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lunes, 28 de septiembre de 2009

EDUCACIÓN (III)

Aparte de todo lo anterior (causas institucionales, profesionales, sociales, familiares, psicológicas), la cuestión de fondo, y la más seria tal vez, es el concepto mismo de formación, que está en juego. Vivimos en la sociedad de la información y de las comunicaciones, lo cual evidentemente ha tenido un impacto enorme sobre nuestros estándares de alfabetización y percepción del entorno, que si en la época de la "república de las letras" eran eminentemente literarios (sobre eso se sostiene el humanismo, como señala Sloterdijk en Normas para el parque humano: en el texto como carta abierta a una hipotética comunidad universal de lectores, de "amigos"), ahora son electrónicos, informáticos. Contra eso no podemos hacer nada, ni debemos hacer nada; ni siquiera deberíamos querer hacer nada, porque sería como querer ir contra la máquina de vapor o contra el automóvil. El ordenador es una herramienta, y una excelente, además. Vaya por delante que quien escribe esto pasa muchas horas al día delante del suyo, precisamente trabajando en estas cuestiones. Ahora bien, hay que hacer las pertinentes reflexiones acerca del uso de los medios informáticos como medio de la formación.

Las "nuevas" tecnologías (lo nuevo es su redefinición del espacio educativo) son, desde luego, extraordinariamente útiles a la hora de buscar información. Ésa es su función evidente. Páginas web (con diferentes grados de especialización) y diccionarios on-line pueden resultar muy prácticos a la hora de complementar los conocimientos recibidos en clase, o hacer ejercicios (sobre todo por la posibilidad de la autocorrección, etc.). Cada vez se perfilan más claramente como alternativa a los libros de texto, que no sólo son carísimos, sino cada vez de menor calidad, por los propios requerimientos de un sistema que progresivamente recorta contenidos y los sustituye por ilustraciones y gráficos vistosos. De todas formas, esas fuentes deben ser entendidas siempre como medios auxiliares de los tradicionales: en el fondo, tendrá que haber un profesor que ordene o recomiende su uso; un profesor que es un experto (o debería serlo) en la materia que imparte y que, por tanto, está cualificado para discriminar. Porque ése es el peligro del uso de estos medios, sobre todo cuando se trata de internet: puede encontrarse una cantidad ingente de información, pero distinguir la paja del grano presupone que ya se conoce lo que se busca; de lo contrario, se confundirá todo, desde las fuentes más autorizadas a las simplemente ridículas, que en internet tanto abundan. Y los alumnos, por definición, son los que todavía no conocen la materia. Así pues, ¿cómo van a usar estos medios si no es bajo la supervisión inmediata del profesor? Al final, todo remite a su praxis docente como garantía de calidad del aprendizaje. Y sin embargo, se quiere recortar su papel y reducirlo a alguien que, en vez de enseñar, proporciona un listado de recursos informáticos a sus alumnos, y punto. Que ellos hagan el trabajo. Es la tendencia generalizada. Así, internet termina siendo el fin (más que nada, porque hay que amortizar la enorme inversión hecha en equipamiento, sobredimensionado su utilidad real), y el profesor el medio, con lo que se llega a una situación aberrante. Además, a la hora de discriminar lo útil de lo inútil (cosa que, como se ha dicho, los alumnos no pueden hacer), resulta que los jóvenes, que se han criado delante del ordenador, consideran infalible todo lo que encuentren en la red. Verdad sacrosanta. Lo dice la wikipedia. Y así, llegan a creer que saben más que el profesor, cuando éste les dice que la información que han conseguido no vale nada.

Se afirma que se pretende potenciar la autonomía del alumno, su capacidad de investigación. Que se quiere acabar con el papel pasivo, receptivo, que le daba la arcaica lectio magistralis del profesor. Esto es simplemente desconocer la práctica docente y los mecanismos del aprendizaje, digan lo que digan todos los pedagogos del orbe. Un alumno necesita que otra persona le explique la materia, persona dispuesta a poner los infinitos ejemplos que haya que poner, hacer todas las aclaraciones necesarias, resolver dudas, y comprobar finalmente si sus alumnos han entendido la cuestión o no, y si es así por qué, y dónde está el fallo. Esa interacción entre personas es, precisamente, el aprendizaje. Y el papel del alumno no es necesariamente pasivo (o mejor dicho, lo es en la medida en que tiene que serlo, ya que es el que aprende, no el que enseña); lo que pasa es que antes los alumnos, que sabían escribir, eran capaces de tomar apuntes en clase, esquematizar, resumir, subrayar, etc., esto es: las competencias básicas que se les suponían desde el colegio, y mediante las cuales ellos construían, elaboraban su conocimiento. Desde el momento en que se les ha privado intencionadamente de esas capacidades, su papel es, en efecto, el de plantas esperando que las rieguen. Y no por acudir a otros medios lo van a saber hacer mejor.

La investigación, es decir, la búsqueda personal de información, es (al menos a partir de cierta edad) un complemento indispensable de la formación. Por supuesto, siempre que sea entendida como tal complemento. Pero, aunque fuera la clave de todo (cosa que no es ni en la universidad), no veo en que se traduce la "investigación" que actualmente realizan los estudiantes. Como decía, diccionarios y páginas web especializadas pueden ser útiles (y sobre todo cómodos), pero siguen sin sustituir el “cuerpo a cuerpo” de la documentación que debería realizar alguien en fase de aprendizaje. La búsqueda de un determinado libro, la selección de los pasajes adecuados, el extracto de notas, etc., es muy diferente cualitativamente hablando a la descaga de materiales de internet o su copia desde cualquier enciclopedia electrónica. Se dirá que es lo mismo leer en papel o en la pantalla, pero no: de la primera forma el lector se obliga a un ejercicio mental que de la segunda forma no realiza. Nuestros alumnos actualmente no saben, por lo general, qué es hacer un trabajo: ellos ponen la palabra mágica en el buscador, pulsan una tecla, seleccionan uno de los primeros contenidos del listado resultante (para asegurarse de que el tema coincide), lo abren, copian, pegan e imprimen. Un trabajo, que entre la documentación y la redacción bien les podría haber llevado una semana o dos (y que, en el proceso mismo de redacción, implica la tan pretendida construcción de contenidos, su selección, priorización y desarrollo, quedando así mentalmente estructurados), queda despachado en unos pocos minutos. ¿Qué trabajo han hecho los alumnos? Ninguno. He ahí la cuestión: no han hecho el trabajo que se les mandaba; se han limitado a imprimir algo que, en el mejor de los casos, habrán leído antes, seguramente sin entenderlo. Normalmente, ni saben lo que dice "su" trabajo. La "información" no se asimila: se cambia de lugar. Y a esa farsa estamos jugando todos los días con los tan traídos medios informáticos, que iban a refundar la educación. Ya lo creo que lo han hecho.

Pero pongamos por caso que se lleva a cabo un control estricto de las fuentes que usan los alumnos. ¿Qué se ha ganado, en realidad? Desde luego, no más "autonomía" ni "constructivismo" (si Piaget levantara la cabeza...) que si hubieran recurrido a las fuentes tradicionales, es decir, los libros. Al contrario, el aprendizaje resulta cada vez más pasivo y automatizado, y se halla sometido al contenido y a la forma de unos materiales preelaborados dentro de esquemas muy determinados. Las consecuencias de esta sustitución del profesor por el ordenador son nefastas. Ante la máquina el sujeto desaparece; este aprendizaje no es constructivo en absoluto, sino puramente reproductivo. Mucho más que la lección magistral, que, al fin y al cabo (hay que ser retorcido para no entenderla así), no es más que una conversación entre un experto y un lego.

Las afirmaciones, en defensa de las tecnologías de la información, acerca del carácter “hipertextual” de la inteligencia humana, frente a la obsoleta "mentalidad Gutenberg", no dejan de ser ideológicas (como casi todo lo que en la educación pretende hacerse pasar por "ciencia"). La mente humana, y ello desde siempre, no desde que existe la imprenta, posee una profunda estructura narrativa. Se piensa incorporando elementos a una trama que crece con ellos, retroalimentándose. Así se forma (=recibe forma) la conciencia individual, que elabora su propio “relato” a partir de los ya dados, colectivos. La reducción de la formación a información (las dosis discretas de datos fácilmente asimilables), la destrucción de ese tejido narrativo-mnémico y su sustitución por “datos” y “diagramas”, no corresponde mejor a la inteligencia humana, sino, todo lo contrario, a lo que se quiere hacer de ella.

Y es que ésta es la situación ante las que nos encontramos. Si, como ya habíamos dicho, la formación (el proceso de "dar forma" a la persona, de forjarla como ciudadano libre) pretende ser sustituida por la mera instrucción especializada (situación que arranca con fuerza ya del siglo XIX, aunque se consolide en el XX), la nueva vuelta de tuerca del siglo XXI es reducir la formación a mera información. Y eso es, en efecto, lo que se hace hoy en día: si se me permite el juego de palabras, lo que hay es "in-formación", es decir, ninguna formación. Deformación. Ciertamente, toda la información del mundo no forma conocimiento alguno. Éste no es mero acopio de "datos", sino que implica asimilación, estructuración, jerarquización, procesamiento personal de los mismos. Es decir, todo lo que hoy no se lleva a la práctica. Lo urgente no es enseñar a los niños a utilizar el ordenador (algo que, por otro lado, todo niño de cinco años hace mejor que un adulto), sino enseñarles a leer, para que no sean los analfabetos funcionales que son gran parte de los estudiantes españoles, aunque las estadísticas oficiales siempre maquillen los resultados. Y, cuando sepan leer y escribir, podrán hacerlo en un ordenador, pero no antes.

Además, es sencillamente mentira que toda la informacion (o gran parte de ella) esté en internet: la inmensa mayoría de lo que se encuentra allí son resúmenes sesgados. La información, el corpus del conocimiento de la humanidad, está ante todo en las bibliotecas. Y éstas, por mucho que se fomente el e-book, seguramente no van a llegar jamás a estar mínimamente representadas en internet, por los intereses ya citados, por no hablar de los comerciales. Lo no rentable no se informatizará, y la mayoría de los libros de una biblioteca no son rentables. Así que se terminarán perdiendo, como los de la biblioteca de Alejandría.

En suma, se ha producido la sustitución de la formación por la información, esto es, la cantidad escasa y diagramática de datos que los alumnos "necesitan saber" para fingir que saben algo, y que olvidan en cuestión de horas, pues no los han estructurado en absoluto. Se ha dicho que ésta es la generación mejor preparada de la historia. No es verdad. Puede que sea la peor. Sus abuelos sabían más que ellos a su edad. Los medios educativos tradicionales no están obsoletos: es que hace al menos dos décadas que dejaron de usarse. Que no se les culpe, pues, del fracaso actual, que arranca de su deliberado abandono.