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jueves, 7 de febrero de 2013

DEMOCRACIA

La democracia, como todo lo vivo, lleva en sí el germen de su propia destrucción; hay que trabajar cada día para evitar ésta, pero por lo general lo más que se puede hacer es demorar su momento. Pensar que la democracia es algo que una vez alcanzado será eterno, como si se tratara del destino inexorable de una sociedad, es un absurdo; no ha existido ninguna que haya durado lo suficiente como para albergar siquiera esa ilusión, aunque para darse cuenta de esto hace falta un poco de sentido histórico. La griega, que fue la primera y modelo para las posteriores, cayó (de hecho no duró demasiado, en términos históricos), y las modernas con toda seguridad lo harán también algún día. Y ello si es que, como creemos algunos, no lo están haciendo ya, si no están desplomándose lentamente ante nuestros ojos. La inercia del sistema sociopolítico y económico vigente en Occidente –la democracia liberal– lo lleva a su propia destrucción mientras todos los que creían en su perfección miran estupefactos, porque no saben hacer nada que se salga de las reglas establecidas por el propio sistema. Reglas que consisten, básicamente, en la constante optimización del beneficio por parte de los grandes capitales; una visión del mundo fuera de la cual el politólogo o el economista típico –tan producto del sistema como cualquiera de sus mercancías– no es capaz de pensar siquiera. La legalidad vigente (basada en la propiedad privada de dichos grandes capitales; pues la de los trabajadores siempre ha sido perfectamente destruible, por más que eso sea precisamente lo que el liberalismo critica del comunismo, ya que no ve su propio reflejo cuando se mira en el espejo) no debe tocarse bajo ningún concepto, aunque ello suponga el fin del sistema mismo. Éste prefiere inmolarse a su propia ideología que evolucionar hacia un sistema más estable en el que haya (como requisito imprescindible) un menor incremento de los beneficios.

Vamos camino de una gran guerra o de una gran depresión, o de ambas (como pasó en los años 30 del siglo pasado), porque nadie tiene el valor para modificar las reglas del juego, las cuales, por más que se quiera presentarlas como sacrosantas, no dejan de ser una mera convención, y además una obsoleta. Pero claro, los que mandan –la “clase política”, que trabaja ya sin disimulo alguno para el capital– son los pasajeros de primera clase del Titanic, que cuentan con que para ellos sí habrá lanchas de salvamento cuando todo se hunda. Las habrá para muchos, sí, pero no para todos; cuando el barco que se hunde es el mundo (absolutamente unificado e interdependiente por la globalización económica), nadie se libra de la posibilidad de caer con él. Por eso va a pasar lo que va a pasar, lo que ya está pasando: el fin del efímero período democrático que hemos conocido –y que creíamos ingenuamente un paso histórico irreversible– y la llegada de una nueva época de totalitarismo. Los pasos que se están dando en esa dirección son patentes (especialmente en España y Grecia, pero se huele en toda Europa), y se anuncian sin disfraz en el alzamiento de la extrema derecha y del fundamentalismo religioso. Es algo tan repugnante como normal y predecible, y me temo que inevitable: el liberalismo se convierte en fascismo en cuanto la pequeña y media burguesía ve amenazada su existencia. El sistema requiere un “reinicio” que restablezca las reglas del juego cuando los resultados de éste, debido a la excesiva liberalización (o sea, a la falta de control de la política sobre la economía), se han vuelto impredecibles, con lo cual se cortocircuita un sistema socioeconómico basado en la previsión exitosa de las inversiones a medio-largo plazo. El totalitarismo es la catarsis de la democracia liberal: alguien tiene que destruirla periódicamente –en realidad se destruye ella sola, y alguien se hace con las riendas del sistema fallido– y purgarla de sus tumores para luego, tras su propia y subsiguiente caída (igualmente inevitable y previsible), cargar con todas las culpas, de modo que esa democracia pueda “refundarse” con la conciencia tranquila. El mal lo hicieron “otros”, nunca el propio capitalismo. Se ve acercarse, ya en el horizonte, esa figura paternal –que la ciudadanía domeñada prefiere antes que el total nihilismo capitalista, pero también, inconsecuentemente, antes que toda alternativa al propio capitalismo–. Malos tiempos para los que tengamos que vivirlos.

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