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martes, 4 de diciembre de 2012

CONOCIMIENTO Y FELICIDAD



El conocimiento no es más que una función adaptativa, nos dice Nietzsche, que en relación a esto parece ser bastante pragmático. Una prolongación de procesos puramente biológicos, animales, sin otra finalidad que la supervivencia, y en última instancia (para garantizar mejor aquélla), el dominio. Nunca se trata de algo desinteresado; la “voluntad de poder” siempre está detrás de la “voluntad de verdad” que la enmascara. En el fondo toda ciencia no consiste en otra cosa que en saber cómo (sobre)vivir en un medio que se vuelve cada vez más complejo. Todo lo tradicionalmente asociado al saber –por la religión y la filosofía–, como la virtud, la excelencia, etc., no es otra cosa que el olvido de la naturaleza misma del conocimiento, por cuyo valor Nietzsche se pregunta. Es especialmente crítico con la identificación socrática de conocimiento y felicidad, como si el primero fuera un fin en sí mismo, cuando de lo que se trata es de asegurar unas condiciones de existencia.

Pero Nietzsche va mucho más allá de la anterior constatación (y por tanto, de toda gnoseología funcionalista o pragmática), y nos pone ante una disyuntiva epistemológicamente peligrosa. Pues el conocimiento no iría ligado unívocamente a la adaptación al medio, y por tanto al cumplimiento de funciones propias de la vida, de nuestra naturaleza animal (eso que Aristóteles tan bien vio en Acerca del alma y tan mal en la Metafísica, con una curiosa incoherencia). Más bien, nos dice Nietzsche, un exceso de conocimiento podría ser perjudicial para la vida misma. Puede llegar el momento en que saber demasiado no nos acerque al aseguramiento de la vida, y con éste a la felicidad, sino que nos aleje de ella, e incluso nos haga perecer. El “fondo” de la realidad no es consolador ni hace feliz, sino que, por el contrario, es pavoroso y podría arrastrarnos a la muerte o la locura.

Ahí radica ese gran “peligro epistemológico”, pues semejante visión parece llevar directamente al dogmatismo y hasta al irracionalismo; sería perfectamente compatible, por ejemplo, con el fundamentalismo religioso y su inherente anticientifismo. ¿Qué es un “exceso de conocimiento”? ¿Quién pone esos límites, precisamente para “protegernos de la verdad”? Éste es un punto del pensamiento nietzscheano oscuro y que genera frecuentes malentendidos. Pero Nietzsche no dice que el conocimiento no deba llegar hasta el final, que no debamos descender hasta ese “fondo” (aquí, naturalmente, las lecturas posmodernas clamarían que no existe tal cosa, empleando torticeramente la letra de Nietzsche como justificación de sí mismas y en contra del espíritu de éste). Todo lo contrario: dice que debemos hacerlo. Lo que señala es que habitualmente no se hace; la cultura crea dispositivos y límites de toda clase para evitarlo, para autoperpetuarse. Maticemos entonces lo dicho anteriormente: Nietzsche no es un pragmático, sino que explica que el ser humano lo es. Lo que él defiende es precisamente traspasar esos límites, ir contra lo pragmático, poner en peligro la existencia. En ello consiste la diferencia entre la verdad apolínea y la verdad dionisíaca (que pragmáticos y posmodernos no pueden o no quieren reconocer): en tener el valor y la honestidad (Redlichkeit, término que aparece frecuentemente en el texto nietzscheano, y que conlleva en alemán un matiz de seriedad) para asomarse al abismo trágico de la existencia. El concepto de la felicidad de Nietzsche depende de ello; una felicidad reformulada y no entendida ya en términos de mera supervivencia. Una alegría homérica, no asociada a la tranquilidad, sino al riesgo; a poner en juego lo que somos en favor de lo que podríamos ser. Realmente, Nietzsche no pretende reducir al ser humano a su condición natural, animal. Todo lo contrario: nos llama a superarla, a ir más allá de los límites en que nos movemos por ser sólo animales. Ahí se esconde el secreto del superhombre, del hombre absolutamente anti-pragmático.




alt="conocimiento y felicidad, caminos del logos"
 

© David Puche Díaz
y Daniel Puche Díaz, 2012.

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