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lunes, 18 de junio de 2018

DE QUIJOTES Y SANCHOS




El Quijote sería la genuina Biblia española, como dice Unamuno, si no fuera porque traspasa, con mucho, los límites de nuestro país y de nuestra cultura. Es universal, arquetípico ‒en el sentido más junguiano del término‒, y ahí radicó el inmenso logro de Cervantes, que supo beber de esa fuente suprema. De hecho, el Quijote y Sancho deberían contar de forma explícita entre esos arquetipos (cuya lista siempre ha sido rapsódica), se presenten bajo el aspecto en que se presenten. No son personajes, ni siquiera tipos de personajes ‒o de personas‒: son facultades del espíritu humano, en el sentido más técnico de la palabra “facultad”, tal y como la emplea el idealismo alemán (Vermögen). Una dýnamis o potentia, la capacidad de incoar cierta actividad; un determinado tópos de la subjetividad (ontológicamente comprendida) con una función muy precisa. Por eso, don Quijote y Sancho están en cada uno de nosotros, por eso somos Quijotes y Sanchos, todo a la vez. 

De un lado, el Quijote, la razón (Vernunft), la capacidad de pensar, que aspira a elevarse hasta lo infinito, incondicionado, liberándose de todo límite empírico, de todo constreñimiento material, para disponer de sí misma en su pureza y mismidad. Cabalga sobre su corcel especulativo, famélico; no podría ser de otra forma («metafísico estáis»; «es que no como»), pues no tiene contacto con la materialidad. Y va armado con su lanza y escudo, con los que se enfrenta a la realidad que niega, porque está mal, porque es imperfecta y absurda y no realiza lo racional. La razón traspasa lo dado y se niega a reproducir dicha realidad, pues ella misma la produce, tal y como debería ser si el mundo fuera verdadero y justo y bello.

Del otro lado tenemos a Sancho, el entendimiento (Verstand), la capacidad de conocer ‒que no es lo mismo que pensar‒, que acompaña a la razón siempre un paso por detrás. Se ocupa de lo concreto, limitado, distingue (separa) todo aquello que la razón unifica, pues ésta lo ve todo desde la inmensa distancia de la theoría (contemplación), y por eso termina confundiéndolo. El entendimiento, al contrario, entiende de compromisos con lo particular, sabe de límites y resignaciones. No aspira a la perfección ni la pureza absolutas, se conforma con un poco de goce y con satisfacciones más efímeras. Adaptativo por naturaleza, se conforma con no ser apaleado por la realidad que la razón quiere transformar. De ahí que monte el asno del sentido común y que demuestre una mayor humildad. Lo suyo no es luchar, sino más bien plegarse a una realidad que sabe imperfecta, pero también la única que hay.

Puede parecer paradójico decir que el Quijote es la razón, pero así es: se trata de una capacidad de manejar ideas más allá de sus condiciones empíricas de aplicación. Precisamente por eso, tiende a conducir a la “locura”, esto es: genera fantasmas constantemente, ilusiones trascendentales, al creer haber alcanzado lo absoluto, la pureza, la identidad perfecta consigo misma; se ensoberbece con facilidad y da por lograda su meta, la realización de lo racional en lo real, el reino de los fines. Mientras tanto, Sancho, el entendimiento, abandonado a sí mismo, a su sano sentido común, termina perdiendo de vista toda finalidad, todo propósito, atrapado como está en condiciones empíricas de las que se considera un efecto más, sin alternativa a ser como es. Para él lo real ya es racional, y por eso no concibe que deba dar un paso más allá. Todo está bien como es, aun en su imperfección. 

Cervantes expuso, que no explicó ‒ésa es la diferencia entre la literatura y la filosofía‒, la dialéctica del idealismo y el realismo, los cuales llegan a cambiarse los papeles cuando el otro sucumbe. La razón debe aceptar constreñimientos materiales, la llamada al sentido común del entendimiento, porque de lo contrario creerá haber transformado la realidad hasta reparar en que no ha hecho nada, que su actividad es puramente virtual. Pero el entendimiento que ha probado el sabor de la trascendencia, de fines que no son la mera reproducción de lo empíricamente dado, no puede conformarse ya más con la realidad irracional. Ha sido arrastrado al viaje (filosófico), que jamás hubiera emprendido solo, y el viaje lo ha transformado. Es en esta dialéctica entre ambas facultades, donde se encuentran y chocan y se contaminan mutuamente, donde se define lo que es ser humano. 




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© David Puche Díaz
y Daniel Puche Díaz, 2018.

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