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miércoles, 4 de febrero de 2009

SUBJETIVIDAD

El mayor problema a la hora de mostrar al público en general, a la conciencia natural depositaria del "sano sentido común", el papel que la filosofía ha jugado desde siempre en la creación de eso que llamamos "occidente", es que sus resultados, si bien fundamentales, nunca son inmediatos. La gente, y tanto más en una época como la nuestra, quiere dosis concretas y breves de información (nada de largos discursos que parecen dar vueltas interminablemente a su objeto), y, sobre todo, resultados útiles y a corto plazo. El valor de un conocimiento debe traducirse de forma más o menos inmediata en la capacidad de su "usuario" para hacer o producir algo; de lo contrario, dicho conocimiento queda descalificado como "inútil" y "especulativo" (términos que en otras épocas fueron señales de distinción, seguramente de un modo tan erróneo como ahora lo son peyorativos).

Efectivamente, un saber como el filosófico está desconectado de toda posible producción material o concreción técnica, y cuando ha pretendido actuar directamente sobre la sociedad como palanca de cambio de grandes movimientos, los resultados han sido muchas veces desastrosos. El problema, fundamentalmente, radica en las prisas. Los efectos de la filosofía sólo a muy largo plazo se dejan notar, aunque de un modo inevitable. Lo que produce la filosofía no es nada objetivo, en efecto: es la pura subjetividad que nos constituye como los seres humanos que somos (la "persona", del griego prósopon, "máscara", es ya una determinación ontológica del ser humano, entre otras muchas posibles), y la que construye, por tanto, el mundo y el entramado de sentidos al que pertenecemos, cosa que ninguna ciencia particular puede hacer.

Siempre se olvida lo que la filosofía ha dicho, aunque en cada frase que pronunciamos aparecen conceptos legados por ella al lenguaje ordinario (y, por tanto, a la trama conceptual que inconscientemente y en un sentido impreciso usamos todo el tiempo, o mejor dicho, en la que estamos). Nos hallamos atravesados por conceptualizaciones filosóficas: pero por ser nuestro horizonte intelectual, el que configura los elementos últimos de nuestro pensamiento y nuestra acción, no nos damos cuenta de ello.