miércoles, 22 de agosto de 2018

NADIE LEE A NADIE



«De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con tu sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu. No es cosa fácil el comprender la sangre ajena: yo odio a los ociosos que leen». Así comienza el capítulo “Del leer y el escribir”, en Así habló Zaratustra. Un pasaje muy elocuente a la hora de describir la experiencia solitaria, íntima y hasta catártica de la escritura, esa pública confesión en la que uno deja algo de sí en un texto que, una vez mostrado al lector, ya no le pertenece, pues queda fuera de sí, objetivado y a disposición de un público desconocido e imprevisible. Es una parte de uno mismo (pensamientos, emociones) que se expone y arriesga, y a la que el frágil ego se siente obligado a defender, llegado el caso.

Ocurre, cuando se escribe, que se da por hecho que otros entenderán el sentido del texto. Se presupone ‒y es ya un error‒ la buena fe del lector, que querrá entender el texto, así como se asume su capacidad para hacerlo. Se esfuerza uno en ser didáctico, claro, en argumentar correctamente cada paso dado; se anteponen párrafos y más párrafos (que no estaban en el borrador) para contextualizar; se relee todo muchas veces, y se añaden aclaraciones y matices para que la idea quede sólidamente perfilada; se eliminan los frecuentes exabruptos asociados a las emociones que impulsaron el texto, sin los cuales éste seguramente no hubiera nacido, pero que deben ser purgados para que resulte convicente, desapasionado, objetivo. Y todo ese trabajo, por lo general, para nada. Porque da igual cuánto trabajes un texto, da igual el necesario conocimiento acumulado para alumbrarlo ‒uno tiene que haber leído diez libros para escribir una sola línea decente sobre un tema; mil libros para escribir un solo libro decente sobre el mismo‒. Da todo igual. «En otro tiempo el espíritu era Dios, luego se convirtió en hombre, y ahora se convierte incluso en plebe», añade Nietzsche-Zaratustra, que sabía mucho de no ser entendido.

Da todo igual, en efecto. Resultan hasta patéticas las pretensiones didácticas y el afán de compartir saber (cuando no de hallarlo, proceso en el cual la comunicación va ya implícita), de dar forma hoy en día, en tiempos de la sociedad de la información y de la omniconexión en red de la mente humana, a lo que en otra época se denominó la "República de las Letras" (esa patria intelectual buscada, elegida, que redimía de la biográfica, accidental, dada; ese mundo cosmopolita y racional que permitía el crecimiento de “lo humano” más allá de toda estrechez de las circunstancias). Su universalización (pues estaba reservada a ciertos sectores socioeconómicamente privilegiados, está claro) ha ido pareja a su banalización, hasta el punto, quizá, de que sea imposible mantener un proyecto semejante. Desde luego, internet no es su homólogo actual. El gran público de lectores-espectadores que desea opinar antes incluso de haber terminado de leer, que tiene que mostrar su rabia y disconformidad con todo, que necesita compensar sus complejos de inferioridad con una imagen de superioridad en el agora virtual; la confusa masa de censores morales investidos de una autoridad imaginaria y de pusilánimes ofendidos por todo, curiosa manifestación del nihilismo en nuestro momento histórico… Todos ellos han dejado aquel jardín convertido en un barrizal. Ha crecido exponencialmente, hasta albergar a todo el mundo (lo cual es tan inevitable como deseable, en términos ilustrados), pero en la misma medida ha sido pisoteado y descuidado hasta dejar algunas zonas yermas, y otras llenas de maleza e intransitables.

Los sesgos de confirmación del típico lector-comentador conducen casi invariablemente a una argumentación ad hominem contra el autor del texto de turno, una vez que detecta que al menos un punto de éste no encaja en su pack ideológico, que debe mantenerse íntegro para que su Weltanschauung no se vea amenazada. Ciertamente, los ataques más vehementes e irracionales no suelen darse contra posturas contrapuestas a las propias, sino contra aquellas que, no siendo de signo ideológicamente contrario, se salen de una cierta ortodoxia o cuestionan algún supuesto ampliamente aceptado por sus partidarios. Esto es lo que no se puede permitir: el salirse de ese pack, de ese "todo o nada" ideológico. O sea, pensar, porque quien acepta acríticamente semejantes lotes teóricos no piensa; eso es mentalidad religiosa, un puro acto de fe, la creencia dogmática en algo que no debe ser cuestionado. De lo contrario, como decía, toda esa visión del mundo podría venirse abajo, y por eso hay que ir a cuchillo contra todo "heterodoxo". Ese pensamiento inquisitorial (recordemos que la Inquisición no perseguía a gentiles, sino a herejes) es el que campa a sus anchas en el marco de la Censura 2.0., solidaria de la ofendiditis crónica y de esa "corrección política" asfixiante, de cuño estadounidense, que erige cada día a nuevos Torquemadas mediáticos. 

Da igual que haya diferentes frentes comunicacionales que se disputan el territorio de la información-opinión, con visiones del mundo totalmente distintas; coinciden en algo, y es en fomentar la persecución de los que rompen dichos bloques. Sólo debe haber unanimidad artificial (puedes elegir entre A, B, C, etc., pero tienes que elegir), y salirse de ella está penado con el ostracismo, cuando no con la persecución y el linchamiento mediático por parte de "los tuyos". La cuestión, hoy en día, no es transmitir algo, sino hacer tanto ruido que sea imposible escuchar nada. En eso parece consistir la sociedad de la información. 

En fin... me alejo un poco del tema inicial, pero no en lo esencial, y es que hoy, con un acceso prácticamente ilimitado a cantidades ingentes de información, nadie lee a nadie. Todo texto escrito por otro es sólo una excusa para que yo suelte mi discurso, que seguramente no sea la respuesta a aquél (quizá ni siquiera tenga nada que ver). El lapso de atención, la capacidad de concentración y las ganas de atender a otros sólo dan para el título y, a lo sumo, el primer párrafo. Y eso explica las estupideces que se reciben diariamente como "comentarios", "críticas", "aportaciones", etc. Gente escribiendo sobre textos que no se ha tomado la molestia de leer antes, pero que "ya sabe de qué van". Eso es lo que hay en la sociedad de la información. Millones de personas, conectadas en red, hablado solas.




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