jueves, 14 de noviembre de 2019

SER DE IZQUIERDAS EN LA ERA DIGITAL (1)

¿Son aplicables las categorías tradicionales de la izquierda a los nuevos modelos sociopolíticos surgidos de la economía digital? Hacemos una reflexión sobre su vigencia.
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Política y economía | Opinión

SER DE IZQUIERDAS EN LA ERA DIGITAL

Unas reflexiones melancólicas (1 de 2)


Por D. D. Puche
@HellstownPost


Todos los conceptos que sirvieron para orientar la lucha obrera durante el siglo XIX y la primera mitad del XX ‒en lo fundamental, a partir de la obra de Marx y Engels‒, respondían a un contexto tan diferente al actual que difícilmente pueden ofrecer ya descripciones (y no digamos prescripciones) válidas para la misma. La propia noción de “clase obrera” es problemática, como lo es el significado del término “izquierda” tras la caída de la URSS. Que la explotación sigue existiendo ‒lo cual para algunos es la prueba de la vigencia absoluta de aquellos análisis‒ es tan obvio como insuficiente. Aquella teoría, sólida y minuciosa, pertenecía a la época del alto capitalismo industrial (el período que abarcó el tránsito de la primera a la segunda Revolución Industrial) y de la incuestionable hegemonía de los Estados nación soberanos; pero, para cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, el mundo ya era considerablemente distinto. En tiempos de Marx y Engels, la globalización apenas estaba empezando ‒tan joven era, que aún no tenía nombre‒, y el capital financiero no podía aún comprar países enteros. Hoy, a lomos de la quinta Revolución Industrial (o de una mutación de la cuarta), en un mundo totalmente globalizado, con el capital financiero dominando el planeta y las soberanías nacionales altamente deterioradas, las medidas que entonces se proponían carecen de cualquier condición de aplicación. Diferentes advertencias, en términos sociológicos, tecnológicos y económicos fueron elaboradas por autores como Polanyi, la primera Escuela de Fráncfort, marxistas como Bujarin o Kondrátiev, etc. Todos ellos fueron repudiados ‒o ejecutados‒ por la ortodoxia marxista dominada por el leninismo y luego por el estalinismo, la cual decretó hace un siglo que todo deberá ser entendido siempre como en vida de Marx, y que salirse de ahí es una herejía contrarrevolucionaria.

En el momento ‒perfectamente aprehendido‒ de Marx y Engels, la propuesta de una revolución (consistente en que las clases trabajadoras se apoderaran de los medios de producción para así hacerse con el poder político, derivado de la posesión de aquéllos), ofrecía una hoja de ruta clara. Por difícil que fuera, se sabía qué hacer. La estrategia revolucionaria, con independencia de que después condujera a la progresiva disolución del Estado o no, consistía en un primer momento en la nacionalización de los medios de producción (materias primas, fuentes de energía, cosechas, industrias, transportes, comunicaciones, etc.), para su administración por parte de un Estado socialista. Éste redistribuiría la riqueza socialmente generada, atendiendo siempre al interés general y conjugándolo ‒aunque esto pertenece más bien a la experiencia revolucionaria soviética‒ con el mantenimiento de una capacidad de defensa frente a la inevitable contrarrevolución capitalista (el llamado “socialismo de guerra”, único que se ha conocido). En algunos países esto se hizo mejor, en otros peor; pero experiencias como las de la URSS o la RDA demuestran la alta eficiencia que esta economía socialista podía alcanzar. El socialismo, digan lo que digan ahora los economistas liberales ventajistas, no era inviable; simplemente, perdió la Guerra Fría ‒lo cual, por cierto, explica las aporías del mundo actual, pues esa victoria fue mucho más pírrica para el capitalismo de lo que se ha querido pintar.

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Así pues, si se dieran las circunstancias adecuadas (grave crisis económica del capitalismo, alto descontento social, liderazgo de una intelectualidad preparada, etc.), ¿podría reeditarse aquel experimento histórico? Mucha gente espera que llegue ese momento; de hecho, casi cada generación de jóvenes izquierdistas ha creído que iba a protagonizar la revolución socialista definitiva ‒el último simulacro fue en 2011, con el 15-M, OWS, etc.‒. La triste realidad (para quien lo sea, claro) es que aquello no puede volver de ninguna manera. No en los mismos términos, y ni siquiera en otros parecidos. Lo que quiera que siga al desmoronamiento progresivo del capitalismo, que al entender de muchos (economistas liberales incluidos) ya ha empezado, no será el comunismo soñado en el siglo XIX, y todavía bien entrado el XX. Es difícil, o más bien imposible, describir lo que ahora mismo está germinando; por lo menos, no ha surgido aún el teórico capaz de unir tantas piezas. Pero está claro, para cualquiera que mire el mundo con alguna dosis de realismo, que el capital financiero que circula libremente por todo el mundo ‒el cual ya alcanza una magnitud mayor que el generado por la economía real‒ no puede ser apresado por ninguna revolución acaecida dentro de unos límites territoriales, para que a continuación un Estado (lo suficientemente fuerte como para resistir las presiones externas) proceda a su redistribución. Simplemente, el tamaño del monstruo es mayor que los Estados que deberían domeñarlo. El capital se desvanece de un país y aparece en otro cada vez que es necesario; su ubicuidad se asemeja a la divina, y de hecho, es tan inaprehensible como el propio Dios. Su maquinaria publicitaria y mediática, además, es tan poderosa que la mayor parte de las veces no necesita ni dar golpes de Estado (aunque de vez en cuando dé alguno, como el que se está desarrollando ahora mismo en Bolivia) o magnicidios para imponerse: es lo que gran parte de la población desea, por más que viva en la más absoluta pobreza. Ya no hay “sujeto histórico” que protagonice una revolución, pero lo peor es que, si lo hubiera, no tendría muy claro contra qué o quién realizarla. Los perfiles reconocibles de antes se han evaporado.

La economía digital no puede ser entendida en los términos clásicos. O sí… dando lugar a revolucionarios tecno-optimistas que creen que de las redes sociales y de la economía colaborativa (que constituirían el nuevo “sistema nervioso colectivo” y una suerte de “comunismo pragmático”) va a venir el final del capitalismo, cuando lo que viene es su enésima vuelta de tuerca: Facebook, Uber, Amazon, etc., etc., han demostrado que la sociedad administrada de la que hablaban Adorno y Horkheimer ha alcanzado una fase de eficacia que desborda todos sus análisis. La economía política, bajo la forma de la pura logística ‒esto es, la gestión de cantidades ingentes de información (big data) que sólo poseen y son capaces de emplear grandes multinacionales, que ejercen un poder basado en el conocimiento de las preferencias de cada individuo (que permite la absoluta predicción de su conducta, y con ello, también su manipulación)‒, desborda cualquier capacidad de resistencia. El panóptico de Bentham ha alcanzado dimensiones orwellianas, por no decir que impensables hasta para el escritor inglés. Pero, en cualquier caso, suponiendo que se pudiera coordinar a una masa humana suficiente por medios no digitales (o sea, evitando al propio sistema, que es el que brinda y controla los emails, los chats, las redes sociales, WhatsApp o Telegram), la cuestión es: ¿de qué medios de producción tendría que apoderarse? Ya no hay industrias nacionales; no se trata de apoderarse de la fábrica o del astillero. ¿De qué habría que apoderarse entonces? ¿De los servidores informáticos? Éstos son tan ubicuos como el propio capital financiero, tienen respaldos repartidos por todo el mundo; la información, clave del poder actualmente, no ocupa un lugar físico.


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La industria sigue existiendo, por supuesto, pero ya no puede desvincularse de las redes informacionales y logísticas que permiten sostener su tamaño y penetración globales. Sin esas redes, la industria sería inoperativa y descendería a niveles de productividad pretéritos, con lo que abastecer a la actual población mundial no sería factible. En cuanto a la explotación, claro que también sigue existiendo, y en dimensiones terribles en el mundo subdesarrollado; así como cada vez mayores en el desarrollado, a medida que la creciente dificultad para revalorizar el capital aumenta, dado que en el nuevo escenario global, gigantes como China o India ya no son simples actores secundarios a los que enviar la producción deslocalizada, sino que quieren ser protagonistas y compiten mano a mano con las potencias occidentales. Quieren su parte del pastel global. Los niveles de vida de los países que estaban muy mal mejoran tímidamente, mientras que los de los países del Bienestar descienden de forma sensible: el mundo se está nivelando, pero la cuestión es si ese equilibrio permitirá el crecimiento que se creía consustancial al capitalismo, o si éste, como el socialismo histórico, tenderá a estancarse irremediablemente. Así pues, parece presentarse un dilema insoluble para la mentalidad izquierdista más clásica (o “dura”), pues el fin del capitalismo supondría probablemente un colapso global y el consiguiente excedente humano de cientos, quizá miles de millones de personas. Esa caída ‒que, por otro lado, nadie sabe provocar, si no es por su propio agotamiento interno‒, por más que se hiciera en nombre de la justicia, la igualdad y la paz mundiales, podría ser peor que su mantenimiento.





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