martes, 26 de noviembre de 2019

SER DE IZQUIERDAS EN LA ERA DIGITAL (2)

¿Son aplicables las categorías tradicionales de la izquierda a los nuevos modelos sociopolíticos surgidos de la economía digital? Hacemos una reflexión sobre su vigencia.
Estás en CAMINOS DEL LÓGOS, página web de filosofía y crítica cultural. También es el nombre de la revista digital homónima (ISSN 2659-7489) que publicamos semestralmente. Texto e imágenes © 2008-2019 Caminos del lógos.


Ser de izquierdas en la era digital | Caminos del lógos, filosofía contemporánea.



Política y economía  |  Opinión

SER DE IZQUIERDAS EN LA ERA DIGITAL

Unas reflexiones melancólicas (2 de 2)


Por D. D. Puche
@HellstownPost

Hay quien considera que la nueva “revolución”, en un mundo semejante, la llevarán a cabo ‒o la están llevando ya‒ las divisiones de ciberguerra de Rusia, China o Corea del Norte, o hackers como los englobados por la “marca” Anonymous; sin embargo, la ciberguerra o el hackeo sólo tienen una utilidad destructiva (afectar a recursos económicos o logísticos, robo o revelación de información, etc.), y no parecen muy útiles a la hora de construir nada. Por estos medios no te apoderas de ningún medio de producción, sino que, a lo sumo, impides que otro lo use. Tienen una importante función secundaria de desgaste del rival, pero no pueden dar lugar a ningún reparto de riqueza. Y si se tratara del robo de cuentas bancarias, privadas o públicas (o de información de alcance estratégico, en este sentido), tampoco sería una solución: se establecerían nuevos mecanismos de bloqueo del capital digital “evaporado”, y en todo caso, así no se estaría produciendo nada, sino únicamente parasitando el sistema. Y una forma de vida parasitaria no puede prescindir de su huésped ‒como el capitalismo sabe muy bien.

Así pues, ninguna alternativa parece hoy mucho mejor que servirse de las instituciones estatales y supraestatales actuales, operando en condiciones de relativa estabilidad y paz social (pero presionadas por las luchas civiles y laborales), con el fin de regular en lo posible el mercado internacional y forzarlo a una redistribución de sus beneficios lo mayor posible. Esto es visto por la izquierda más ortodoxa como una claudicación, cuando no una traición (socialdemocracia = capitalismo blanqueado). Pero, en efecto, ninguna de las alternativas propuestas parece mucho más halagüeña; y la población de los países desarrollados, desde luego, de ninguna manera quiere seguir el camino de países socialistas como Cuba o Venezuela, con economías muy frágiles e inestables ‒cierto es que, en gran medida, por los bloqueos sufridos, pero también por otras deficiencias‒ que al final terminarán cayendo.


Caminos del lógos | Revista semestral de filosofía.


Que no parezca haber muchas alternativas al sistema vigente (pese a que la escasa soberanía de los países frente al poder económico es cada día un refugio más débil) es el principal motivo por el que, en lugar de revoluciones inciertas, las izquierdas actuales, abandonando la ortodoxia (sólo para fundar nuevas ortodoxias, en realidad, tan poco tolerantes con la discrepancia como las clásicas), han optado por la “guerra cultural”. Su estrategia presupone que la supraestructura simbólica e identitaria puede transformar la infraestructura socioeconómica que la sostiene, “puenteando” las resistencias materiales inevitables: así, los nuevos usos del lenguaje, las reclamaciones de determinados colectivos (especialmente los definidos a partir de su carácter étnico o sexual), la colonización de nuevos escenarios políticos (como las redes sociales), etc., son vistos como ejes de una nueva lucha de clases, con efectos revolucionarios. Esto da lugar a unas “izquierdas transversales” que aúnan el feminismo, el ecologismo y el multiculturalismo en un nuevo “entramado anticapitalista” que, al final, dispersa los esfuerzos en las mil direcciones de los mil colectivos que lo integran; frente a la vieja izquierda obrerista (roja), la nueva izquierda multicolor (verde, violeta, arco iris, etc.) es una suma de minorías cuyo único factor común es el descontento, pero que no coinciden ni en sus preocupaciones ni, por tanto, en sus métodos. Hay que hacerse esta pregunta: si, en efecto, hay una lucha, ¿cuál es su sujeto? ¿Hay acaso un nuevo sujeto de la misma? Actualmente, el eje derecha-izquierda está siendo sustituido por el eje instituciones-populismo. Pero, el primer lugar, ese “pueblo” es una quimera, no existe; un agregado de minorías nunca será una mayoría real; y en segundo lugar, esta estrategia deja las instituciones en poder de la derecha, lo cual ya es, de por sí, la derrota de una izquierda que sólo se acuerda de éstas a la hora de lamentarse cuando sus planes (inevitablemente) fracasan. Por mucho que no quiera aceptarlo, esta izquierda posmoderna de las batallas culturales (el “sesentayochismo digital”) necesita tanto o más las instituciones para sobrevivir que la tradicional izquierda de corte socialdemócrata. 

Se podría entonces pensar que en el contexto de bomba demográfica y ecológica que es el planeta ahora mismo ‒lo cual presagia migraciones masivas e imparables‒, el nuevo sujeto revolucionario ya no será ese izquierdismo post-laboralista, compuesto por miembros de las clases medias occidentales con estudios universitarios, que luchan en nombre de los trabajadores sin contar para nada con ellos ‒y por lo general, con inmensa condescendencia‒. Su lugar lo ocuparían el indigenismo (en las luchas locales), las poblaciones desplazadas desde los países subdesarrollados al primer mundo (en las luchas globales), y las mujeres, entendidas ‒como lo hace la izquierda que acabamos de describir‒ como un colectivo político (en la lucha transversal). O sea, las mujeres y lo que ahora llaman “colectivos racializados”, ya sea en sus propios países, o en aquellos a los que emigran. Bien, la cuestión es que nada se hará sin todos ellos… pero que ellos, en cuanto tales, vayan a ser los motores de un cambio que sustituya el capitalismo por una “economía colectivista”, es de un optimismo exacerbado ‒por no decir naif.


Las mujeres, por mucho que se empeñe la izquierda transversal-simbólico-identitaria, no son un sujeto político, sino un sexo ‒y esto con total independencia de la cuestión del “género”‒, que después tendrá unas preferencias políticas u otras. Ser mujer no es una adscripción política, aunque ésta sea la gran apuesta (en su búsqueda desesperada de un nuevo nicho electoral) de la izquierda post-laboralista. En cuanto a los indígenas y migrantes, ya veremos cómo se desenvuelven los hechos en América Latina, África y gran parte de Oriente Próximo y Medio, pero de momento no parecen en la posición de amenazar al capitalismo global y digital, sino más bien de seguir siendo la carne de cañón que éste sacrifica sin piedad alguna. Si la población de los países desarrollados no está en condiciones de apropiarse de los medios de producción para hacerse con el poder, menos todavía éstos, en una situación de partida mucho más desventajosa. Incluso suponiendo que en todos sus países, simultáneamente, se paralizaran todas las fábricas (sin las cuales el capitalismo digital de Apple o Zara tampoco puede hacer nada), y esto ya es mucho suponer, las multinacionales podrían reabrirlas, a un coste relativamente razonable para ellas, en los países occidentales de los que hace años o décadas las sacaron; y al no haber mano de obra disponible que hiciera el mismo trabajo más barato, se podrían reducir drásticamente las condiciones salariales en las metrópolis ‒y de paso se solucionaría de un plumazo el problema del paro‒, con lo que se regresaría de forma más explícita aún al capitalismo decimonónico. En cuanto a los países subdesarrollados, se les dejaría morir del todo y se blindarían las fronteras con ellos. Todo parece conducir, una y otra vez, a la misma “aporía de la izquierda”: el capitalismo sólo caerá por sí mismo, nadie parece ser capaz de hacerlo caer, y por otro lado, no está nada claro que esa caída sea recomendable para nadie.


Queda, quizá, una alternativa, y es que los planes políticos de China ‒en teoría, un país socialista, y el más poblado y productivo del mundo, además‒ sean capaces de abrir vías divergentes en esta situación. Su incorporación estratégica al capitalismo global, del que es el principal país manufacturero y exportador, así como la gran reserva mundial de mano de obra, por no hablar de su rapidísima tecnificación del alto nivel (en electrónica, industria pesada, energía, etc.), podría tender la red que suavice la transición del capitalismo a un post-capitalismo estable y fructífero. Pero esto es pura especulación; quizá China sólo se sumó al capitalismo en la huida hacia delante de un socialismo incapaz ya de sustentar a su propia población mediante una economía autárquica. Como los planes de China ‒más allá de su gran proyecto de la Nueva Ruta de la Seda‒ son extremadamente opacos, pero no parecen prometer, hoy por hoy, más que capitalismo de Estado (que pasa además, como Rusia, por un modelo de democracia post-liberal autoritaria), la pregunta sigue siendo… ¿Qué hacer?

¿Qué hacer en un escenario de crisis económica crónica, de crisis energética ‒aunque quizá ésta se resuelva con un nuevo salto tecnológico‒, de crecimiento demográfico y de crisis climática? ¿Cómo posicionarnos ante el fin del Estado de Bienestar y de derecho, ante la fragmentación de los Estados nacionales consolidados (cuando sean débiles) o su fortificación totalitaria (cuando sean suficientemente fuertes), y en ambos casos, ante la disolución de los marcos jurídicos hasta ahora vinculantes? Ser de izquierdas no es una categoría ética, sino político-económica, y significa irrenunciablemente estar a favor de una redistribución de la riqueza socialmente generada. Si no significa esto, no significa nada. Todo lo demás es un sobreañadido, algo no esencial, cuando no una mera distracción de este sentido fundamental; y cuando termina por sustituirlo como propósito principal, es simplemente una farsa. Ahora bien, la cuestión entonces es: ¿cómo redistribuir la riqueza social en la actual coyuntura? Los ingentes capitales de las grandes multinacionales fluyen sin que los Estados tengan herramientas de captación útiles; en el caso de las tecnológicas, de hecho, la ubicuidad de sus servicios permite que paguen menos impuestos que las PYME locales. No tener ni idea de qué hacer es lo que ha conducido, en gran medida, a la izquierda a dedicarse a otras luchas, olvidando su propia razón de ser.


De la política a la metafísica | D. D. Puche | Publicado por Grimald Libros.


Las distintas propuestas programáticas se debaten entre alguna forma de “revolución” (ya sea violeta, o verde, o multicolor… alguna victoria que dé asideros para nuevas ofensivas) o intentar salvaguardar cierto statu quo (libertades y derechos civiles y laborales) históricamente alcanzado. Ahora mismo, para un izquierdista “clásico” la prioridad debería ser frenar el liberalismo más radical ‒que está socavando los fundamentos mismos del consenso social surgido del final de la Segunda Guerra Mundial‒ y el neofascismo que resurge para auxiliar a éste, como lo que es: su mano de hierro en épocas de crisis y revueltas. Y esto pasa, pese a los dislates de las izquierdas populistas, por defender los Estados y instituciones internacionales existentes; hay que evitar su disgregación (nacionalista, localista), que sólo interesa al capital global ‒y que, no es casualidad, es abiertamente alentada por las extremas derechas de los países poderosos). Sólo esos Estados e instituciones pueden servir de diques para proteger las políticas redistributivas que retrasen el probable colapso social el mayor tiempo posible. A pesar de ciertas retóricas que hoy no tienen ya sentido, el Estado no es la personificación jurídico-económica de la burguesía; es un campo de fuerzas que se forma a partir del dominio de unas clases y la resistencia de otras, en interacción con tradiciones e instituciones anteriores que ya articulaban el todo social. Hay que afianzarse en el Estado, no intentar destruirlo; sólo éste puede introducir alguna racionalidad en las relaciones socioeconómicas. Y quizá ‒ésta es una valiosa lección histórica que no hay que desdeñar‒ haya que apoyarse también en la comunidad que la religión aglutina, a la hora de establecer redes de apoyo a los más desfavorecidos, lo cual crea tejido social y contribuye a prevenir amenazas (la fanatización de los excluidos, brotes de fascismo, etc.). Estas redes pueden resultar vitales, al llegar adonde los Estados en crisis económica cronificada seguramente no lleguen, o lo hagan con grandes problemas.

Además, será de crucial importancia trabajar en formas de economía colaborativa, para lo cual el desarrollo de software gratuito es indispensable; los hackers deben dedicarse a producir herramientas digitales emancipadoras, en vez de al sabotaje y la contrainformación. Para que esa “economía colaborativa” sea real, tiene que estar vetado a priori cualquier tipo de beneficio económico, de modo que las herramientas digitales no puedan ser parasitadas por multinacionales como Uber o Airbnb. Y la creación de una red social que fuera como Mozilla o Wikipedia (gratuita, sin publicidad y con estándares de calidad compartidos), y con perfiles obligatoriamente públicos y confirmados, podría allanar el camino para nuevas formas de vertebración social. En la era digital, las protestas en la calle (por la educación, la sanidad, las pensiones, etc.) no pueden desvincularse de las innovaciones digitales que ayuden a nivelar las diferencias en la contienda. Pero todo ello, a su vez, debe llegar a las instituciones en forma de iniciativas legislativas, así como de partidos que defiendan a capa y espada las políticas sociales ‒antes que otras cosas‒, para no terminar de perder (y hasta para reconstruir) unas bases electorales cada vez más fragmentadas. Sin el Estado, o lo que quede de él, tampoco se podrá hacer nada. La humanidad tiene que dar un paso decisivo hacia nuevas formas de organización; el anarquismo, en cualquiera de sus formas (lo que incluye, en cierto sentido, todas esas esas transversalidades divergentes) no es una opción. Tan sólo significa la disgregación de la potencia colectiva. Hay que buscar modos de reorganizar el todo social, para lo cual habrá que tomar importantes decisiones económicas y poner nuevos medios tecnológicos. Pero también hay que ir preparándose para el descenso en el nivel de vida que se acerca inexorablemente, para lo cual no se podrá prescindir de redes de colaboración y auxilio paraestatales. Hay que saber negociar con la realidad.

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