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domingo, 21 de noviembre de 2010

ENTRE LÓGICA Y POESÍA


La filosofía encuentra su elemento a medio camino entre la lógica y la poesía. De la primera obtiene su orden, su estructura; de la segunda su orientación, su finalidad. Pero entiéndase: "poesía" quiere decir aquí, ante todo, "producción", un "decir que produce". La filosofía no es un saber frío y meramente descriptivo, sino siempre valorativo, prescriptivo. No se puede eliminar su dimensión creativa, o se cae en el peligro de disoverla, de reducirla a discurso auxiliar de las ciencias empíricas. Eso es lo que ocurre cuando se hiperboliza el aspecto lógico: nos quedamos con un esqueleto sin contenido, sin músculo, sin movimiento. Pero tampoco se debe exagerar el aspecto poético, pues esto conduce por lo general a la desmesura, a lo ridículo; muy a menudo este intento ha desembocado en pura mística, ante el fracaso de la pretensión racional y crítica que todo discurso filosófico debe tener. 

Así pues, entendimiento e imaginación son las dos facultades de las que depende la filosofía. El primero pone el limite a la segunda, que le da impulso, sentido, pero sólo cuando se ciñe a la forma que le corresponde. Cuando falla uno de los dos falla el otro. A duras penas se puede decir que el programa logicista (como un extremo teórico que demostró su propia insuficiencia) sea filosofía; por otro lado, debemos superar ya la caduca y obsesa pretensión del "decir originario", del "pensamiento poético" (por ejemplo, en el Heidegger tardío, filósofo extraviado y aún peor poeta). El concepto debe ser concepto, no metáfora, y el pensamiento no puede seguir viviendo de tropos. Ello ha conducido a la filosofía al triste lugar que ocupa hoy entre las disciplinas del espíritu. Hay que vindicar, frente a la parálisis y la fatuidad actuales, su dimensión creativa, sí; pero siempre guiada por la razón. Pese a los discursos derrotistas de la posmodernidad (pues eso es lo que son), no podemos desandar el camino del lógos al mýthos, no podemos deshacer esa supuesta "violencia metafísica" de la razón, del concepto. Éste es, de hecho, la única esperanza de la razón atribulada, el último refugio del sentido acorralado.

La filosofía debe ser creadora, como decía Nietzsche, que diferenciaba al genuino filósofo del "obrero filosófico", del atareado funcionario que limpia el polvo de ideas ajenas. Ahora bien, ¿creadora de qué? Pues ante todo, del propio hombre, a cuyo perfil debe dar forma en función de la época, o incluso contra ésta. Y ello pese a tantos antihumanistas o posthumanistas desencantados, que quieren tiran al niño (o sea, el hombre) junto con el agua de lavarlo (ya sea el discurso teológico-metafísico, el liberal, el nacionalista, el fundamentalista religioso, etc.). Ante semejante cuestión no se puede permanecer eternamente en la negación indeterminada, en la ofuscación voluntaria que se acomoda a fáciles esteticismos. Mala poesía, mala mística, consecuencia (como suele ser esta última) de un fracaso político que se quiere elevar a condición ontológica. Yo no digo cuál es la solución. Digo que ésta no es.  




© David Puche Díaz, 2010. Contenido protegido por SafeCreative. Se permite y agradece su difusión, siempre que su procedencia sea debidamente reconocida y enlazada.

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