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miércoles, 13 de junio de 2018

REALIDAD TRÁGICA



El universo es básicamente un vasto sistema de consumo de energía. Se “esfuerza” en consumirla de la forma más rápida posible, de modo que se reduzca el total de energía potencial (diferenciales energéticos) a cero (equilibrio). Los diferentes procesos físico-químicos, expresados en forma de leyes de la naturaleza, no son sino modos de este proceso global. Incluso la aparición de formas de organización cada vez más complejas de la materia (entre ellas, la vida), que parecería ir contra este camino de homogenización absoluta, es una forma de agotar más rápidamente la energía útil total disponible ‒la capacidad de producir trabajo, esto es, de lograr cambios de estado‒. El universo (kósmos) es un desorden que tiende a ordenarse por las líneas de mínima resistencia, y esa ordenación, ese equilibrio final (del que todo “orden” o “legalidad” que hallemos en la naturaleza es un momento), es su propia muerte, hacia la que corre inexorable. Quizá tarde aún bastante más tiempo del que ya lleva existiendo (unos veinte mil millones de años más, según ciertas estimaciones), pero parece algo inevitable. Tanto su expansión acelerada como la entropía conducen a un universo en el que nada pueda ocurrir, en el que la posibilidad se reduzca a cero. Así pues, la “realidad” sería el tránsito del kháos al kósmos absoluto, en un metaproceso de decenas de miles de millones de años, recorriendo un camino de ordenación (extinción de diferencias) que es lo que Occidente conoce como lógos y Oriente como Tao: la legalidad fatídica e irreversible según la que ocurre todo. De hecho, el Todo, el Devenir, el Flujo de lo real.

Todo lo que apareció con el Big Bang y la subsiguiente inflación cósmica, con el enfriamiento del plasma de quark-gluones, con el “encendido” de las estrellas (los hornos químicos del universo) y la creación de los distintos elementos (hidrógeno, helio, hierro, carbono, etc.), con el enfriamiento posterior ‒el universo sigue enfriándose, pero de forma más lineal‒ y la aparición de planetas sólidos en la franja de habitabilidad, y de una biosfera en ellos, y la evolución hasta la inteligencia, y más tarde la conciencia, y el desarrollo de civilizaciones que cada vez consumen más energía (las del tipo II de la escala de Kardashov sabrían aprovechar la de su sistema solar; las del tipo III, la de su galaxia entera)… Todo ese “aspecto fenoménico” del universo desaparecerá en algún distante momento del espaciotiempo (el propio espaciotiempo ya no será el mismo para entonces, estará tan “dado de sí” que no podría haber correlación, ni espacial ni temporal, de elementos que formaran ninguno de semejantes fenómenos), y sólo quedará un ser vacío, inerte, estéril, incapaz de producir nada ‒a no ser que “algo” ajeno a este espaciotiempo (la teoría de branas lo concibe) lo “reinicie” de algún modo‒. Toda la materia (apenas quarks y otras partículas elementales) y la energía estarán tan dispersas que serán incapaces de interactuar de modo alguno; ningún proceso puede darse si no hay energía aprovechable, y ésta, en su absoluta dispersión, sería totalmente inútil (máxima entropía). Lo que la física llama “desorden” ‒pero esto es un puro antropomorfismo que remite a la utilidad para nosotros‒ sería, en rigor, el más absoluto orden. Un orden tal que es la total parálisis, el cementerio de toda realidad.

El ser “quiere” su propia destrucción, aunque estemos en una fase de su “vida” en la que todavía ‒y por mucho tiempo, pues aún es joven‒ puede dar a luz formas nuevas, iniciar procesos nuevos cíclicamente. Pero sólo para consumir más energía, para agotarse más rápidamente y languidecer. Para cuando la energía aprovechable se haya agotado, el ser humano llevará extinto miles de millones de años. Toda forma de vida, de hecho, pues a partir de cierto momento el universo no será ya habitable, ni siquiera para bacterias o virus. Pero que quede para ese final más tiempo del que nuestra imaginación es capaz de concebir, no impide que sea la más triste de las ideas. La de que nada habrá tenido jamás ningún sentido ‒salvo perecer‒, ni podría haberlo tenido. Porque, de hecho, cuando llegue ese “momento”, cuando el propio espaciotiempo se haya dilatado tanto que dos quarks que otrora estuvieron juntos en un mismo núcleo atómico se hallen a millones de años luz de distancia entre sí… cuando el “mundo fenoménico” haya sido aniquilado y sólo queden “relaciones puras” sin nada a lo que aplicarse (lo cual lleva a preguntarse si estas mismas seguirían existiendo, o si las propias matemáticas saltarían en pedazos)… cuando el tiempo, que es la medida del cambio, deje de fluir, porque ya no habrá cambio posible, nada habrá ocurrido jamás. Sin tiempo, tampoco habrá pasado. Nosotros no habremos sido, y toda pasión y tragedia habrán sido tan vanas como un suspiro en una tempestad. 



alt="ontologia tragica, caminos del logos"



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© David Puche Díaz
y Grimald Libros, 2018.
 
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