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domingo, 29 de marzo de 2009

NARRACIÓN

No deja de ser una sospecha un tanto desalentadora, y se dirá que "interesada", pero me da la impresión de que hoy por hoy las artes "líricas" le ganan de largo la partida a las "plásticas" en cuanto ámbito de producción del sentido (autorreconocimiento y proyecto) para el hombre. Me explico.

Según una vieja forma de entender de las artes, que tenía mucho de gremial, Lessing propuso en el siglo XVIII una división, que enseguida se haría canónica, entre las artes plásticas y las líricas. Las primeras (pintura, escultura, arquitectura, etc.) representarían objetos, y su dominio fundamental sería por tanto el espacio, mientras que las segundas (literatura, poesía, teatro, etc.) representarían acciones, siendo su dominio el tiempo. La relación entre los signos empleados y el objeto representado sería, en el caso de las primeras, directa, objetiva, mientras que en el caso de las segundas sería convencional (como lo es el propio lenguaje sobre el que son construidas), abstracta, dejando un margen mayor, en ese sentido, a la creatividad del artista. Paradójicamente, lo que el destino depararía al arte es, precisamente, que las artes plásticas (dejando fuera en gran medida a la arquitectura, que al fin y al cabo tiene un componente funcional inevitable) terminarían entregándose con desmesura a esa convención del signo, a la total abstracción, desbordando con ello esta ordenación, y yendo así mucho más lejos por ese camino que las artes líricas.

Pero esto no anula en absoluto esta división de las artes, sino que incluso la refuerza, y ello porque señala algo que en el mundo actual desborda los limites del arte; las viejas categorías estéticas, lejos de quedar arrumbadas, pasan a definir un estado de cosas que va mucho más allá de lo meramente artístico.

Efectivamente, lo que en la ordenación de Lessing se ponía en juego era la articulación de la forma y el contenido de las producciones humanas. A la forma le tiene que corresponder el contenido, y viceversa, para que la obra se sostenga como obra; la diferencia estaría en el modo en que ambos se "corresponden" mutuamente en un tipo y otro de arte, siendo dicha correspondencia mucho más estrecha en las artes plásticas y más laxa en las líricas. En el mayor margen de amplitud de estas últimas se revelaba una capacidad para jugar con el sentido que las cualificaba superiores como productos del espíritu humano. Ahora, se dirá, las tornas se han invertido. En las artes plásticas esa distancia se ha abierto infinitamente, mientras que en las líricas parece pendular siempre dentro de un cierto límite, que es precisamente el de la compresión. Las plásticas, por el contrario, se han lanzado de cabeza a esa no correspondencia entre forma y contenido, a ese desencaje deliberado en que se juega el territorio de lo sublime, del límite de la representabilidad humana y, por tanto, el propio límite del sentido. Son exploraciones de los confines de lo humano, a los que las artes líricas parecen no atreverse a llegar, presas del primado del sentido, al que se deben.

Ahora bien, las cosas no están tan claras. La libertad que las artes plásticas arrebataron a las líricas se han convertido hace mucho en pura arbitrariedad. Vivimos en la época del primado de la imagen. Pero la imagen de hoy carece de todo sentido. La otrora estúpida pregunta "¿para qué el arte?" ha dejado en gran medida de serlo; la sentencia de Hegel de que "el arte es algo del pasado" caído hoy en la mera estética no deja de planear sobre la producción actual como un destino inevitable. Abierta como lo está la distancia entre la forma y el contenido, las obras plásticas se vuelven del todo arbitrarias, cosa que no le ocurre (no siempre, o no del todo) a las líricas. Hay una inevitable elaboración en estas últimas que las primeras llegan muchas veces a despreciar, perdiendo así el hilo conductor que aún podía en cierto sentido dar un criterio de "calidad" de la obra; la elaboración es vista como simple y despreciable "mano de obra". Se llega así a una situación en que la imagen es fin en sí misma, al margen de todo lo que quiera o pueda decir. Su propósito es llamar la atención, distinguirse de la inmensa masa de imágenes que nuestra cultura produce diariamente. Los límites entre el arte y el mero diseño hace tiempo que se disolvieron; ahora se han disuelto, ya del todo, los límites entre el arte-diseño y la publicidad. ¿Publicidad de qué? Del propio artista, que se anuncia a través de una obra que vale porque la ha hecho él; círculo vicioso del que no parece haber salida.

Las artes líricas no están, desde luego, en su mejor momento histórico; pero aun así son capaces todavía de lo que parece que las artes plásticas, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, han renunciado a hacer. Frente al imperio de la imagen, del esquema, del logotipo, la narración aún esconde o puede esconder el acontecimiento del sentido, del tiempo elaborado en que se refleja (o más bien se produce) una auténtica subjetividad humana, y no el estereotipo de ser humano que la sociedad vomita hoy en serie. La mente humana tiene una estructura narrativa, una forma de hilar la corriente de la experiencia en un todo coherente. Si bien la pintura o la escultura, hasta hace no tanto tiempo, pudieron congelar esa corriente en un instante, en un éxtasis que resumía todas las vivencias acumuladas en una imagen, dándole espacialidad y consistencia física al tiempo, eso no parece que pueda hacerlo ya arte plástica alguna. Se presume de ello, es cierto, y se dice que vivimos en el reino de lo efímero y que el arte ya sólo tiene por tarea sancionar ese carácter (el instante que no trasciende, que se agota en sí mismo), señalar la finitud y la mortalidad del hombre. Pero no nos engañemos: eso es lo que siempre hizo el arte: cantar lo efímero y evanescente de los asuntos humanos, pero para inmortalizar ese carácter. En la renuncia a ello del arte actual se entrevé su carácter ideológico y mercantilista (lo efímero es en realidad la propia "obra de arte", en cuanto mercancía que debe ser consumida para su reposición), cuya alma pertenece al mundo capitalista en que cobra (sin)sentido.

No se trata de volver a las viejas jerarquías de las artes, que hoy más que nunca (sobre todo cuando carecemos de todo criterio unívoco acerca de qué es el arte) carecen de toda lógica. Pero necesitamos lírica, incluso cierta épica; el triunfo del espíritu sobre la materia que, sin embargo, lo produce y soporta. No debemos extraviarnos en la sublimidad (o más bien gratuidad) del sinsentido. Lo sublime, que embota sentidos y mentes cuando se abusa de él, es el reverso del espanto, no debe olvidarse nunca. Y aunque en un principio la tarea de ese arte (tras las guerras mundiales) fue precisamente subrayar el espanto, ese gesto crítico, que no puede perpetuarse demasiado sin convertirse en ligereza y autoparodia, no es ya más que coartada de artistas bien alimentados en un mundo opulento. Cuando vemos el arte de países subdesarrollados (pintura, literatura, cine) nos encontramos a menudo con un vigor en las obras que aquí ya no sabemos darles.

El mundo ha devenido producción humana, poíesis, con lo cual estas categorías "estéticas" son ya por completo ontológicas. Lo dicho acerca del "arte" vale para el "mundo", del cual aquél es reflejo deformado. Perdida la memoria (y occidente aparece precisamente cuando se apaga la memoria oral de los poetas), la escritura es la apophansis, la revelación de la verdad, la ocasión del sentido. En ella puede ocurrir lo que imagen alguna puede ya lograr. Toda imagen reitera un presente. La palabra lo supera.