SOBRE LO FÁUSTICO




Sobre lo fáustico (1 de 2) | Caminos del lógos. Filosofía actual y crítica de la cultura.
SOBRE LO FÁUSTICO (1/2)


FILOSOFÍA | ARTÍCULO
 
Lo fáustico como arquetipo que va más allá de lo literario para definir un tipo de ser humano.
 


D. D. Puche

 
Fausto vendió su alma a Mefistófeles, hastiado de una vida entregada al conocimiento sin resultados que verdaderamente le hicieran sentirse vivo; su entrega al diablo en busca de una sabiduría mayor que la proporcionada por las ciencias, la filosofía y la teología aspira, realmente, a la felicidad de la que era incapaz. Lo que Fausto desea es disfrutar de la plétora de experiencias que la vida puede proporcionar, pero de la que él no sabe aprovecharse. Sin embargo, los personajes que se va cruzando, ya sea en la taberna o en las fiestas populares o en la corte, sí obtienen esos disfrutes, que están al alcance de cualquiera; goces vulgares, de hecho, a los que él, por su naturaleza “superior”, paradójicamente era ajeno. La tragedia de Fausto tiene algo de cómico, o más bien de patético, por tanto: representa la incapacidad del intelectual (¿del propio Goethe?) para conseguir lo que ya tiene cualquier otro, aquello que aparentemente no entraña ninguna gran dificultad: vivir, sin más.

Individuo sublimador por antonomasia, en el sentido freudiano del término (quizá sólo por detrás del religioso, con el que Fausto guarda una evidente afinidad, por más que su pacto no sea con Dios, sino con el Enemigo), el intelectual y/o el artista es verdaderamente alguien digno de compasión, cuando no de mofa, puesto que habita en lo más elevado a costa de lo más próximo, y ha de condenarse, de empeñarse en términos económicos para comprar lo que para otros es gratuito: así, por ejemplo, el baile, la risa y la sexualidad que le son tan extraños a ese otro Fausto que es el Harry Haller de Hesse (una vez más, ¿el autor mismo?). Tales placeres no son su destino, el cual ha de violentar para poder conseguirlos; no forman parte de su naturaleza, que ciertamente no está hecha para disfrutar: “la felicidad es cosa de plebeyos”, decía Goethe. Y por ello Fausto habrá de redimirse, una vez repare en la hýbris, en la desmesura en que ha incurrido, a través de esa otra forma de sublimación, mayor aún, la máxima expresión de ese trastrueque, que es el amor. El amor encarnado en una joven que representa el espíritu del pueblo, lo puro e inocente, lo propio, lo absolutamente próximo, la sustancia humana de la que se está hecho; sólo eso permite la redención la recompra, de nuevo en sentido económico de lo que uno ha empeñado. [Sigue más abajo]

   
 
 
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Del autor de este artículo...

VIVIR EN EL DESARRAIGO
La transformación de lo humano en el siglo XXI

Nos hallamos en un momento decisivo de nuestro desarrollo como especie; no un momento simplemente histórico, por tanto, sino incluso evolutivo. Un interregno de cambios vertiginosos y de crisis de inmenso alcance, que amenazan como nunca antes nuestra existencia y hacen presagiar la transformación del ser humano como tal en otra cosa. Por eso la humanidad, que siempre se ha preguntado por su propia naturaleza y propósito ‒ya sea de forma religiosa, artística o filosófica‒, parece recuperar una adormilada preocupación por lo que es y lo que quiere llegar a ser; por la dirección en que quiere encauzar los gigantescos e irreversibles procesos de cambio en que está inmersa, y tras los cuales el futuro inmediato se muestra oscuro y difuso, tras espesas nieblas de incertidumbre.

 

 

El periplo fáustico, que tiene mucho de veterotestamentario (el espíritu judaico frente al cristiano, o mejor, la sutil pervivencia de aquél en éste), consiste en el ardid por el cual se puede experimentar aquello que estaba vedado, pero sin pagar, en última instancia, el precio por ello; consiguiendo esa recompra-redención en el último momento, lo que evita abonar la totalidad del pago por lo gozado, eso a lo que no se tenía acceso en un principio. Siempre y cuando Fausto se salve, claro está (y eso está por ver, porque la cosa siempre puede salir mal; depende de si hablamos del primer o del segundo Fausto de Goethe, o del de Marlowe, o del Cipriano de Calderón, o del Dorian Gray de Wilde, o del Harry Haller de Hesse, o del Adrian Leverkühn de Mann, etc.), el recorrido bio-dramático habrá consistido en volver al punto de partida, pero habiendo ganado entretanto la experiencia de la que se comenzó estando privado. La estructura de tal recorrido es la del nóstos, así pues: Odiseo regresa a Ítaca y tiene un viaje extraordinario que contar. Ha sufrido, sí, y se ha dejado muchas cosas y personas en el camino, pero ahora posee las vivencias en que, al fin y al cabo, consiste una vida plena. El goce no se puede aislar del sufrimiento que es su necesaria condición.

Lo fáustico, en suma, consiste en sacrificar el “alma” por una ambición; una ambición desmedida que es pura impiedad (desde la óptica griega) o soberbia (desde la judeocristiana) ‒en cualquier caso: ir contra la propia naturaleza, pretender ser lo que no se es, rebasando ciertos límites‒; una ambición que lo absorbe todo. Ahora bien, habría que precisar si el individuo fáustico es alguien que decide sacrificar su alma o si, como parece más plausible, ésta se encuentra perdida ya de antemano, debido a un carácter, a una forma de ser que, desde luego, uno no ha escogido ‒¿quién escoge vivir en la insatisfacción, en el anhelo perpetuo de lo ausente?; a lo sumo, la libertad del creador/pensador radica en darle la forma más satisfactoria posible a ese “destino” suyo. Porque, como decía Heráclito, “El carácter es para el hombre su destino”. Esa forma, quizá tan sólo la de un mal menor, sería lo único que en rigor decide; lo demás son fuerzas que juegan con él, carcajadas divino-demoniacas.

[Continúa en breve]




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  5/8/2022
© D. D. Puche

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