EL SILENCIO


Hay momentos en que el ruido lo invade todo y nubla el entendimiento. Estamos ante uno de esos momentos. Es mucho lo que ignoramos ahora, tanto que ni siquiera los expertos son capaces de ponerse de acuerdo sobre lo que está sucediendo o lo que sucederá. Comencemos, pues, por rebajar el nivel de ruido, porque ése es el primer paso para poder pensar algo con claridad.
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El silencio (por Andrés Huergo) | Caminos del lógos, filosofía contemporánea.


El silencio

Por Andrés Huergo


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En un artículo titulado Noble silencio, publicado hace más de dos años en un momento de grave perturbación social en nuestro país, Antonio Muñoz Molina hablaba de la centralidad del concepto de «no hacer» en la cultura budista y taoísta. «La simplicidad y la quietud de la meditación budista me recuerdan siempre la máxima de Pascal: todas las desdichas le vienen al hombre por no saber quedarse solo en una habitación», escribía. Y proponía una tregua de quietud para apaciguar la tempestad.

La palabra precisa, el momento preciso, el lugar preciso, la persona precisa. He aquí el secreto de lo pertinente. Saber distinguir el momento oportuno en que se ha de decir algo, cómo y dónde decirlo es un tipo de sabiduría reservado a los más grandes. Y esa habilidad exige como complemento un dominio total del difícil arte del silencio.

Por los silencios nos expresamos también, nos comunicamos de una forma distinta. Las palabras dicen, el silencio muestra. Las palabras limitan con su significación una parcela del mundo, mientras que el silencio deja entrever el fondo oculto sobre el que todos los objetos se perfilan.

En la literatura es fundamental lo que «no se dice». La intención de mostrar en lugar de decir no es la de informar de una determinada vivencia, sino la de hacer vivible un mundo posible. Es una forma de comunicación más sutil, menos directa, más estimulante, que fomenta la imaginación creativa, permite a los otros ser sujetos activos en la construcción del mensaje y deja que las cosas se aparezcan en su entera desnudez para ser descubiertas por parte de cada uno. En la música los silencios son tan importantes como las negras, las corcheas, las fusas o las semifusas. Sin ellos no habría sido posible ninguna de las grandes composiciones musicales de la historia.




Hay cosas que no pueden ser dichas, sino únicamente mostradas. No pueden ser dichas la bondad ni la belleza, que sólo se nos aparecen livianamente, como el vuelo de un pájaro, por medio del ejemplo de quien es maestro de vida, no meramente a través de sus palabras, sino sobre todo a través de sus actos. 

El silencio es tranquilidad del alma para aquel que ha tenido la buena fortuna de alcanzarla o también enmudecimiento producido por la perplejidad ante lo que acontece. En algunos casos puede ser, bien es cierto, una muestra de cobardía, una complicidad culpable con la injusticia que se ha instalado como normalidad. Pero en tales casos no se trata de un silencio constructivo, pues no proviene del dominio sobre la propia voz, sino del miedo a expresarla.

Somos ignorantes de muchas cosas y no deberíamos tener ningún problema en admitirlo; antes bien, deberíamos pronunciar mucho más estas tres palabras: «no lo sé», para a continuación centrar nuestras energías en seguir aprendiendo, silenciosamente.

«Ignorar que ignoramos» puede ser fuente de dogmatismo. En cambio, «saber que no sabemos» puede ser el comienzo de un camino de conocimiento, como advirtió Sócrates. Nicolás de Cusa lo llamó la «docta ignorancia». No decir es una forma de reconocer nuestra limitación y, por consiguiente, una manera de plantearnos preguntas; una actitud de espera de lo inesperado, de apertura a nuevos conceptos, nuevas palabras que tal vez puedan surgir en el horizonte lejano para ofrecernos una nueva comprensión de la realidad.

Cuando somos conscientes de que ignoramos algo, en lugar de lanzarnos a opinar enloquecidamente, podemos «suspender el juicio» hasta tener algunas buenas razones para sostener una determinada idea. En tal situación se hace recomendable que controlemos nuestra tendencia a la locuacidad. El silencio debe combinarse alternativamente con la conversación y el diálogo, en la tarea de producir conocimiento. Es por ello, junto con la paciencia, un buen aliado del estudio.



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Pero, además, existe un tipo de «ignorancia radical», aquella que se refiere a preguntas que exceden los límites del conocimiento posible. Ante esa clase de cuestiones, ni la duda misma puede ser expresada con precisión. Y en consecuencia la imposibilidad de articular proposiciones significativas se torna en una actitud de silencio, pues «de lo que no se puede hablar, hay que callar» (Wittgenstein). 

La ignorancia en este segundo sentido nos sitúa ante una dimensión de la vida que debe ser experimentada con resignada calma. Sólo así podemos reconocer dentro de nosotros un espacio vacío, íntimo y persistente, una oquedad del alma a la que el lenguaje del arte a veces trata de dar forma reconocible. Lo escribió así Octavio Paz:

Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Hay momentos en que el ruido lo invade todo y nubla el entendimiento. Estamos, creo, ante uno de esos momentos. Es mucho lo que ignoramos ahora, tanto que ni siquiera los expertos son capaces de ponerse de acuerdo sobre lo que está sucediendo o lo que sucederá. Comencemos, pues, por rebajar el nivel de ruido, porque ése es el primer paso para poder pensar algo con claridad. La manera más eficaz de ayudar a que algo mejore es no añadir más confusión para que no empeore. El confinamiento debería servirnos para discriminar mejor lo que vale y no vale la pena. Dejemos que el estruendo de quienes alimentan el odio con sus palabras envenenadas se pierda entre la inmensidad del universo. Y demos paso a la generosidad de corazón de quienes, sin ánimo alguno de protagonismo, día a día trabajan para que todo vaya bien. Ellos no tienen tiempo a hablar demasiado. Ni nosotros a malgastarlo en batallas pensadas para hacernos perder la sana razón.



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