Mostrando entradas con la etiqueta Generalizar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Generalizar. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de mayo de 2017

GENERALIZAR


Pensar es generalizar, nos guste o no. Lo ha sido siempre. El pensamiento ha de comprender el mundo para 
adaptarse exitosamente a él eventualmente, para transformarlo. Nuestras representaciones teóricas tienen esa función: son resúmenes de la experiencia con una finalidad práctica. Y para eso sirve el concepto, que, como estableció Aristóteles (aunque la operación está ya perfectamente descrita en Sócrates como dihaíresis), resulta de articular género y diferencia específica. O sea, clasificar la cosa en el conjunto al que corresponde y después, dentro de éste, señalar sus diferencias respecto al resto de cosas que contiene. Se trata de localizar de arrinconar las cosas en el espacio del lógos; esa “caza” que emprendió Platón contra el sofista, quien las “mueve” dentro de dicho lógos, jugando con la equivocidad de éste, en vez de buscarlas donde están. Los conceptos son, ciertamente, los correlatos abstractos de nuestra experiencia, sin los cuales ésta carecería de armazón, no se referiría a un mundo, sino a una multiplicidad infinita de objetos sin conexión con los demás, sin la trama y la urdimbre (eso son el género y la diferencia) que los interconectan entre sí y con nosotros, delimitando los planos semántico, sintáctico y pragmático. Sin esto no habría “experiencia”; tan sólo mera percepción animal. 

Como señalaba Hegel, al cual tanto más se le critica cuanto menos se le entiende, el movimiento del concepto es el de la vida misma. Hegel no “disecaba” la vida para comprenderla, al contrario: dio con la clave de su exuberancia, desde una perspectiva estrictamente racional (la única a la que se debe la filosofía, a no ser que prefiera ser arte o religión, dos cosas que ya existen al margen y con anterioridad a ella). Los conceptos nos dicen cómo se relacionan entre sí las cosas de la vida, esos prágmata constantemente mudables en cuyos movimientos, no obstante, se dan covariaciones, estructuras que permiten que reconozcamos la realidad como tal, y no como una fantasmagoría inasible. Renunciar al concepto es hacer una concesión al pensamiento ensimismado, autista, incluso psicótico, que cree que la realidad es reflejo de la subjetividad, cuando no es así, puesto que la realidad la racionalidad construye nuestra propia subjetividad. Lo importante, así pues, es el movimiento, la copertenencia de ambas. Los conceptos nos dicen lo que son las cosas y cómo se relacionan entre sí. Los conceptos, bien formados, se relacionan entre sí como constelaciones de cosas (y por tanto, cambian con ellas, no son eternos, como le gustaría al pensamiento perezoso, que quiere formarlos una vez y vivir para siempre de ello). Son nuestros mapas de la realidad, sin los cuales estamos perdidos. 

La formación del concepto (generalizar y especificar), sin embargo, se queda en mero juego lógico sin el movimiento subsiguiente del pensar, consistente en juzgar, esto es, en poner los casos particulares bajo los conceptos formados. Sin generalizar iríamos por la vida dando palos de ciego, perdidos en la infinitud de lo particular, que sería inorganizable; pensar es generalizar, siempre que la generalización (el concepto) esté bien hecha. Pero no puede faltar ese movimiento adicional del juicio, movimiento empírico del pensar, si se quiere. El caso, el ejemplo, desempeñan este momento del someter a prueba, de manera contrafáctica, nuestras generalizaciones, de ver si la realidad “encaja”. El que piensa bien, el que piensa honestamente, buscará todos los ejemplos que pueda contra sus propios conceptos, para corregir éstos, para afinarlos, en vez de caer en la autocomplacencia del que se da a sí mismo la razón huyendo de las cosas. Pensar es generalizar, y a continuación, someter a prueba las generalizaciones sobre la base de múltiples casos. Se debe hacer la crítica del concepto desde la particularidad; una dialéctica de lo abstracto y lo concreto que lleva a reformular el primero (según el esquema “particular - universal - singular” de Hegel, para quien lo singular, o “universal concreto”, es la idea, el concepto animado por el acopio de contenido y por la crítica, hablando del cual hablamos de lo que está pasando). Pero la particularidad sin concepto no tiene sentido. 

Lo que no se puede hacer es, como el pensamiento posmoderno, caracterizado por su logofobia, rechazar las generalizaciones, pretender que la diferencia es por sí sola la guía de la compresión de lo real. Mil diferencias apiladas, sin la operación de generalizar, no hacen un solo concepto no hacen nada, y sin éste no hay orientación alguna. Y eso es lo que le ocurre a este pensamiento de particularidades y divergencias: que no sostiene nada, que no va a ninguna parte, sino que da vueltas en la oscuridad y critica de forma abstracta toda realidad, con la que nunca se compromete, pues renuncia a la única herramienta con la que podría haberlo hecho. La diversidad sin estructura no es pensamiento, es divagación. Y ésta afirma que hay “otras lógicas” (cada cual tiene la suya, claro) y que hay que poner la atención en lo individual, siempre al margen de toda generalidad, de toda abstracción, la cual es injusta, castradora, una forma de “violencia teórica”. Y quiere hacer ver el pasado filosófico como una imposición o un error, cuando es un ingente acopio de experiencia para quien sepa usarlo, un valiosísimo conjunto de consejos para pensar el presente. 

Pero lo grave no es que unos intelectuales se dediquen a un pensamiento de la diferencia que no deja de ser estética (la contemplación de lo particular en sí, a falta del concepto que no se brinda, en un movimiento infinitamente interpretativo o deconstructivo). Lo malo es que los intelectuales han sido siempre agentes sociales a veces del lado del poder y a veces criticando éste, pero agentes sociales, al fin y al cabo que han proporcionado teoría para orientar la acción, tanto individual como colectiva. Y un pensamiento que no generaliza no ofrece ninguna comprensión, sólo señala diferencias, con lo que en la práctica no hay nada a lo que atender ahí. No aporta ninguna imagen sólida y coherente de las cosas que (aun en versiones “divulgativas”) sirva para entenderlas y orientar la acción. Cuando la intelectualidad se pierde, deja de alumbrar con su ya de por sí débil luz la oscuridad de la sociedad, la cual termina más perdida aún, cuando ve que los “estudiosos” no saben adónde ir. Aquélla se da cuenta de que no es que no los entienda, sino que no hay nada que entender; su instinto de realidad llega hasta ahí. 

Que los conceptos cambien quiere decir que hay que permanecer en el trabajo del concepto, que es inacabable, no que aquéllos sean ilusorios o imposturas. Los conceptos cambian porque cambia la realidad, son parte del devenir. Son momentos de la verdad, y se mueven a su ritmo. Saber seguir ese ritmo, sincronizarse con las cosas, es pensar. El que detesta la abstracción porque lo aleja de la realidad quizá está mucho más lejos de ésta, enfrascado en una experiencia particular la suya puramente subjetiva y arbitraria. Y eso está muy bien, pero que no insista en que eso es pensamiento, ni mucho menos “filosofía”, del mismo modo que dar paseos por el campo maravillándonos por lo que nos rodea no es hacer ciencia.



Ver entrada anterior: Tesis económico-tecnológicas.

© David Puche, 2017. Contenido protegido por SafeCreative. Se permite y agradece su difusión, siempre que su procedencia sea debidamente reconocida y enlazada. 




alt="caminos del logos, david puche diaz"