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domingo, 10 de marzo de 2019

NUEVOS MODOS DE VIDA



En un contexto de crisis demográfica, ecológica, energética y económica como el que se avecina (bastante más grave que todo lo ocurrido hasta ahora), la población de los países desarrollados debería ir acostumbrándose a adoptar una serie de cambios en sus hábitos. No ya por "solidaridad" o para hacer más "sostenible" su modelo de vida, sino porque, en cualquiera de los casos, una más que probable involución del nivel de vida alcanzado en las últimas décadas llevará a ello. Y lo que no se vaya haciendo voluntariamente y con suficiente antelación, terminará haciéndose bruscamente y de modo traumático. Naturalmente, todas estas reflexiones asumen que no se produzca una gran revolución política y tecnológica (¡ambas cosas!) que cambie drásticamente el curso previsible de los acontecimientos. Pero hay que hacer planes en función de la situación actual, no de la que se espera que haya (esto último es lo que están haciendo los líderes políticos mundiales). El futuro de la tecnología es altamente impredecible, pues ésta tiende a desarrollarse en direcciones imprevistas: hoy no tenemos coches voladores ni vivimos en ciudades en la Luna, pero sí tenemos teléfonos móviles, internet y una ingeniería genética que ni siquiera se habían imaginado en los años cincuenta. A saber cómo cambiará todo en medio siglo. Pero, a partir de lo que hoy sabemos y tenemos, deberíamos ir preparándonos para lo siguiente:

1. Un consumo energético mucho menor, lo que pasa no ya por evitar despilfarros, sino por recortar drásticamente el gasto de luz, gas y agua. Entre otras cosas, habrá que usar menos la calefacción y el aire acondicionado; de hecho, éste irradia calor fuera de los edificios, lo cual retroalimenta su necesidad. Habrá que abrigarse mejor en invierno, incluso en casa (la "pobreza energética" entendida como normalidad), o depender de aparatos eléctricos de menor consumo, como calefactores en invierno, ventiladores en verano, etc.

2. En relación a lo anterior, una dependencia menor del vehículo propio. Sencillamente, no hay combustibles fósiles para sostener el parque automovilístico mundial, que no deja de crecer por las economías emergentes; y en cualquier caso, la contaminación resultante no sería ya tolerable. Hay que asumir una mayor dependencia del transporte público (impulsado por electricidad o gas) y compartir los vehículos privados. Los coches eléctricos son hoy por hoy una solución un tanto utópica a este problema, pues no hay potencia eléctrica instalada suficiente para alimentar un parque automovilístico eléctrico mundial (ni remotamente). Además, aunque así fuera, la factura eléctrica se dispararía, en un contexto de crisis energética como el descrito en (1). Por otro lado, está el problema de los puntos y el tiempo de carga de las baterías, que llevaría a otros cambios en nuestro modo de vida hoy poco planificados.

3. A medida que la franja del ecuador y los trópicos entre en dinámicas de inestabilidad ecológica creciente que la hagan inhabitable en cada vez más longitudes del planeta (debido a las temperaturas insoportables, las precipitaciones o sequías devastadoras, los ciclones, etc.), habrá más migraciones hacia el norte y el sur. Los habitantes de estas zonas, quieran o no, se encontrarán ante una presión inmigratoria terrible y tendrán que disponer medios para canalizarla de algún modo. Los equilibrios de estas sociedades van a cambiar sensiblemente, lo cual dará lugar a todo tipo de fricciones. La reacción nacionalista y religiosa va a ir in crescendo, pero no va a evitar el problema y la necesidad de hallar líneas de mínima resistencia. En el caso de España, la mitad sur va a ir siendo devorada por sequías y se desertificará en gran parte; ciertos cultivos (especialmente de regadío) terminarán por perderse irreversiblemente y habrá que hacer reformas drásticas en el modelo económico o, sencillamente, caer en el subdesarrollo. Hay que trasladar unos cuantos percentiles del PIB a ciencia y tecnología, lo cual va a ser traumático para los ámbitos de donde se recorten (y encontrará resistencias pueriles de sectores que dirán que son medidas "neoliberales"), pero hay que ir educando a la población para que lo asimile. España debe convertirse en una potencia productora y exportadora de energía, tanto solar (construyendo inmensos bosques de placas donde ahora hay agricultura poco eficiente y absurdas extensiones de cotos de caza y otras tierras improductivas) como olamotriz. Y por supuesto, habrá que hacer inmensos gastos en desalinizadoras, tanto en su compra como en el desarrollo de esa tecnología.

4. En cuanto a la demografía: habrá que tener más hijos para evitar el colapso. La inversión de la pirámide sociolaboral ya empieza a perfilar un futuro en que las pensiones sean totalmente inviables, pues habrá más jubilados que trabajadores. Pero tener más hijos choca frontalmente con el individualismo hedonista y narcisista actual, condicionado por el capitalismo y paradójicamente reforzado por la izquierda. Como en los puntos anteriores, guste o no, habrá que regresar a un modelo social basado en la familia (una familia entendida como "unidad de producción biológica"), la cual, además, como se ha demostrado en la actual crisis, es el principal núcleo de protección contra el capitalismo (complementario del Estado, y de hecho, mucho más eficiente en la práctica). Tarde o temprano habrá que revisar unas políticas sexuales encaminadas a producir individuos atomizados que sólo buscan su satisfacción sexual y estética. Quizá la libertad individual radique en eso, pero es incompatible con la sostenibilidad social. Y soluciones del tipo "que tengan hijos los inmigrantes" sólo son el aplazamiento de un problema estructural en nuestro modelo de vida que es inevitable afrontar. Por lo demás, considerar a las mujeres inmigrantes como las incubadoras que han de parir los hijos que aquí no se tienen es de un absoluto clasismo (que seguramente se tenga a sí mismo por "progresista"), pues da por hecho que no querrán (o no deberán) incorporarse al mismo estilo de vida que aquí lleva a la crisis de natalidad. En cualquier caso, esa "solución" tampoco evitaría el colapso a largo plazo.

5. Habrá que intensificar la vida comunitaria y aprender a compartir recursos, ya sea en pueblos o en barrios urbanos. La vida futura deberá caracterizarse por el comunitarismo, dando un decidido paso más allá del mero "asociacionismo". No hablo de un comunismo estatalista, sino de la organización de proximidad para distribuir recursos. Determinadas luchas sociales futuras no serán tanto para que el Estado se encargue de ésta como para evitar que la restrinja mediante políticas fiscales destinadas a beneficiar a las grandes empresas. En un contexto semejante, la moral mutará para girar en torno al servicio al colectivo próximo, y sus principios presumiblemente tendrán que ver con la austeridad, el trabajo y la vida ejemplar de cara al grupo; la hospitalidad y la generosidad a la hora de compartir bienes, habilidades y conocimientos seguramente serán factores clave. Dados los puntos anteriores, lo próximo se convertirá en el escenario central de la vida, la cual perfectamente podría orbitar alrededor de centros comunitarios (laicos o religiosos) donde se realicen diversas actividades de servicio mutuo, se intercambien bienes u horas de trabajo, se cuide colectivamente de los niños, etc. Seguramente las comunidades con mayor arraigo religioso tendrán mucho más fácil dar estos pasos. La sostenibilidad de la vida pasa por la propiedad colectiva no estatalizada (con independencia de que ésta también exista en determinados sectores estratégicos). 

6. En general, el estilo de vida será necesariamente más humilde que el del Bienestar, esto es, sin lujos y sin muchas de las actuales comodidades. Seguiremos disponiendo de gran parte de las tecnologías actuales, y en ciertos ámbitos de otras mejores, pero en otros, sobre todo en el doméstico y urbano, se producirá seguramente un ligero retroceso debido a su insostenibilidad energética, ecológica y quizá hasta laboral. Espero equivocarme en esto también, pero me temo que por ahí irá la cosa. Coexistirán altas tecnologías con otras mucho más rudimentarias. Las casas serán más humildes. Habrá muchos menos vehículos de motor en las calles. Todo lo que no potencie las redes locales de distribución de bienes y servicios terminará en una dependencia calamitosa, por parte de población, de agentes externos (empresas o el Estado), precisamente aquellos que empezarán a fallar por la crisis económica. En esta coyuntura, el pequeño comercio, que ya hoy está desapareciendo a un ritmo vertiginoso, tampoco lo tendría fácil para sobrevivir; la economía colaborativa (la real, no el modelo Über, Glovo o Deliveroo) no parece muy compatible con él. La supervivencia de las nuevas comunidades pasará, según esto, por un regreso al sector productivo primario que, sin embargo, habrá de simultanearse con otro tipo de ocupaciones. Todo ello producirá sinergias difícilmente predecibles.

7. También la dieta, en consecuencia, tendrá que ser más humilde, de temporada, y dependiente de orígenes próximos. Habrá que acostumbrarse a prescindir de azúcares y grasas industriales y de muchos alimentos tratados actualmente disponibles, pero igualmente habrá que dejar de estigmatizar los transgénicos, en la medida en que estén disponibles. Entre los grandes cambios a realizar está abandonar al consumo de gran parte de la carne y el pescado que hoy se consumen, tanto por su agotamiento como por la contaminación que produce esa industria. La carne de res (especialmente la vaca) prácticamente desaparecerá de la dieta, mientras que se consumirán más aves de corral, cereales, legumbres y verduras. En las ciudades, si se ha de evitar su colapso, tendrá que haber huertos urbanos, generadores solares, recicladores de residuos en cada edificio, etc.

8. Habrá que ver qué pasa con la implantación futura de una Renta Universal Garantizada. Con todos los problemas que ésta conlleva en el plano teórico (inflación, amplio estancamiento de la movilidad social, etc.), no se perfilan hoy muchas alternativas (o son mucho peores) a la automatización del trabajo, si es que el consumo ha de permanecer en términos relativamente sostenibles y la economía funcionando aun por debajo de niveles pretéritos. Ese factor históricamente inédito, la separación de trabajo y renta, podría dar lugar a nuevas formas de vida tan alternativas que ahora mismo son difícilmente imaginables.  Pero habrá que ver, ciertamente, las posibilidades de tal implantación, sobre todo en relación al resto de factores.

9. Como decía, no podemos predecir con precisión las tecnologías de las que dispondremos en el futuro, hoy por hoy totalmente especulativas. Pero si en un futuro próximo (unas pocas décadas) contamos con energía de fusión nuclear eficiente (enormes cantidades de energía barata y limpia), muchos de estos factores se verían aliviados o evitados (no así los que tienen que ver con la dieta o la reproducción, por cierto). Naturalmente, si se pudieran limpiar la atmósfera y los océanos, o "cultivarse" la carne y el pescado gracias a la industria bioalimentaria, todo cambiaría drásticamente a mejor. Pero, por supuesto, se convertirían inmediatamente en negocios con los que grandes multinacionales someterían a partes enteras del mundo; que nadie se figure panaceas en este sentido. Aun así, serían alivios para un futuro que se presenta bastante negro para cualquiera mínimamente informado. En un mundo en el que el internacionalismo político, económico y jurídico va en retroceso, el aislacionismo será el escenario por defecto, y por tanto la autonomía va a ser necesaria. Los próximos experimentos de Rusia para aislarse de internet dicen mucho al respecto. El mundo próximo no va a ser cómodo ni hospitalario.

10. En resumen, habría que ir mentalizándose para asumir una ética estoica y comunitaria que es todo lo contrario del estilo de vida que la sociedad del consumo nos ha preparado para ser. Lo que aquí esbozo no apunta a un "decrecimiento voluntario" porque sea "más justo", "solidario con el Tercer mundo", etc.; más bien, a hacer menos traumático lo que en cualquier caso ocurrirá. Hacen falta éticas y estilos de vida acordes con esta nueva "medievalización". Y eso atañe también a unos movimientos antisistema, anticapitalistas, etc., que en el fondo lo que quieren es repartir una riqueza generada por el capitalismo que presuponen que va a seguir existiendo; no asumen que, con la crisis de desvalorización del capital en que ya estamos metidos, y que sólo se va a acrecentar, los recursos a distribuir van a ser cada vez menores y no se va a poder seguir siendo un burgués generoso con la conciencia tranquila. O la izquierda vuelve a ser algo parecido a lo que fue, en vez de la "sección transversal" del capitalismo terminal, o desaparecerá y dejará paso, por la fuerza, a canalizadores del esfuerzo colectivo de células productivas de base que no necesitarán de tal ideología para existir. 





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