viernes, 31 de enero de 2020

METAFÍSICA Y PRAXIS

¿Tiene aún vigencia el discurso metafísico, en esta época de descrédito? Sí, siempre que sepamos replantearlo en función del estado del conocimiento actual de la humanidad, y no como una simple repetición de los clásicos. Estás en CAMINOS DEL LÓGOS, página web de filosofía y crítica cultural. También es el nombre de la revista digital (ISSN 2659-7489) que publicamos semestralmente. 


Metafísica y ética (o El mundo y el bien), por D. D. Puche | Caminos del lógos. Filosofía contemporánea.



Ontología y metafísica | Artículos

METAFÍSICA Y PRAXIS

Sobre el estatus discursivo de la metafísica




Un artículo de D. D. Puche


La filosofía, por lo menos en el espacio académico y editorial, parece haber expulsado definitivamente el término "metafísica" de su acervo conceptual, lo cual la reduce cada vez más a una suerte de reflexión metodológica de las ciencias humanas, y hasta cierto punto de las sociales. No perder el vínculo con ese terreno conceptual, sin embargo, es vital para ella, y constituye de hecho lo único que permite hablar de una filosofía, en vez de una suma de "filosofías de", parceladas y especializadas, que van deshilachándose y perdiendo profundidad y fuerza teórica (y así, por último, vigencia cultural). 

Puede parecer paradójico que diga esto alguien que se ha dedicado en los últimos años a la defensa de una filosofía materialista; no debería serlo para quien lea sin prejuicios, sin proyectar sus sesgos y prejuicios sobre lo leído (aunque, como he comentado en varias ocasiones, nadie lee). Que el ámbito de nuestra experiencia, en cuanto a lo cognoscible y a lo práctico, esté delimitado por lo material, no quiere decir que debamos renunciar a preguntarnos por el sentido de nuestra existencia y por el tipo de fines que perseguimos en ella. Siempre, eso sí, de esos límites, que establecen las ciencias; una filosofía construida al margen de o contra la ciencia es un delirio intelectualmente psicótico, que lleva a creer que se puede cambiar la realidad mágicamente; es "metafísica" en el sentido más despectivo y vulgar del término, el que ha calado socioculturalmente y es causa del descrédito de la disciplina. 


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En realidad la metafísica, que ciertamente no es "conocimiento" ni puede reclamar un ámbito objetivo propio (como la propia filosofía, de la que es alma, no es un saber sustantivo), se mueve, como bien decía Kant, en el ámbito práctico. No es que vaya a sostener aquí lo mismo que él, pues el de Königsberg entendía la metafísica como el campo de los objetos que no podemos conocer, pero sí deducir del factum mismo de nuestra moralidad, del cual retrospectivamente son condiciones de posibilidad. Lo que sí sostengo, y en ello hay un parentesco con el discurso kantiano, es que la metafísica no tiene nada que ver con objeto alguno (pues no hay "objetos metafísicos"), sino con el ámbito de nuestros fines, que estructura y ordena como totalidad de sentido. Esto tampoco puede hacerse al modo de Scheler, es decir, como una jerarquía de "valores" que existen de suyo, ya que esos fines, como tales, no se nos presentan, así que hemos de llegar a ellos mediante un trabajo más complejo y siempre inacabado.

Volviendo a Kant, éste consideraba que la esfera práctica, de la que se ocupó en la segunda Crítica, posee una legislación propia, la cual tiene que ser compatible con la de la naturaleza (la esfera teórica), o de lo contrario no sería realizable, ni por tanto obligatoria; sin embargo, nunca puede deducirse de ella. Lo realmente interesante, por lo menos en cuanto al tema que nos ocupa, no es ya la legislación práctica, sino la cuestión de esa compatibilidad, cuya posibilidad sienta en la Crítica del juicio; allí muestra que la legislación natural puede admitir fines compatibles con las relaciones causales. Para hacerlo, introduce el análisis del juicio reflexionante, aquel que, en la experiencia estética (que pone en marcha un "libre juego" de nuestras facultades), revela la existencia de una "finalidad sin fin", o sea, la búsqueda de un concepto ("fin") que no se nos da, pero que subsume de cierta forma la multiplicidad empírica que queremos pensar, esto es: que en su ausencia como tal concepto, es sin embargo lo único que organiza con sentido esa multiplicidad, pero lo hace de forma compatible con cualesquiera otras síntesis teóricas del mismo material empírico. Esa concordancia a priori de nuestras facultades (sensibilidad y entendimiento, a través de la imaginación productiva), como si hubiera regla, pero sin haberla (en eso precisamente consiste la belleza), permite hablar de un sensus communis que era para Kant, por así decirlo, el soporte ontológico de la posibilidad del acuerdo acerca de aquello para lo cual no hay legislación, que sólo poseen el conocimiento y la moral. De este modo, "fundamentaba" a través del juicio estético (que va mucho más allá de lo "meramente estético") un ámbito discursivo que existe sólo gracias a aquellos otros, y que se mueve entre los límites que ellos le imponen, pero que no se reduce a ellos. Un ámbito que, siguiendo líneas de trabajo totalmente diferentes, Gadamer explorará como el territorio de la hermenéutica, Arendt como el de lo político y Habermas como el de lo comunicativo


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Pues bien: es lo metafísico, tal y como yo lo entiendo, lo que habría que localizar en este tertium quid "estético" del planteamiento kantiano (y no, como Kant estableció, en postular "objetos supraempíricos"). No tiene que ver, por tanto, con esa tercera pregunta de la filosofía ("¿qué nos cabe esperar?"), que interroga por lo trascendente, sino más bien con esta otra: "¿cuál es la estructura del mundo (la "totalidad de sentido" que mencionamos antes) en el que transcurre mi existencia, y hacia dónde debo orientar ésta?". Porque el mundo, tal y como empleo este término (el entramado material-simbólico en que existimos), nunca se presenta como tal, no es un "metaobjeto" ni una "suma de todos los objetos"; es el escenario siempre ausente en el que cobran sentido nuestros actos, y por tanto, éste no es un "asunto teórico", sino, a lo sumo, teórico-práctico: tengo que tener en cuenta a los otros, con los que comparto mundo, y sin los cuales, de hecho, no habría mundo

Al contrario que Kant, considero que lo moral no es un ámbito con legislación propia (sólo el conocimiento lo es), sino que se construye históricamente como un precario equilibrio dinámico, a menudo contradictorio e irrealizable (es siempre un ideal), entre lo económico, lo demográfico y lo ecológico, además del componente sentimental que depende directamente de nuestra naturaleza de mamíferos/primates, o sea, animales considerablemente empáticos. Por eso mismo, la moral no necesita de la filosofía: ha existido desde siempre, mucho antes de que los primeros filósofos empezaran a preguntarse por la consistencia de lo real. Otra cosa es que la filosofía, que se pregunta por las condiciones de racionalidad de la moral (y esto quiere decir: por sus condiciones de universalidad y aplicación a situaciones concretas), pretenda "enderezarla", reorientarla allí donde la encuentra perdida o ha sacralizado normas ya obsoletas que perdieron hace mucho su sentido práctico. Lo ético no es un ámbito, así pues, de legislación (determinante), sino uno afín a lo estético (reflexionante), por cuanto obliga a moverse en esa finalidad sin fin, o sea, a buscar el concepto que no se puede extraer de lo empírico, pero que ha de dar sentido a lo empírico, lo cual presupone una posibilidad de concordancia entre seres racionales. Esa posibilidad surge evolutivamente con la inteligencia, pero no se reduce a algo meramente adaptativo, sino que tiene una dimensión finalística. La ética, quiero decir con todo esto, presupone un mundo en el que lo que hacemos tenga sentido. Y la filosofía, concretamente la metafísica, es la cartografía del mundo, es más, es la planificación de un mundo, por la sencilla razón de que el mundo heredado, en sus formas culturales intuitivas y preteóricas, ha fallado, porque nos encontramos huérfanos de sentido. Éste es el hecho al que la filosofía se enfrenta desde el siglo VI a. C., lo que motivó su aparición. El mundo así entendido, como decía antes, no es un objeto de conocimiento, por descontado (no es "el universo", concepto físico, incluso aunque sea coextensivo con él). Lo que hace la metafísica no es "cosmología", y la vieja "cosmología racional" es ya de todo punto imposible. Más bien es una suerte de cosmosofía. Un discurso práctico con un plano micro (ética) y otro macro (política).


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Ése es el trabajo de la reflexión, que es el ejercicio mismo de la filosofía, en cuanto razón intentando pensarse a sí misma. Mientras que el conocimiento (por antonomasia, la ciencia) busca la verdad (en el terreno de lo objetivo), la reflexión se pregunta por el sentido (el marco de aprehensión de lo objetivo como tal). Si el conocimiento tiene por correlato la realidad (de la que se ocupa la ontología), la reflexión lo halla en el mundo (tarea de la metafísica, distinta de la teología, que se ocupa de lo "supramundano"), en el cual se despliega el sentido. La reflexión es así el "motor" de la metafísica, y consiste en la producción del concepto que permite comprender una multiplicidad problemática (apagogé) pero que no se puede obtener por inducción o abstracción a partir de ella (epagogé) ni deducir de otros principios superiores (epistéme); al proporcionar una determinada comprensión, en este caso del mundo, le da un sentido (que aspira a ser intersubjetivo, universalizable) a nuestra existencia y, así, la orienta hacia ciertos fines. Porque la cuestión es ésta: los fines de la existencia, lo racionalmente deseable y realizable, sólo puede perfilarse sobre un trans-fondo que lo "sostenga", una totalidad estructurada. Ésta es lo que llamo mundo, que la metafísica evidentemente no crea, sino que expone teóricamente. Esa exposición nunca será "verdadera" o "falsa", sino hermenéuticamente potente y dialécticamente sólida (para lo cual, eso sí, habrá de tener fuertes puntos de anclaje en la ciencia, o correrá el riesgo de devenir teología; la metafísica nunca puede fundamentar la ciencia, sino que se nutre de ella). Además, y a esto seguramente se le ha prestado menos atención de la debida, esa teoría deberá ser prácticamente motivadora, pues no se "verifica" en un experimento, sino que se "realiza" en nuestra praxis. Por ello, el lugar que debe reclamar la filosofía no es jamás el de la ciencia (lo cual es un desvarío narcisista), sino el de la religión, con la que se disputa ese terreno de los fines, al que pretende dar la racionalidad (universabilidad argumentativa) que la religión no posee. Eso sí, partiendo de una gravísima e insuperable carencia: que al no ser la filosofía asunto de fe, nunca tendrá la fuerza emocionalmente persuasiva de la religión.  

Si renuncia a la metafísica, si se conforma con ser mera "filosofía de", un saber auxiliar de las ciencias (epistemología) o simplemente la propedéutica de las mismas, la filosofía pierde su dimensión esencial. Y lo que es peor: deja de desempeñar su función propia. Esto se compadece con una época nihilista como ésta, una época de sinsentido generalizado, de pérdida de marcos de referencia, de vida errática que nada ni nadie parece capaz de ubicar. Un materialista, como el que escribe esto, no puede sin embargo renunciar, como filósofo, a reflexionar acerca del mundo y proponer marcos teóricos que orienten la vida, los cuales nunca será deducibles de los hechos ni de sus condiciones materiales. Éstas delimitan lo posible, pero no lo deseable; lo ideal no existe al margen de la materialidad, pero tampoco se deriva de ésta, sino que se apoya en ella para saltar más allá. En eso ha consistido siempre el trabajo fundamental de la filosofía: la búsqueda de la sabiduría. ¿Qué es ésta, si no? ¿Qué tipo de saber es ese que buscamos, a qué otra cosa habría de aspirar? La sabiduría, así pues, presupone la reflexión sobre un mundo; la hay sólo en relación a éste. La filosofía comparte con la religión el proponer fines; con la ciencia, la cuestión de los medios racionales para alcanzarlos; y con lo estético, el que su perspectiva, el lugar desde el que "mira", no responde a un protocolo lógico o empírico, sino a la reflexión, que es a la teoría lo que al arte es el gusto (tras el cual Kant encontraba el sensus communis); naturalmente, la filosofía opera con conceptos abstractos, mientras que el arte lo hace con formas empíricas. En otras palabras: si la religión se ocupa del bien (que la filosofía le disputa), la ciencia de la verdad, y el arte de la belleza, del cuarto trascendental, la unidad, se ocupa la metafísica, proyectando un mundo. Sin ella, la filosofía se queda sin cuerpo, sin consistencia teórica desde la que proponer fines.

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La fundamentación de nuestra existencia como seres racionales nos impulsa a buscar algo que no sea la simple autoperpetuación adaptativa (para la cual basta la inteligencia, la capacidad de poner medios para fines), sino que trascienda ésta hacia "algo otro", hacia unos fines puestos por la razón. Y tales fines jamás tendrán sentido al margen de un determinado mundo. Así, el mundo y el bien son dos caras de una misma moneda; no puede haber uno sin el otro. Vivir "sin mundo", como pasa en un contexto nihilista, es vivir sin una aspiración racional, es ir solucionando problemas sin saber adónde queremos llegar con ello (a lo sumo, a vivir cómodamente, pero sin propósito). Es vivir sin un para qué, con lo psíquica y socialmente devastador que la experiencia contemporánea nos dice que eso resulta. Las alternativas a semejante "debilidad de mundo", a este desarraigo, como estamos comprobando históricamente, son el sinsentido absoluto del mercado o la involución a fanatismos políticos (fascismo, nacionalismo) o religiosos.



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