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viernes, 21 de mayo de 2010

BREVE APUNTE SOBRE LA ANGUSTIA

Dice Heidegger en Ser y tiempo (par. 40) que la angustia es un señalado modo del "encontrarse" (que fundamenta el "estado de abierto" del Dasein) cuyo "ante qué" es el "ser en el mundo" en cuanto tal; no se trata, por tanto, de ningún ente intramundano, como en el caso del miedo, sino que es el mundo mismo lo que parece colapsarse ante nosotros, ocluirse y negar toda posibilidad. Así, ese "ante qué" es algo "absolutamente indeterminado", de tal forma que el mundo alcanza "el carácter de una absoluta insignificatividad". Esto, sin embargo, revela el mundo en tanto que mundo para el hombre, lo hace visible como totalidad de sentido (el sentido que, ante la angustia, ya se ha perdido). Por ello dice Heidegger que "si, según esto, se destaca como el "ante qué" de la angustia la nada, es decir, el mundo en cuanto tal, ello quiere decir esto: aquello ante que se angustia la angustia es el mismo "ser en el mundo". El angustiarse abre original y directamente el mundo como mundo". Y continúa: "El "mundo" ya no es capaz de ofrecer nada, ni tampoco el "ser ahí con" de otros". Ahora bien, como en esa fuga del sentido, en ese colapso del mundo, éste se experimenta en cuanto tal, ello (y sólo ello) permite afrontar la posibilidad más propia y radical de la existencia: "La angustia hace patente en el "ser ahí" el "ser relativamente al más peculiar 'poder ser' ", es decir, el ser libre para la libertad del elegirse y empuñarse a sí mismo". La angustia, en suma, nos pone ante nosotros mismos, desasistidos del mundo y de los demás, y nos exige una elección entre la autenticidad de la existencia o la huida hacia el "uno", que es una huida de sí mismo en cuanto "encontrarse". La angustia, por tanto, nos arranca del (impropio) absorberse en el mundo, pero para exponernos a la terrible verdad de la "inhospitalidad" (Unheimlichkeit), del "no en su casa" (Un-zuhause).

En un sentido próximo (aunque Heidegger lo considera meramente "psicológico"), Kierkegaard afirmaba en El concepto de la angustia que "tanto más perfecto será el hombre cuanto mayor sea la profundidad de su angustia", angustia que, sin embargo, no debe entenderse como debida a algo exterior, sino "de tal manera que el hombre mismo sea la fuente de la angustia". Ello se debe a que "la angustia es la posibilidad de la libertad" (eso sí, acompañada siempre por la fe, dice Kierkegaard, dentro de un marco teológico evidentemente muy diferente al ontológico de Heidegger); y ello en la medida en que "consuma todas las limitaciones finitas y ponga al descubierto todas sus falacias". En efecto, "el educando de la angustia es educado por la posibilidad, y solamente el educado por la posibilidad está educado con arreglo a su infinitud". Esta referencia a la posibilidad (indisociable de la infinitud, esto es, la infinita posibilidad), crucial en Kierkegaard, no puede entenderse si no es en conexión con la fe, que hegelianamente define como "la certeza interior que anticipa la infinitud". Sólo la fe vence la angustia, pero sólo se alcanza a través de ésta. Por ello señala el danés que "ciertamente no debemos angustiarnos por los hombres y por las cosas finitas, pero teniendo muy en cuenta que solamente el que haya recorrido la angustia de la posibilidad estará bien educado para no caer presa de la angustia..., no porque evite los horrores de la vida, sino por que éstos siempre serán insignificantes en comparación con los de la posibilidad". En ello consiste la verdadera espiritualidad.

Así pues, Kierkegaard y Heidegger coinciden en considerar la angustia como una oportunidad, como un envite de la existencia que nos obliga a tomar una decisión en favor de la autenticidad (ya sea en la dirección de la Sorge o de la fe) o inautenticidad con que la asumiremos. El colapso del mundo, la pérdida del sentido, supone precisamente una apertura de la posibilidad en cuanto tal. Ahora bien, esto es lo discutible. La posibilidad es precisamente lo que la angustia niega; ésa es su esencia: la angustia es la negación de toda oportunidad, la desaparición de toda alternativa. Y la cuestión no se resuelve diciendo que la posibilidad "intramundana" (o relativa a "los hombres y las cosas finitas") alcanza su límite para así revelar otra posibilidad, la del "sí mismo propio" (la aceptación de la radical finitud) o la de la infinitud (la entrega personal y reflexiva a lo trascendente). Pues, ¿qué posibilidad es ésa? Ninguna, a no ser que nos entreguemos a lo teológico o a lo místico. Con el colapso del mundo se niega la posibilidad, que sólo en un mundo puede darse. No hay forma de no huir ante la angustia (a no ser el suicidio, que en realidad es otra forma de huir de ella, la más desesperada); sólo cambia el modo de hacerlo: o buscar amparo en las ruinas del mundo que nos rodea (intentando disolverse en la alteridad protectora), o en-simism-arse, sublimar el sentimiento de angustia y convertir la "ausencia omnipresente", la pérdida, en señal de otra cosa, de una autenticidad o perfección que lo mundano nunca permite alcanzar (esto es lo que hacen Heidegger o Kierkegaard). Pero al final todo nos devuelve al mundo: de éste procede la angustia, no de algo otro; y sólo de él puede provenir su superación. El mundo es el ámbito del sentido posible, y sólo en él podrá restituirse el sentido. No hay otra originariedad que la del mundo; ni la del ser ni la de lo divino.