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martes, 6 de noviembre de 2012

WELTGESCHICHTE

Sí que hay una Weltgeschichte (“Historia universal”), propiciada por la globalización. La posmodernidad yerra al negarla y pretender diseminarla en una infinidad de "relatos". Y hace tal cosa, irónicamente, con cierto etnocentrismo, pues niega que la haya al comprender que su protagonista ya no puede ser Occidente. Pero hay otra forma de entenderla. Existe tal proceso, aunque "nosotros" no seamos sus protagonistas; eso es lo que los posmodernos no han querido ver. Hay un proceso histórico global, y éste tiene protagonistas, pero Occidente no es el sujeto. De hecho, la Weltgeschichte exige que, sentadas sus bases por el desarrollo capitalista occidental, Occidente caiga para propiciar la aparición de su (nuevo) sujeto. Éste es, sin duda, Oriente. El momento histórico en que nos encontramos es el del ocaso de la cultura occidental. Como cuando cayó Roma pero los habitantes del imperio, en algunos de sus rincones durante siglos, siguieron creyendo en su existencia. Ahora todo es más rápido, pero tardaremos décadas en darnos cuenta de que los EE.UU. han caído, y nuestro mundo en general. Occidente ha consumado su destino no sólo por la magnitud de la actual crisis (de la cual, tarde o temprano, dirán los economistas que "hemos salido"), sino porque ahora, al contrario que en otras anteriores, hay quien puede y quiere ocupar su lugar. La exterioridad se va a conventir en el centro. Asia está llamada a poseer la hegemonía, como América lo hizo durante el último siglo (algo que Hegel ya había pronosticado en el primer tercio del siglo XIX). La Weltgeschichte es un proceso de exteriorización que se aleja progresivamente de Europa, su cuna. Finalmente parece que va a haber un "final de la historia", sí, pero no como lo entendió la filosofía de la historia, ni mucho menos como Fukuyama y otros ideólogos liberales: el final de la historia es la inmolación de Occidente al proceso por él comenzado y que ahora otros van a continuar. China deviene hegemónica sin pegar un solo tiro, aunque tendrá que llegar el día de la escenificación de su victoria, el día en que no sólo haya triunfado de facto, sino también de iure. Una suerte de "astucia de la razón" –de nuevo con Hegel–: la victoria del comunismo (si es que se puede llamar así al despiadado capitalismo de Estado chino) mediante la gloriosa autoinmolación del neoliberalismo en el altar de sus contradicciones.