiempo. La “razón viviente” es, por tanto, una “razón histórica”. Y la vida humana, tal y como la comprende Ortega, no es una “cosa”, sino un todo relacional.
Este planteamiento, paralelo al que en aquellos mismos años desarrollaba Heidegger en Alemania ‒ambos discípulos de Husserl‒, supuso una inflexión decisiva en la fenomenología y una importante aportación al existencialismo del siglo XX, y sigue siendo una potente herramienta teórica para el análisis del “fenómeno humano” (en el aspecto histórico-cultural, en el ético-político, en la relación entre sociedad y ciencia, etc.) a la que, desgraciadamente, no se ha sacado todo el partido posible debido al decantamiento de la filosofía en la segunda mitad del siglo XX por el postestructuralismo y el posmodernismo como formas de lo “post-fenomenológico”. Aprovechar su potencial teórico, no obstante, pasaría hoy en día por una necesidad de revisión y actualización; desde nuestra perspectiva del siglo XXI ‒que ha aprendido mucho de los errores y carencias de las citadas escuelas‒, el marco intelectual orteguiano muestra ciertas limitaciones que habrían de ser superadas.
En primer lugar, la “circunstancia” orteguiana sigue estando marcada por un claro sesgo antropocéntrico; como telón de fondo de su forma relacional de entender al sujeto ‒y por más que tal relación sea eminentemente práctica‒, todavía permanece en el paradigma de una experiencia de la conciencia como la del Hegel de la Fenomenología del espíritu (esto es, una realidad que responde a las limitaciones senso-cognitivas de nuestra especie), que no deja de ser el paradigma moderno (así, véase ORTEGA 2005b/52 ss.). En segundo lugar, la noción de “historia” como sustituto de la naturaleza dada es más propia de una comprensión analógica y simbólica ‒en última instancia, literaria‒ que de una científica (ORTEGA 2005b/32). Si bien capta con maestría el carácter abierto y dramático de la existencia humana, carece de los instrumentos necesarios para explicar cómo las estructuras organizativas, la (re)construcción del pasado histórico y las formas de conocimiento válidas para cada época se desarrollan y articulan más allá de la experiencia subjetiva o del lenguaje natural humano.
Pero nosotros ahora sabemos, gracias a la física teórica y la teoría de la información, que la materia, la energía y hasta la propia vida son fundamentalmente patrones de datos organizados y sometidos a procesos entrópicos (SCHRÖDINGER 2018/105 ss.). Y, en consecuencia, la “circunstancia” ya no puede ser entendida sólo como el entorno psicoperceptivo o sociocultural del individuo; ni tampoco la “historia” puede verse reducida al devenir de la memoria biográfica o colectiva. Para responder bien a las complejidades que han surgido desde los tiempos de Ortega, es preciso ampliar su marco teórico introduciendo el enfoque informacional. Desde este nuevo punto de vista, la “circunstancia” es reconsiderada como un campo denso de información al que el ser humano se encuentra acoplado. La vida, en términos informacionales y termodinámicos, es un sistema abierto que lucha activamente contra la entropía (el desorden que lleva finalmente a la muerte) mediante la importación, procesamiento y exportación de información neguentrópica (ordenada). El “yo” no es sólo una conciencia que toma decisiones situada social e históricamente, sino un nodo de procesamiento de datos (sensocognitivos, simbólicos, ideales), parte de una vasta red, que intenta mantener operativa su estructura orgánica y relacional frente al ruido y el caos del entorno.
 
 
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Igualmente, la “historia” va más allá del relato de vivencias individuales y colectivas ‒incluso de una visión estructurada y etiológica de las mismas‒ para ser concebida como la arquitectura de datos acumulada y constantemente reactualizada de un sistema (ya se trate del código genético, de la transmisión cultural de conocimientos, habilidades y normas, o de los registros digitales y los modelos algorítmicos). Cuando combinamos la filosofía orteguiana con la física de la información, la “proximidad” a la realidad deja de medirse en términos de vivencia personal de un sujeto, pero también de distancia espaciotemporal entre éste y su objeto (u otros sujetos); lo que ahora define nuestra existencia es el grado de acoplamiento, intensidad y fidelidad del flujo de información (entropía) que mantenemos con los distintos niveles organizativos de la realidad. Con el fin de cartografiar esta nueva relación ampliada entre el sujeto y lo circundante ‒en la que consiste la vida humana‒, presento a continuación un somero bosquejo de nuestra escala de integración en sucesivos órdenes de complejidad, no ya por la proximidad física, sino por la densidad y acoplamiento informacional; debido a éstos, entidades (estructuras estables de datos) muy lejanas físicamente pueden formar parte literalmente de nuestra existencia ‒casi tanto como nuestros propios órganos‒, mientras que otras muy próximas no lo hacen en absoluto.
 
GRADO 1. Relación somática inmediata (corporalidad)
En este nivel de organización de la materia, el de la proximidad absoluta, se recibe información en tiempo real mediante el contacto sensorial directo. Estamos ante la vivencia de la biología “desde dentro” (propiocepción, visceralidad, placer y dolor), que gira en torno al mantenimiento de la homeostasis. El cuerpo propio no se experimenta como un objeto ni como una idea, sino como el soporte informacional primario (lo “siempre presente” para la conciencia) a través del cual “comparece” la realidad. La información fluye con máxima fidelidad ‒desde el punto de vista adaptativo‒ y con el mínimo grado de abstracción, aquí innecesario: los datos se procesan en términos biológicos e instintivos antes que lingüísticos. El propio cuerpo y lo inmediatamente circundante (las cosas, el otro) comparten el mismo soporte material inmediato; la relación con los demás se limita al contacto físico directo y presencial (el abrazo, la mirada compartida a corta distancia, el contagio emocional directo o la copresencia en el mismo espacio y tiempo). Prácticamente no hay mediaciones: las señales químico-biológicas y las microexpresiones se intercambian sin la intervención de un canal técnico (simbólico-conceptual). Es el estadio más cercano a la pura animalidad.
GRADO 2. Relaciones intersubjetivas próximas (vinculación comunitaria y socioafectiva)
La información que se intercambia trasciende el marco propioceptivo del cuerpo individual y la sensopercepción más crudamente biológica para situarse en el ámbito de la relación humana directa con el entorno social más próximo (familia, pareja, amigos, colaboradores estrechos). Las vivencias ya no se limitan a la mera homeostasis, sino que giran en torno al mantenimiento de la cohesión socioafectiva y de la significación compartida. El soporte informacional sigue siendo predominantemente físico, presencial y sincrónico, pero la interacción está mediada de modo espontáneo por el lenguaje natural, los códigos culturales implícitos y la sintonía emocional. Lo circundante no se percibe únicamente como un objeto material o en términos adaptativos, sino como un entramado de alteridades (otros yoes) cuya proximidad genera un espacio intersubjetivo de confianza y reconocimiento mutuos ‒o su ausencia‒. Las mediaciones técnicas son prácticamente inexistentes o “transparentes” (el gesto de compenetración, la palabra hablada, el espacio doméstico); la información fluye con inmediatez a través de una red de significados aprendidos y estrechamente compartidos, a menudo con códigos “privados”. La comunicación de intenciones, conflictos, expectativas y emociones se efectúa en tiempo real y “cara a cara”, con base en vínculos comunitarios primarios que todavía no han sido formalizados o tamizados por herramientas o interfaces sociotécnicos complejos.
GRADO 3. Relación instrumental ampliada (prótesis informativas)
En este nivel de organización la información es filtrada y modificada por extensiones tecnológicas o herramientas de medición. El cuerpo mismo se experimenta como un sistema monitorizado y optimizado por la intervención técnica (desde gafas o prótesis mecánicas hasta “tecnología vestible”, sensores biométricos o implantes quirúrgicos, y todo ello complementado por análisis bioquímicos y farmacología). De este modo, el cuerpo es leído y extendido mediante nuevas interfaces científicas que introducen capas de mediación informativa en la vivencia de sí mismo. La información recibida es aún empírica e interacciona en tiempo real ‒o casi‒, pero está filtrada por canales tecnológicos que, no obstante, traducen sus datos a un lenguaje comprensible. En cuanto a la comunicación con los demás, y con independencia del grado de relación con ellos ‒que puede ser más o menos próximo‒, es básicamente una interacción sincrónica a través de canales de alta fidelidad tecnológica (desde llamadas telefónicas a videollamadas, teletrabajo, herramientas colaborativas en tiempo real, etc.), que permite coordinar acciones y captar matices emocionales casi como si hubiera copresencia, aunque pase por cauces técnicos.
 
 
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GRADO 4. Relaciones mediadas simbólicamente (narrativas e interfaces sociales)
El intercambio de información con el entorno, cuya proximidad física se torna cada vez más irrelevante, se da ahora mediante representaciones mucho más mediadas por la cultura y el lenguaje; por lo general, consiste en datos procesados por terceros. La propia corporalidad se vive a través de la imagen pública y la identidad personal de acuerdo con ciertas narrativas colectivas (la autopercepción depende de la imagen grabada, las redes sociales, los estándares sociales de belleza y salud, la pertenencia a determinados grupos, etc., pero también de registros médicos y similares); en consecuencia, se convierten en representaciones con un estatus socialmente reconocido. La comunicación entre individuos gana en alcance (pueden relacionarse con gente en cualquier lugar del planeta, o acceder inmediatamente a conocimientos sobre cualquier momento de la historia), pero se pierde fidelidad por la abstracción, los sesgos cognitivos y la latencia debidos a las mediaciones informativas. La relación con otros alcanza una gran asincronía y nivel de mediación simbólica (correspondencia postal, correo electrónico, mensajes de texto o chats, mass media, lecturas de autores fallecidos, etc.). Dicha forma de relación, incluso cuando sí hay inmediatez espacial y temporal, es menos próxima al individuo y se basa en la asunción de roles genéricos (estamos ya en el nivel del “mundo”); se atiene a la representación o el perfil público de la persona, con independencia de su cercanía física.
GRADO 5. Relaciones proyectivas y simulacros (modelado mental y algoritmos)
La información procede ya de realidades virtuales o aumentadas; escenarios hipotéticos y artificiales, simulaciones computacionales que cada vez es más difícil diferenciar de la realidad física convencional ‒hasta las nociones de espacio y tiempo empiezan a desdibujarse‒. La propia biología humana pasa a un segundo plano y se sustituye por avatares e identidades sintéticas. El cuerpo es experimentado a través de una alta mediación tecnológica (que produce sucedáneos cognitivos de la propia imagen) y es asimismo alterado química y quirúrgicamente, con lo que paulatinamente se “externaliza” como “una cosa más” en el mundo. La realidad informacional ya no es un reflejo directo ni indirecto del entorno fáctico, sino un modelo generativo no siempre reconocible como tal; las fronteras ontológicas se desdibujan: hay una densidad informativa muy alta, pero va acompañada de una baja o nula conexión con los hechos del mundo material. La relación con los demás se reemplaza progresivamente por la interacción solipsista con agentes sintéticos y personalidades generadas por IA; incluso cuando la comunicación no es con entidades puramente algorítmicas, ocurre no ya con las personas “reales”, sino con lo que imaginamos o conjeturamos que éstas tienen que decir en función de nuestra propia percepción mediática, retroalimentada a su vez por algoritmos ‒la sociedad, así, se va ensimismando y polarizando radicalmente‒. Este entorno sociocultural puramente abstracto corresponde a un mundo alienado o desarraigado.
GRADO 6. Relación latente o cósmica (el “ruido de fondo”)
En este nivel la información existe y afecta a los individuos o colectivos, pero permanece inaccesible, incomprensible o desacoplada de la conciencia. Llegados a este punto, el cuerpo es considerado en una escala metabólica profunda, genética o atómica, totalmente ajena a la experiencia subjetiva (procesos como la oxidación celular, las mutaciones o los elementos químico-radiactivos que afectan al ADN,  de los que no tenemos ni vivencia ni control personal alguno). En esta frontera del conocimiento científico y de la intervención tecnológica nos topamos con la “realidad” como tal, que trasciende el “mundo” humano: un océano potencial de datos no decodificados, que nos afecta constitutivamente ‒el universo mismo, y con él nuestra propia naturaleza, operan según sus leyes‒, pero es totalmente impersonal. Desde la perspectiva comunicativa, estamos ante una interdependencia mundial inconsciente, tanto espacial como temporal: comprende la influencia distante de miles de millones de desconocidos cuya existencia condiciona de manera imperceptible el sistema global económico y ecológico, pero también la herencia genética profunda de ancestros remotos de los que no tenemos conocimiento ni vínculo alguno.
Estos canales y grados de recepción y emisión de información forman parte de mi existencia tanto como el primero de ellos ‒mi propio cuerpo‒, aunque evidentemente con diferentes órdenes de prioridad. Todo ello me integra como lo hace mi conciencia (o capacidad de procesamiento de información y respuesta), pero en función de su aportación neta al flujo de información del que depende mi adaptación a lo circundante (que queda así “topografiado”) y la consecución de mis fines particulares; a la inversa, yo también integro esa totalidad, en cuanto nodo de la red, pero en un orden de aportación cuya relevancia cae de manera directamente proporcional a su “distancia informativa” a mí. Así debemos entender hoy el «yo soy yo y mi circunstancia» orteguiano. Los grados descritos muestran una jerarquía desde el punto de vista de la necesidad de procesamiento de la información y de emisión de una respuesta conscientes y voluntarios (con independencia del problema del libre albedrío), y no desde la perspectiva de la constitución real del individuo (para la cual el último grado, de hecho, es el primero de todos, pero queda total o casi totalmente fuera de su conocimiento y capacidad de decisión); se trata de la prioridad informativa para la vida concreta y su organización práctica, no de su fundamentación ontológica.
  
 
D. D. Puche [Bio]
 
 
 
Referencias bibliográficas
 
ORTEGA Y GASSET, J. (2003); Historia como sistema, Madrid: Alianza.
                        ”                         (2005a); Meditaciones del Quijote, Madrid: Alianza.
                        ”                         (2005b); Ideas y creencias, Madrid: Alianza.
SCHRÖDINGER, E. (2018); ¿Qué es la vida?, Barcelona: Tusquets.
  
  
 
  
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