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viernes, 27 de junio de 2014

MITO Y LÓGOS

La filosofía siempre ha sido el paso del mito al lógos, pero hay que entender el significado de ese “siempre”: dicho paso no fue dado una vez –con lo cual la filosofía ya no tendría sentido, pues se habría consumido en su propio triunfo, el abandono de lo religioso en favor de lo científico–, sino que se da constantemente. Es un camino que hay que volver a recorrer una y otra vez porque la filosofía no posee un objeto (la phýsis, la pólis, o lo que sea) que se deje “desmitificar” sin más, sino que es el propio movimiento del espíritu que se transforma; lo mítico no está en el objeto, sino en el propio sujeto: es su estructura –en la misma medida en que la existencia humana es narrativa–, y por tanto no puede “superarla”, sino que debe (de nuevo cada vez) aprender a pensar dentro de ella, pues lo primitivo, como decía Freud, siempre retorna, aunque lo haga de diferentes formas. Y lo primitivo, lo inconsciente colectivo, habla a través de lo mítico. El “paso”, en suma, no se da en una única dirección (de la razón simbólica a la instrumental, sin vuelta atrás), sino que hay una dialéctica entre ambos momentos que impide cerrar el tránsito. Éste se reinicia constantemente, en cada época, si no en cada generación.

La filosofía no es un saber sustantivo precisamente porque ella misma es esa dialéctica entre la religión, el arte y la tecno-ciencia –no otro ámbito cultural aparte de éstos–, o sea, las formas básicas de razón simbólica y de razón instrumental. Podría decirse entonces (y se dice) que “no es nada”, pero ello es un error, pues la evolución social exige esa separación y por tanto esa dialéctica, que delimita pero a la vez relaciona los extremos. La filosofía es la mediación sin la cual no hay autoconciencia social; en su ausencia –cada vez más patente en nuestro tiempo– todo se reduce a los polos de la subjetividad o la objetividad absolutas, en ambos casos dos formas de barbarie.

Así pues, la filosofía es el tertium quid entre el “mito” (que en toda sociedad suficientemente desarrollada se desdobla en las formas, cada vez más separadas, de la religión y el arte) y la “razón”, encarnada eminentemente en la ciencia. Pero la filosofía es oscilante –por ello mismo no progresa–: recorre el camino que va del mito a la razón y después lo desanda para hacer el camino inverso, pues en él han quedado cosas importantes, que la ciencia no agota y que son constitutivas de la condición humana, de la necesidad de sentido que ha de tener nuestra existencia y que el saber objetivo no puede proporcionar. Esa operación de feedback es vital para una cultura que quiera mantener una cierta coherencia interna de sus elementos sociales (nivel colectivo), así como para evitar la dispersión y desintegración psicológicas de los sujetos que la integran (nivel individual); aminora las patologías propias de una sociedad que ha alcanzado un alto grado de crecimiento y diversificación, y se hace imprescindible para el contacto entre ellas. El mito conforma el polo de la subjetividad (la cual sólo cobra consciencia de sí con el descubrimiento de la objetividad que se le opone y que no se deja controlar por medios mágico-rituales) que proporciona fines a la existencia, mientras que el lógos conforma el polo objetivo, único que puede poner los medios para la realización de tales fines e incluso corregir éstos, pero que se muestra incapaz de proponerlos. En términos kantianos llamaríamos “razón” (Vernunft) a lo primero y “entendimiento” (Verstand) a lo segundo, las facultades de la totalidad y de la unidad, respectivamente. Pero la necesaria mediación de ambas, que en Kant es la “imaginación”, desde el punto de vista sociocultural es la filosofía. Ciertamente ésta es el ejercicio de la imaginación especulativa –y no debe avergonzarse de serlo.

La filosofía se inmola cuando renuncia a ser lo que siempre fue, esto es, la aspiración a la sabiduría, y no un saber especializado entre otros. Y la sabiduría se esfuma del mundo (con el aplauso de muchos que se dicen filósofos, dicho sea de paso) cuando en éste ya no tiene sentido la distinción entre la razón instrumental, objetiva, y la razón simbólica, subjetiva, la que propiamente sostiene “lo humano” (algo cuya existencia aquéllos niegan con entusiasmo). No ha sido sólo –ni podría haberlo sido– la aplastante maquinaria de la historia la que ha eclipsado ese espacio de lo humano, sino fundamentalmente la renuncia del pensamiento a construir ese espacio –pues hay que mantenerlo abierto y darle formas acordes a la época–, debido a un complejo de inferioridad frente a la tecnociencia, a lo objetivo; complejo que le cede a este último (y ello, paradójicamente, a la vez que no deja de cuestionar sus supuestos y de criticar su primacía) el monopolio de la verdad, destruyendo así su propio sentido, suicidándose en cuanto tal pensamiento. Esto es lo que algunos, como Nietzsche o Heidegger, vieron claramente, pero no supieron articular posiciones correctas frente al problema. Ésa es la tarea para lo que hoy merezca denominarse filosofía.

Sólo la razón simbólica puede ejercer el papel de razón de fines que el pensamiento ilustrado –en el sentido amplio del término, no circunscrito al siglo XVIII– e incluso su contrapartida dialéctica (Hegel, Marx y Engels, Escuela de Fráncfort) le dieron a la teoría. Ésta puede disponer medios y criticar dichos fines, o la inadecuación de los medios a ellos; pero como decía, jamás podrá poner los fines mismos (si éstos han de tener sentido para el hombre, y por tanto ser queridos y propiciar una existencia satisfactoria), que sólo de la vida pueden surgir; y la vida, cuando quiere susurrar al oído de la razón, lo hace siempre en forma simbólica. Es un hecho al que la experiencia histórica no permite sustraerse. El símbolo arquetípico es siempre la sustitución o sublimación de una “naturaleza perdida” (y sin embargo, presente en el modo de su ausencia, del espacio vacío que deja y que exige ser llenado) a la que lo cultural debe procurar ciertas satisfacciones; pero la razón objetiva, por más que se diga “de fines”, nunca podrá dárselas, pues éstas no pertenecen al acervo del concepto, sino al de lo mítico y ritual (de lo sincrónico, frente a lo diacrónico de la historia), tan necesario para el hombre como el alimento –es su alimento espiritual–. Sólo la religión y el arte –el genuino– pueden proporcionarlas, porque son los productores de símbolos. Esta razón simbólica, que es la única de fines, es precisamente aquello que la razón instrumental destruye al imponerse como única, y en tal destrucción del sentido consiste el nihilismo. La ausencia de sentido puede ser un juego intelectual para teóricos –la posmodernidad ha vivido de querer convertirla en algo “positivo”–, pero es insoportable para el ser humano; las nefastas reacciones políticas y religiosas (nacionalismo y fundamentalismo) del último siglo, cada vez mayores, son prueba elocuente de ello.

Lo simbólico constituye un discurso siempre “del pasado” con respecto a un presente utilitario; siempre está acabado. Hay que tener esto en cuenta ante su apelación a una “naturaleza” originaria del hombre, perdida (corrompida, olvidada, reprimida, caída, etc.) in illo tempore, a la que el mito siempre hace referencia. Una naturaleza que nunca ha existido históricamente, pero que es, en esa ausencia –que se entreteje con la propia antropogénesis–, ontológicamente anterior a todo lo histórico, y por tanto, a todo marco sociocultural, del cual constituye los “goznes”. Confundir esta “interpelación” de la naturaleza ausente, a cuya escucha se encuentra la filosofía, con la reacción (que consiste en entender literalmente lo simbólico, esa verdad expresada en términos falsos porque no es reductible al concepto; es decir, la reacción consiste en no hacer la distinción entre la razón objetiva y la subjetiva, e introducir indiscriminadamente elementos de la segunda en la primera), es un error lamentable que nos priva de esferas completas de experiencia de las que no podemos prescindir. El pensamiento objetivo comete un grave error al querer eliminar o suplantar al mito, pues aunque éste es indudablemente falso, contiene un momento de verdad –Nietzsche ya decía que la falsedad de algo no es un motivo para negarlo–. Lo que tiene que hacer es mediarlo racionalmente para construir mundo, el cual se nutre de ambas fuentes.