Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión metafísica (I). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión metafísica (I). Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de marzo de 2013

REFLEXIÓN METAFÍSICA (I)

«La metafísica es un preguntar en el que preguntamos 
en el conjunto de lo ente, y en el que preguntamos 
de tal modo que nosotros mismos, los inquirientes, 
somos puestos conjuntamente en la pregunta, 
somos puestos en cuestión».
M. HEIDEGGER, Los conceptos fundamentales de la metafísica.


Nótese que, tras todo lo dicho, todavía no hemos dado una definición clara de la metafísica, como sería de rigor en toda presentación de una disciplina. Afirmar que la metafísica es la “teoría de la realidad”, o la “ciencia del ser”, o del “ente en tanto que ente”, o “de lo que está más allá de la física”, no deja de ser una definición nominal, extrínseca de la materia, que no termina quizá de profundizar en ella. Pero, de todas formas, estas consideraciones previas no han estado de más para ir aproximándonos al asunto.
Ocurre, en efecto, que es tan difícil definir la metafísica como la propia filosofía, lo cual no es casualidad, puesto que podría decirse que son coextensivas. [Ahora bien, ¿no habíamos dicho que era una parte de ella? ¿Cómo pueden entonces ser coextensivas? Con la metafísica siempre pasa esto: se tienen que ir redefiniendo las afirmaciones previas a medida que se avanza. Ocurre esto: la realidad (de la que se ocupa la metafísica) engloba todo cuanto hay, así que cabría decir que, en realidad, las demás ramas de la filosofía son partes de la metafísica o surgen de ella como de un tronco común.] Hay tantas formas de entender la metafísica como filósofos (o a lo sumo corrientes o escuelas de pensamiento), y proporcionar una definición única dejaría sin duda muchas otras concepciones fuera. De todas formas, tampoco debe entenderse esa variedad de enfoques como una rapsodia en la que cada autor sostiene las ideas que buenamente le parecen, sin relación a los demás; no, lo que denominamos en general “la metafísica” es el campo dialéctico en el que esos diversos pensadores han dado respuestas a unos problemas comunes, o incluso planteado nuevas preguntas (como debe hacer toda genuina filosofía) que pasan a formar parte de un acervo conceptual común; todos esos discursos se responden los unos a los otros, en realidad, y ello con independencia de que medien siglos o milenios entre ellos. Esta multiplicidad de respuestas en torno a ciertos interrogantes comunes es lo que llevó a Kant a decir que la metafísica es «el campo de batalla» de «inacabables disputas», ante las que, sin embargo, «es inútil la pretensión de fingir indiferencia». Y es que esas cuestiones son constitutivas del ser humano, son definitorias de nuestra condición en cuanto que seres racionales y finitos, por lo que en toda época vuelven a plantearse, si bien de forma adecuada a ciertos factores históricos. Los diferentes autores, ciertamente, no son “libres” de decir “lo que quieran”, sino que se ven compelidos por una serie de condicionamientos teóricos, culturales, científicos, etc., entre los cuales se cuentan los discursos que les han precedido y que no pueden ignorar.
Pero, ¿de dónde esa irreductible multiplicidad discursiva que afecta tanto a la filosofía como a la metafísica? ¿No habría una forma de “poner de acuerdo” a los diferentes filósofos que se ocupan de estas cuestiones, como ocurre en toda ciencia? Éste es el problema fundamental, por supuesto. Y su razón de ser es la siguiente: toda ciencia, en la medida en que lo es, tiene un objeto y un método determinados. Y la filosofía o metafísica carecen de ambas cosas. Hablar del “ser”, del más general y vago de los conceptos, no puede considerarse un “objeto” que cumpla esa condición epistemológica, precisamente porque no puede deslindarse de otros objetos para su estudio: los engloba todos. Y en la medida en que no se tiene un objeto determinado, tampoco se puede determinar cuál es el método apropiado para él, evidentemente.
Ésa es la grandeza y la miseria de la metafísica, y de toda filosofía en general: que por ser la disciplina con mayor extensión, es asimismo la de menor intensión; que por ponerse en el punto de vista más general y abarcador de la realidad, posee menos exactitud que cualquiera de las ciencias particulares en su ámbito específico. Dicho vulgarmente: “quien mucho abarca poco aprieta”. La filosofía primera –otro nombre tradicional de la metafísica, como ya hemos mencionado antes, de origen aristotélico (de hecho, el nombre que él emplea, con deliberada ambigüedad, para esta disciplina)–, la ciencia más universal, es tal vez la más imprecisa de todas. Cuanto menos, la más polémica. Es por ello que Aristóteles se refiere a esa “ciencia del ente en cuanto ente”, cuya existencia parecía afirmar en un principio, como “la ciencia buscada”. Se trata de todo un proyecto intelectual, de algo que hay que crear, más que de algo dado, COMO MUY BIEN SEÑALKA aUBENQUE. 
La metafísica pretende ante todo problematizar ciertas cuestiones, más que responder a las mismas. Entiéndase esto: no es que cada autor o cada escuela no intente dar respuestas a los problemas que plantea; pero lo más importante es el modo en que se plantean nuevos interrogantes ante cuestiones donde antes aparentemente no los había. En esto, como en su amplitud, difiere la metafísica de cualquier ciencia particular: si éstas “hacen su trabajo” en la medida en que responden a una pregunta o solucionan un problema, la metafísica busca problemas, hace preguntas nuevas (o actualiza viejas preguntas esenciales dándoles una forma acorde al tiempo vigente); su propósito último es hacer visibles asuntos antes (o siempre) invisibles a la conciencia común. Para ello debe trascender los ámbitos habituales de nuestra experiencia (incluyendo el científico), y de ahí la sensación de extrañeza y lejanía que puede provocar a la mayoría; la metafísica procede siempre con total radicalidad, no aceptando nunca las habituales comprensiones de los fenómenos y traspasando los horizontes intelectuales en que nos movemos por término medio.
De todas formas, debemos precisar nuestra afirmación anterior de que la metafísica no tiene objeto propio. Ciertamente, no tiene “objeto” alguno si por tal entendemos algún ámbito concreto de lo real (como, por ejemplo, la física se ocupa de la materia y la energía, o la psicología de la conducta, o la economía de la producción y circulación de la riqueza, etc.). Podemos utilizar una terminología filosófica rigurosa (aunque esa terminología haya terminado perdiendo su sentido más técnico en el lenguaje normal) y llamar a eso real, a lo que hay, lo que existe (en una diversidad de formas), el ente. Pues bien, la metafísica no se ocupa de ningún género concreto de entes, de ninguna región en particular de la realidad. Como ciencia de la realidad que es, se ocupa de ésta en su conjunto, es decir, del ente en su totalidad. Y esto quiere decir, a su vez, que la metafísica tiene como objeto propio el ser del ente, esto es, la realidad o consistencia de lo que hay en cuanto es algo real, algo que (de un modo u otro) se da. Enlazamos así con algo que ya habíamos adelantado y que esperamos ahora sea más inteligible. La metafísica no se ocupa, como cualquier ciencia particular, de cierto tipo de cosas, sino de lo que hace que las cosas sean y que sean como son; esto es a lo que llamamos su “ser”. Esto dicho así puede seguir siendo algo bastante oscuro, pero hemos dado un paso importante, aunque explicaciones ulteriores deban aclararlo: la metafísica se ocupa del ser de los entes, al contrario que las ciencias particulares, encargadas cada una de ellas de un tipo de ente concreto.
Esto, en rigor, no supone añadir un nuevo “asunto” al conocimiento (puesto que ese ser no es otra “cosa”, otro “ente” más que hayamos descubierto); más bien se trata de ensayar un nuevo punto de vista acerca de cosas que ya conocemos y con las que estamos muy familiarizados, pero que, de esta forma, pueden ofrecernos perfiles hasta el momento ignotos. Esto es importante: es ser no es algo que “añadamos” al conjunto de los entes; es más bien un modo de pensarlos, de comprenderlos; algo que está en ellos –o tal vez en lo que ellos están, dado que, sin el ser, no existirían.

A través de estos ejemplos triviales queríamos llegar a lo siguiente, que ya no es tan trivial, y es algo que desde hace ya más de dos mil años viene siendo discutido por algunas de las mentes más brillantes que ha dado nuestra cultura: si en la estructura “x es P” hacemos finalmente abstracción de cada extremo, quedándonos en cada caso con el contrario, obtendremos un par de conceptos esenciales del acervo filosófico: por un lado, el concepto de un sujeto (x) al margen de todo predicado, y por otro el concepto de un predicado (P) al margen de todo sujeto. Ambos conceptos tienen nombre: el primero es lo que se ha llamado el “ente”, y el segundo lo que se suele denominar el “universal”. Ente es todo cuanto hay, al margen de sus determinaciones, de sus notas; el concepto absolutamente común a todo lo que podamos pensar, o como decía Descartes, el cogitabile (“lo pensable”) por excelencia. [Lo cual no está tan claro. Como señala Ortega, el ente no es en modo alguno el primum cogitabile (lo “primero en ser pensado”) de la cosa, pues este concepto no es nunca punto de partida de la reflexión, sino más bien de llegada; un concepto que requiere, para ser hallado, dosis de abstracción formidables y un notable desarrollo cultural. Por ello mismo no es todo el mundo un filósofo. Sobre esto véase JOSÉ ORTEGA Y GASSET, La idea de principio en Leibniz, § 22.] Mientras, el universal es cada uno de esos predicados o notas, en cuanto es comprendido por sí solo, sin referencia a cosa alguna en la que se individúe o realice. Así, por ejemplo, el predicado “rojo”, cuando lo pensamos de por sí, y no lo imaginamos (que son dos cosas bien distintas) sobre una cierta superficie, define un atributo que podría valer para cualquier otra superficie.
Ambos conceptos son nucleares de la metafísica, puesto que definen los extremos abstractivos dentro de los cuales se van a mover todas sus otras preguntas y reflexiones. El pensamiento, en efecto, por su propia estructura lingüística, no puede ir más allá de estos extremos conceptuales, por lo menos no si pretende hacerlo con sentido. La metafísica medieval moduló la relación entre ambos conceptos de una forma que llega hasta nosotros (si bien, y aunque aquí no vayamos a entrar en ello, se produce así un desplazamiento teórico en el sentido de ambos términos, que ya no significan exactamente lo mismo): al ente, es decir, al hecho de ser, se le asocia la “existencia”; y al predicado, al conjunto de notas que cualifican una cosa como lo que es, diferenciándolas de otras, se le asocia la “esencia”. Así pues, conocemos ya tres conceptos fundamentales: el ser, por un lado, como concepto-matriz de la metafísica, y por otro sus dos “momentos” esenciales, la existencia (que la cosa es) y la esencia (qué es la cosa). [Se trata de conceptos que sólo mentalmente pueden ser separados, que sólo tienen  sentido en su mutua referencia; aunque hay corrientes metafísicas, como veremos, que consideran que pueden darse (y se dan, de hecho) separadamente, de forma que el universal existiría por sí mismo al margen de un ente, con lo cual cabría decir (un tanto paradójicamente) que el universal existe y es, por tanto, un ente. Pero ya veremos esto más adelante.] Podría decirse que todos los demás conceptos de la metafísica pueden construirse a partir de éstos.
La metafísica es un saber que maneja conceptos sumamente abstractos; de hecho, los conceptos más abstractos que cabe concebir, puesto que son los que delimitan, como decíamos antes, la amplitud máxima de nuestro pensar; toda otra abstracción estará siempre contenida dentro de ésta. Se trata de un saber, por tanto, racional y eminentemente deductivo, pues procede construyendo nuevos conceptos a partir de los ya dados (en última instancia, partiendo de unos conceptos aprehendidos sin necesidad de otros previos, como los que acabamos de ver). La metafísica ha de dar forma, así, a un sistema organizado y más o menos jerarquizado de principios últimos de la razón (que por ello mismo lo son de la realidad, y viceversa, como ya se dijo anteriormente). En palabras de Kant, la metafísica es «el sistema de la razón pura (ciencia), el conocimiento filosófico (tanto verdadero como aparente) global, sistemáticamente conjuntado, y derivado de la razón pura».