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viernes, 5 de octubre de 2018

APUNTES SOBRE EL SER (1 de 3)



0. La filosofía sólo se sostiene como ámbito del saber (y no perece arrumbada como “cosa de letras”, vaciada de contenido y obsoleta) si es ontología, discurso acerca de la realidad en cuanto tal, con anterioridad a sus diferentes delimitaciones conceptuales. Pero no cabe duda de que la genuina ontología, hoy, son las ciencias, y singularmente la física, vanguardia teórica de todas las demás. Las ciencias son las ontologías regionales de las que la ontología general es el propio método científico, que es el que termina decidiendo qué es y qué no es ente. Ahora bien, creo preferible llamar a este plexo epistémico “ontonomía”, por su valor demostrativo, y dejar el clásico término “ontología” para la actividad filosófica derivada de aquélla, para la elaboración conceptual del material brindado por la ciencia que lo eleva a especulación, siempre en los límites del conocimiento de su época, con el fin de dibujar una imagen de la totalidad, un mapa del saber (y con él, un mapa del ser) en el que fundamentar además criterios prácticos de orientación, una actitud concreta ante la vida. Aquello, en suma, tradicionalmente entendido como sabiduría, que sin este soporte teórico quedaría reducida a mera casuística del “sentido común”, lo que efectivamente parece ser hoy; y por eso mismo ha quedado como rescoldo de un pasado idealizado. 

1.1. El ser sostiene en la existencia la totalidad del espaciotiempo, la materia y la energía, tanto si éstos conforman un único universo como si son múltiples. Es la unidad de esa multiplicidad (la que supone ya un solo universo), es su conjunto. No es “algo otro” que trascienda las determinaciones, ni como summum ens (lo que no tendría sentido) ni como una “nada” que brindara realidad desde su absoluta otredad. El ser es el Todo, que no puede ser, por tanto, objeto alguno, sino relación, la vinculación de cada parte con el resto sin el cual no podría existir ni ser comprendida.

1.2. El ser es el Continuo, el Flujo del que todo proceso físico es momento; el inaprehensible “océano de realidad” del que el universo observable es una fracción dentro de ciertos parámetros. En el ser, todos los procesos tienden al equilibro, a cancelarse mutuamente en un juego de “contrarios” (niveles energéticos distintos) que es, realmente, la tendencia al mínimo gradiente energético. Pero el equilibrio global no vuelve jamás a un punto inicial, esto es, el Todo no está balanceado, sino que el gradiente global decrece.

1.3. Hasta donde sabemos (y debemos especular, aunque no podemos hacerlo más allá del estado actual del conocimiento científico), el ser, ese Continuo o Flujo o Totalidad, constituye el meta-proceso de consumo del monto total de energía disponible que él mismo es (el ser se agota, es agotamiento de sí). La energía, si bien no se destruye, se dispersa; pasa del desorden al orden (entropía), del cháos inicial al kósmos que resulta de él, del Big Bang al universo que resulta de él, cada vez más ordenado y muerto, progresivamente incapaz de producir trabajo, esto es, cambios de estado de la materia (la física llama a esto “orden” y “desorden”, inversamente, pero una comprensión más filosófica hace preferible denominarlos así, si bien el proceso es el mismo lo llamemos como lo llamemos). El universo, al menos la parte que observamos de él, camina hacia su muerte por la entropía, la reducción a cero de todo gradiente energético, además de por una expansión acelerada (cuya causa no está hoy del todo clara) que terminará por desgarrar el tejido espaciotemporal mismo e impedir que pueda haber “materia” (al impedir que se junten incluso las partículas elementales) ni energía aprovechable alguna.

1.4. También hasta donde podemos especular, el ser, esta Asimetría que equilibra todo gradiente hacia un estado final que ya no podrá ser alterado (con lo que nada podría ocurrir, se alcanzaría estatismo, el reposo absoluto), podría hipotéticamente “reiniciarse” de algún modo. El universo que habitamos, como tal, no tiene salvación, pero quizá podría surgir uno nuevo, o reiniciarse “borrando” todo lo que contuviera, aniquilando y “sobreescribiendo” toda realidad. La teoría de branas apunta en esta dirección, y algunos cosmólogos todavía defienden un modelo cíclico de sucesivos Big Bang y Big Crunch (el “universo oscilante”, que nada tendría que ver con el eterno retorno nietzscheano, por descontado). Esto parece altamente improbable, pero puede que haya formas en que el proceso que dio lugar a este universo, el Big Bang, pueda repetirse, aunque hoy por hoy escape a nuestra capacidad explicativa. Ahora bien, que el universo en que vivimos desaparecerá, y con él todo rastro de nuestra existencia (que será por entonces algo ya remotísimo en el pasado), no se puede dudar. Es la inexorable tragedia ontológica.

1.5. El ser es, en suma, ese abismal “burbujeo cuántico” cuyas mareas y olas resultantes son la realidad que percibimos (y la que somos capaces de imaginar). Sin embargo, la auténtica realidad tras esas “apariencias”, tras esas manifestaciones fenoménicas (que lo son para nuestro aparato sensoperceptivo, resultado evolutivo de esa misma naturaleza), sólo ha podido ser desentrañada matemáticamente. Y es que viola todo sentido común; no es la sustancia de la ontología tradicional, sino puro accidente, azar, probabilidad. Podría, quizá debería, no haberse manifestado como tal universo observable, pero un desequilibrio probabilístico produjo la realidad que conocemos. De todos modos, esa probabilidad a nivel cuántico funda un orden necesario a nivel macrofísico y, de hecho, éste conducirá inevitablemente a la corrección del desequilibrio inicial (la singularidad que produjo el universo mismo) y a la extinción de todo lo que podemos observar, de todo proceso físico.

1.6. No deben confundirse, en cualquier caso, el ser y el universo, aunque sean conceptos coextensivos (el uno “está” donde está el otro, pero no se identifican). Podríamos decir que el ser es la estructura que produce lo real, el hypokeímenon matemático-probabilístico del que manan las determinaciones, y que, parmenídeamente, no podría no ser (esto, que parece intuido, pero a la vez mal entendido, por el argumento ontológico, no deja de ser un enigma para nosotros). El universo es, en cambio, el producto, el resultado de ese proceso que es el ser (el Flujo, el Continuo). Son lo mismo, pero considerados desde puntos de vista o proximidades diferentes: el primero como natura naturans, como arché (un arché que es, ahora con Heráclito, puro devenir); el segundo como natura naturata, como manifestación fenoménica de aquél (siempre será tal manifestación para una conciencia). O sea, lo que se repliega en su propia exteriorización y la exteriorización misma. Pero el ser, pese a Heidegger, no es una “nada”, una “retirada” que esencie en modo alguno desde su ausencia: está ahí, tras las cosas, en las cosas, sosteniéndolas en lo real, aunque en un plano ontológico previo al de la composición de la propia materialidad observable, “corpórea”. 


Sigue leyendo: 
- Apuntes sobre el ser (Addenda a 1).
- Apuntes sobre el ser (2 de 3).


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