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lunes, 9 de agosto de 2010

FENÓMENO, MONSTRUO...

Fenómeno, monstruo, raro, anómalo, fanático. Éstas y otras cuantas son formas en que los diccionarios traducen el término inglés "freak", castellanizado vulgarmente "friqui", palabra hoy en día muy empleada con todo tipo de propósitos. Hasta hace unos pocos años, el término era claramente despectivo, y se usaba para mentar a los diferentes, a los de gusto extraño, estética minoritaria, etc. Pero hoy su uso se ha generalizado hasta el punto de que mucha gente se declara gustosamente "friqui" para hacer alarde de su originalidad, carácter, independencia del colectivo, o lo que sea. De todas formas, ello no impide que siga existiendo un uso cruel o condescendiente, y que no sea una palabra que una persona "seria" quisiera que se dijera de ella. Por otro lado, al margen de los diccionarios, necesariamente envueltos en abstracciones, se discute en múltiples foros (con extraña pasión) acerca del genuino y preciso sentido del término, de si es positivo o negativo, o de qué tendencias abarca. La cosa es saber qué es y qué no es friqui, quién lo es y quién no.

Ahora bien, puede que esas preguntas estén mal planteadas, porque ya no cabe hablar de gustos o personas friquis. Hoy en día, la cultura es friqui. Lo friqui no es más que el destilado sociológico de la posmodernidad, de la era de la in-formación y de los medios de comunicación de masas, de la infantilización del pueblo a la que éstos y los sistemas educativos nacionales deliberadamente conducen, de la tribalización tecnificada del hombre actual. Igual que hubo una "cultura pop" (recuérdese, de "popular"; la cultura que las masas imponían frente a la hegemonía de la alta cultura burguesa dominante hasta entonces) después de la segunda guerra mundial (y decididamente a partir de los 60), ahora estamos empezando otra fase, la de la "cultura freak", exacerbación de aquélla, a la que nadie puede escapar. No del todo. Pese a los intentos infructuosos de definir al friqui desde el friqui mismo (cuando el habitualmente llamado así no es más que el individuo que mejor explicita esta época, su máximo exponente), lo que caracteriza a esta cultura en realidad es una absoluta fusión de gustos y actividades, que llega a lo inverosímil, aunque no por ello imposible: gente que lee a Kafka y escucha reggaeton y trabaja en un banco y juega a la videoconsola a pegar tiros y es miembro de una ONG y hace el imbécil con sus amigos los fines de semana de formas que habrían producido una terrible vergüenza a un adulto de hace dos generaciones. Todo ello tiene mucho que ver, de hecho (entre otros factores), con la prolongación de la adolescencia hasta bien entrados los veinte, por exigencias formativas y del mercado de trabajo. Así, el concepto antropológico de neotenia ("infancia eterna"), propio del ser humano en cuanto tal, en toda época y lugar, se hace literal en el peor de los sentidos. Y no tiene nada que ver con ser pobre, o inculto, o lo que sea. De hecho, la liberación de la necesidad material crea, en muchos casos, el umbral que permite ser friqui sin obstáculos. Como fenómeno sociológico, está claro, es propio de sociedades opulentas.

Por ello, no nos engañemos; no confundamos lo anecdótico con la categoría. El "friquismo" cada vez irá a más. Puede que el destino de la posmodernidad, que no se ha dudado en describir (como si se tratara de rasgos "buenos", como algo a propiciar desde instancias culturales) como pura exterioridad, fragmentación de las esferas discursivas humanas, ausencia de sentido y de proyecto, etc., se traduzca en la actual cultura freak. Y en nada más. La esquizofrenia institucionalizada y normalizada por los hábitos de consumo, que son los que hoy dan carta de naturaleza moral a todo.

El estado de ánimo definitorio del siglo XIX fue el tedio; el de la primera mitad del XX la desorientación, el absurdo; y puede que el de ahora sea el ridículo, el asco de todo lo que nos rodea. Quien se crea libre que tire la primera piedra.