viernes, 25 de octubre de 2019

EL PLACER DE VER EL MUNDO ARDER

¿Hay una revolución global en marcha, o lo que está ocurriendo en tantos países sólo son estallidos de nihilismo ante la imposibilidad de cambiar nada?

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EL PLACER DE VER EL MUNDO ARDER

Graves disturbios se suceden en todo el mundo, pero sus causas son muy distintas



Por D. D. Puche

Se están produciendo acontecimientos en todo el mundo que muchos describen como revolucionarios (“chalecos amarillos” en Francia, anticomunistas en Hong Kong, indígenas en Ecuador, clases trabajadoras en Chile, independentistas en Cataluña, etc.). En unos casos son el fruto de injusticias y desequilibrios sociales insufribles; en otros, más bien, parece tratarse del nihilismo de las clases medias del mundo desarrollado. En los primeros, lo que está en juego es la supervivencia; los segundos, que se dan en lugares donde la supervivencia ‒y hasta cierta comodidad‒ está asegurada, tienen más que ver con las expectativas de un futuro peor que el presente.

Estas protestas, que a veces toman las calles con un propósito muy definido, a veces como simples expresiones de descontento que no persiguen nada concreto o viable, van a ir a más con el tiempo. Lo que ocurrió en 2011 (15-M en España, plaza Syntagma en Grecia, Occupy Wall Street en EE. UU., etc.) quedó cerrado en falso, y ello, sumado a la percepción de que se acerca la siguiente ola de crisis económica y pobreza, de destrucción de empleo y posibilidades de futuro, reaviva las protestas con inusitada fuerza. En este momento, somos ‒todos‒ como las ratas de un barco que se hunde. Cada colectivo, por distintos medios (unos aún institucionales, otros por vía de la “acción directa”), está buscando el punto más elevado, el que tardará más en sumergirse y proporcionará las últimas bocanadas de aire. Cada uno por su lado, al margen de los demás, aunque nadie escapará al naufragio colectivo. “Primero yo”, “los míos antes que nadie”, gritamos todos. Es natural. Es parte de nuestra condición animal.

Es innegable que se extiende esa percepción del fracaso del modelo socioeconómico global (de hecho, hay economistas que avisan de que ya ha comenzado la desglobalización). El neoliberalismo está muerto, con independencia de que sus estertores puedan prolongarse todavía largos y penosísimos años. Crece el anhelo de algo nuevo, de un nuevo Dios al que adorar; pero éste no llega, y el interregno genera gran ansiedad. Al menos, en el mundo subdesarrollado o en vías de desarrollo luchan por algo real (condiciones de vida dignas), porque en Occidente hace ya tiempo que no (las luchas son principalmente identitarias y simbólicas). Ningún movimiento de los antes mencionados impulsa nada nuevo, en realidad ‒a lo sumo, en el plano local, esto es, inútil en un contexto de crisis global‒; lo único que se propone son básicamente reformas verdes y/o feministas de un capitalismo que ya no convence ni a los propios liberales, los cuales constatan la incapacidad de generar suficiente incremento del valor económico en el escenario global estancado. Nadie sabe cómo remontar la crisis de crecimiento, aunque se intuye que la forma de hacerlo será una destrucción masiva que justifique la reconstrucción posterior (o sea, una guerra), para volver a las condiciones previas al impasse.


Se observa una carencia patológica de horizontes prácticos y de fines, o dicho en otros términos, el desfase abismal que abre una infraestructura económico-tecnológica que hace mucho tiempo que dejó atrás la capacidad de asimilación simbólica de la supraestructura cultural; mientras tanto, la estructura sociopolítica que debería mediarlas ya sólo se dedica a administrar el descontento y a postergar lo que parece inevitable. Esta situación lleva al total desarraigo de cada vez más sectores de la población, esto es, a una sensación de no-pertenencia a un mundo cada vez más incomprensible, impredecible y, por ello mismo, inhóspito (desigualdad ha habido siempre, y aún peor, pero quizá nunca ha carecido tanto de investiduras simbólicas). La consecuencia son esos arrebatos nihilistas, que evidencian que las viejas retóricas emancipatorias ya no sirven en el nuevo marco histórico. Cada vez se desata más violencia en un intento de cambiar el statu quo, pero son palos de ciego, porque nadie sabe en qué dirección se ejerce, con qué propósito concreto. Decir que “para hacer caer el capitalismo” es una ingenuidad, puesto que lo que causa esos estallidos es precisamente que el capitalismo está cayendo, que ya no satisface las expectativas creadas entre quienes eran sus beneficiarios.

Todo ello, sin duda, va a ir a más a medida que se acerque la próxima oleada de crisis económica y recortes del Bienestar, cuando ni siquiera nos hemos repuesto de las consecuencias de la anterior. En realidad, la “salida de la crisis” sólo ha sido un breve lapso de estabilidad ‒dos o tres años‒ dentro de una larga recesión de la que ya veremos si el mundo que hemos conocido es capaz de salir. Entretanto, lo que experimentaremos es la normalización del estancamiento, la incapacidad de crecer socioeconómicamente; la cual será vivida subjetivamente por la población como un recorte de derechos y libertades por parte de gobiernos cada vez más autoritarios que, en realidad, no sabrán qué hacer ante el progresivo desabastecimiento y descontento de la población. Lo que harán será terrible ‒en proporción a la decadencia económica de cada país‒, pero probablemente tampoco tendrán muchas alternativas. Cuando un mundo se viene abajo, el orden se intenta mantener a toda costa, aunque ese viejo orden esté condenado a desaparecer.

Para agravarlo todo, en las próximas décadas se hará acuciante la crisis medioambiental, que retroalimentará la económica y a su vez empeorará la demográfica, con crisis migratorias masivas e imparables. Por no hablar de otra crisis a la vista, la energética, pues los combustibles fósiles se van a agotar a lo largo de la primera mitad de este siglo y hoy por hoy no tenemos formas eficientes de sustituirlos. Esperemos, por tanto, que se produzcan enormes avances tecnológicos en este campo (potenciar las energías renovables, éxito comercial de la fusión nuclear, hallazgo de nuevas fuentes energéticas, etc.), lo cual aliviaría al menos uno de los factores que integran esta bomba de relojería perfecta que es ahora mismo nuestro mundo.


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Como hasta el más inculto y desinformado hijo de vecino se barrunta, nuestros hijos van a vivir peor que nuestros padres ‒sólo está por ver en qué medida‒. No ha de extrañarnos, así pues, la satisfacción en la destrucción que está despertando (aunque sea la aprobación de la que llevan a cabo otros), ese impulso gregario y salvaje, pura biología desatada, que se rebela cuando la sociedad no ofrece alternativas aceptables entre las que escoger. Porque, frente al culturalismo trendy que sostiene que toda conducta es adquirida y que hablar de una “naturaleza humana” es teóricamente poco menos que filo-nazismo, lo cierto (que le pregunten a cualquier psiquiatra, biólogo, neurocientífico, genetista, antropólogo sensato, etc.) es que lo genético, expresándose a través de nuestra constitución cerebral, opera bajo la inmensa capa de condicionamientos culturales recibidos, haciendo aflorar nuestro fondo pulsional precisamente cuando lo cultural parece fallar. Lo que parece dormido, o se da por extinto, en condiciones de estabilidad, reaparece cuando ésta se ve gravemente amenazada. Por supuesto, lo hace bajo nuevas investiduras culturales, pero su motor biológico es ése, con independencia de las formas que adopte. Ignorar esto es ignorar lo que es el ser humano. En la vieja polémica entre rousseaunianos y hobbesianos, quien tiene razón son los hobbesianos, aunque les falten matices. No es que la cultura corrompa y envilezca nuestro fondo natural bueno, al que hay que regresar: es más bien que la cultura tiene que reprimir nuestro fondo biológico egoísta y agresivo, fuertemente territorial y tribal. Por descontado, nuestra naturaleza también alberga lo emotivo, solidario y altruista. Pero esto es precisamente lo que se echa a un lado cuando presentimos amenazadas nuestras condiciones de supervivencia (o hasta de comodidad). Entonces toma las riendas lo violento, por mucho que se disfrace bajo sublimaciones culturales, como lo son las retóricas de la nación o de Dios o de la clase social, etc. “Los míos primero” es la premisa única, que racionalizamos de formas históricas y contingentes.

Eso desata los impulsos disolventes de toda sociedad compleja, con el fin de regresar a quimeras comunitarias primigenias (ya sean étnicas, lingüísticas, religiosas, etc.), en la creencia de que se hallará refugio en un colectivo más pequeño y unido, dueño de su propio destino y “auténtico” ‒frente a la “artificialidad” de la sociedad en que se vive‒. Un retorno a la identidad perdida que no es más que una forma de fe religiosa (o sea, la biología engañándonos): preferir cualquier cosa a lo que hay, aunque se trate de las más absurdas promesas. Esto incluye la creencia en toda clase de Salvadores, de Elegidos; de ahí los cultos a la personalidad de un líder, ya se trate de mesías económico-políticos como Trump o de padres fundadores de la nación como los líderes del procés catalán o de niñas inocentes con un mensaje redentor para la humanidad, como Greta Thunberg. La necesidad de creer en alguien que sabe lo que hay que hacer es perentoria y, de hecho, quien duda de las palabras e intenciones del Profeta se convierte automáticamente en el Enemigo, porque nos hace dudar de nosotros mismos, cosa que en momentos de zozobra no podemos permitirnos.

Ciertamente, la dimensión simbólica de la existencia es muy importante, aunque por lo general sirva para encubrir las causas materiales que están tras ella. Nuestros actos requieren una motivación, y ésta escasea cada vez más. De ahí el creciente “malestar en la cultura”, y no tanto por la represión de lo instintivo, como creía Freud. El ser humano necesita reconocerse en lo que hace, o de lo contrario, vive con una “dolencia indeterminada”. Es vaga, tolerable, pero termina quitándole el sentido a todo. A eso llamaba antes desarraigo, esa enfermedad del alma colectiva ‒que necesita tener raíces emocionalmente satisfactorias‒. Y lo que ocurre hoy es que ya no nos reconocemos en nuestros modos de vida, en las diversas variantes del individualismo (o del “pequeño-colectivismo”) hedonista en el que el Bienestar nos ha domesticado. Por eso el “destruir es cambiar” que tantos entonan actualmente, de forma abierta o no. Es una percepción simplista e involutiva de la realidad, sin duda, pero parece la única capaz de motivar la conducta. El placer de ver las cosas arder, cuando ni siquiera sabemos qué querer. La cuestión es si estamos preparados para asumir las alternativas materialmente peores que traen consigo estas falsas satisfacciones simbólicas. Porque, en cualquier caso, tampoco se ven muchas más opciones en el horizonte.
 

© 2019 D. D. Puche, con SafeCreative.



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