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domingo, 5 de julio de 2015

ANOTACIONES ESTÉTICO-MORALES

1

La belleza artística resulta del juego de la razón con lo otro de sí, con lo misterioso que aún no domina, con la materia que le ofrece resistencia. La razón trabaja lo enigmático para crecer con ello. Pero cuando ha despojado al mundo de todo misterio y ha desacralizado la naturaleza, cuando el desencantamiento de la vida está próximo a su consumación, el arte se queda sin materia con la que realizar grandes obras. La razón autotransparente no produce belleza, no tiene con qué hacerlo. El principio de identidad liquida el arte.

2

Ahora bien, ¿cómo es esa razón que "produce" la belleza, que es juez y parte en ese juego en que se media a sí misma con lo otro? Cabe distinguir varias potencias dentro de eso a lo que llamamos "razón", entendida ella misma también como potencia, como una capacidad sociocultural, colectiva –no como algo individual; el sujeto siempre es el colectivo–. Efectivamente, si llamamos entendimiento (inteligencia) a la pura determinación de lo real (la reproducción de su legalidad que predice fenómenos), habría que llamar a esa otra potencia, siguiendo la clásica referencia a las "facultades del espíritu", imaginación. Es ella quien produce ese juego que no es el de la determinación (que va de lo universal a lo particular), sino el de la elevación desde lo particular dado a lo universal que no puede mostrarse en cuanto tal (en una relación impredecible a priori); en dicha elevación, que siempre produce un sentimiento de desazón, de incompletud, de carencia, consiste precisamente lo espiritual, que la religión reclama para sí, cuando es propio del fenómeno estético. Ciertamente es la imaginación, llamémosla “trascendental”, la que realiza ese juego de elevación, de "salida de sí". Una imaginación que, por tanto, nunca es la de un individuo: ese lenguaje "moderno" de las facultades responde a que pensamos lo que está en cada uno de nosotros (pero que está a la vez en todos nosotros) como algo propio nuestro: confusión de la potencia con su efecto consciente. El carácter trascendental no lo es sólo en relación al objeto, sino obviamente también en relación al sujeto: los trasciende, es común a todos ellos, es lo intersubjetivo que los une. Se trata de una potencia colectiva, de un juego sensorial-lingüístico del que todos participan. El artista lo es porque es la voz del colectivo; nada más erróneo y dañino para el arte que pensar que es su propia subjetividad la que interesa, la que "tiene algo que decir". La mera subjetividad no es más que arbitrariedad y solipsismo; si "conecta" con el público es porque describe su propia situación aislada y arbitraria, la cual es un cierto estado sociocultural e histórico (occidental, moderno, burgués), no algo que se dé per se.

3

Cuando la producción de belleza peligra, por lo antes expuesto, queda aún otro recurso de la expresión del espíritu: lo sublime. En él no asistimos, como en el caso de la belleza, a un juego armónico de la razón con lo otro de sí, sino a un desequilibrio: se trata precisamente de aquello que desborda la razón. Nuestra época es, como dice Lyotard (aunque habría que pensar si no estamos transitando ya hacia otra cosa), la de lo sublime, la del desbordamiento de toda capacidad representativa, la que pretende elevarse al límite mismo del pensar; ésta es la esencia del arte contemporáneo. Ahora bien, no olvidemos que lo sublime es una zona de exceso, de hýbris, de peligro. Estéticamente hablando, es un recurso de emergencia; convertirlo en estándar (la banalización de la experimentación) puede llegar a ser muy dañino para el espíritu –en el menos malo de los casos lo adormece, lo atrofia–. Podemos soportar ciertas dosis de lo sublime, pero no podemos acomodarnos en la región del exceso sin que haya peligro para nosotros. Cuando no sabemos o no podemos crear belleza, nos dedicamos –pues necesitamos ese estímulo de la razón– a exceder nuestra capacidad de representación con producciones cada vez más fuertes y arriesgadas; pero no olvidemos que lo sublime es un sustituto que puede llegar a herir nuestra capacidad de reconocer la belleza. Éste es el sino de nuestra época, entregada al exceso. Nos faltan absolutamente el equilibrio y la armonía (y reivindicarlos suena ya de por sí reaccionario, y de hecho suele serlo). Nuestra época carece de belleza, de esa que es señal de que hay espíritu. Quizá la primera sea ya inviable porque el segundo ha muerto, pero no lo creo: lo que ocurre es que su fragmentación es tal (por razones materiales) que cada vez cuesta más escucharlo. 

4

San Pablo dice (1 Cor 15:14, el versículo que mejor resume lo que es el cristianismo y por qué éste no es otra cosa que la traición al Jesús histórico) que sin la inmortalidad el mensaje de Cristo no tendría sentido, que tiene que haber una recompensa (felicidad eterna) para la virtud, garantizada por un ser trascendente (Dios). Pero es esto precisamente, la espera de una recompensa (¿qué otra cosa es la fe?), lo que destruye el sentido de su mensaje, lo que lo envilece. Dicho sentido sólo puede radicar en una praxis que se agote en sí misma, que identifique –de un modo reconocible por cualquiera– bondad y belleza; una forma, si se quiere decir así, de “imperativo categórico”. Sólo superaremos nuestra animalidad (y esto en la medida en que podamos hacerlo) y accederemos a lo más elevado de nuestra naturaleza racional (todavía en su prehistoria) cuando no esperemos recompensas por lo que debemos hacer, por lo que debemos ser. Si eso llegara a ocurrir de forma generalizada (ejemplos individuales siempre los ha habido) se superaría la contradicción esencial entre la ética y la economía (política) que define la tragedia humana, nuestro fracaso como especie. Entretanto, las grandes religiones monoteístas siguen alimentando esa situación; son productoras de egoísmo y de maldad. Por lo que me toca culturalmente, diré que, en rigor, sólo se puede ser cristiano siendo ateo. Todo lo demás es fetichismo.

5

Un principio fundamental para la constitución de la eticidad, que se da en la "comunidad" tradicional pero se disuelve en la "sociedad" moderna, y en el que apenas se repara, es la memoria. En efecto, un enorme problema ético es que nadie, en una sociedad como la nuestra, va a recordar al individuo virtuoso, diluido entre millones. Sin embargo, la eticidad se sostiene sobre las miríadas de individuos que obran con arreglo a lo correcto; aunque la aportación de cada uno al bien común sea ínfima, sin ella éste no existiría. El principio de una "regeneración moral", que tanto se pide, nunca va a ser la religión (¿no ha estado implicada ésta en las mayores calamidades de la humanidad?), sino algo estético: una memoria colectiva –la que el actual sistema tecno-económico aniquila– que atesorara el ejemplo de los virtuosos para la posteridad, erigiendo bellos monumentos a sus acciones desinteresadas.  

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Sólo con las adecuadas condiciones materiales de vida se crea el espacio dentro del cual puede haber moralidad; sin ellas involucionamos rápidamente al homo homini lupus. Los diferentes sistemas morales son resultados complejísimos (y nunca diseñables a voluntad, pese a Nietzsche) de redes socioculturales, económicas, ecológicas, etc. Son, de hecho, la reestructuración continua de la subjetividad dentro de estas últimas. La moral es por su propia naturaleza algo cambiante, pero su paradoja es que debe plantearse como algo objetivo e invariable para obtener su legitimidad, su poder de convicción. La reacción conservadora es el intento de mantener vivo lo que "siempre ya" ha sido sustituido.

7

A propósito de Nietzsche: la nuestra es, no cabe duda, una sociedad de frustración y resentimiento. Éste surge de la impotencia ante las cosas o ante los otros, de lo que se quiere pero no se puede conseguir (aunque se cree poder hacerlo), y que se vuelve contra uno en forma de representación obsesiva del fin irrealizado, la cual llega a convertirse en definitoria del sujeto –individual o colectivo–. Esa irrealización supone un dolor, pero no es como el dolor estético antes mencionado; más bien es todo lo contrario. Un ser que pudiera conseguir todo lo que desea no experimentaría jamás frustración ni resentimiento; su voluntad se traduciría inmediatamente en lo real, agotándolo, y no habría ningún "resto" que se volviera contra él. Pero tal ser sería Dios, evidentemente: ningún ser humano, finito, podrá jamás ser así, de modo que, por poderoso que se sea, siempre habrá un cierto dolor, una carencia. La clave está en controlar lo que se desea, pero sin llegar al extremo –propio de filosofías orientales, y del que se hizo eco Heidegger– de negar la voluntad (no podemos negar nuestra animalidad ni nuestra inserción en un mundo de necesidades). Hay que transitar por complicados caminos intermedios para exorcizar continuamente ese resentimiento. Ambos extremos –la aspiración a la plenitud, por un lado; la ataraxia, por el otro– pretenden algo inhumano, impropio de una vida vivida, que se halla en continua tensión y movimiento, en perpetuo reajuste. Por ello mismo, hay que tener suficiente humor en la vida, aun en la desgracia (la vida es ante todo tragicomedia), e ironizar sobre lo que está más allá de nuestro alcance, siempre que ello no nos lleve al simple cinismo por el cinismo. Hay que intentar conjurar de forma bella, artística, lo que nos duele. Convertirlo así en algo realizado (aunque de segundo orden), en una acción o producto (narración, canción, poema, pintura, etc.) que dé salida a esas representaciones dolorosas. Y la clave está, naturalmente, en que hay que formarse para ello, en que hasta ahora nunca hemos sabido hacerlo como sociedad (yo entiendo que el ideal nietzscheano del Übermensch iba por aquí). Por eso cada cual busca su remedio particular (drogas, religión, consumismo), a cuál más inútil. Sólo son formas de aplazamiento de lo inevitable.

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