jueves, 10 de mayo de 2018

NOSTALGIA DE LA NATURALEZA



El ser humano occidental e hipermoderno no deja de evocar una naturaleza de la que se siente desarraigado. Lo hace a través del arte o de la filosofía, o simplemente en la forma de una añoranza “vulgar” ‒reflejada en la publicidad de multinacionales alimentarias o en películas hollywoodienses pretendidamente profundas‒, que nos remiten a algo que siempre se ve como ya pasado, algo perdido o enajenado. Esas bucólicas imágenes nos conectan con algo imprescindible, vital, con un sustrato que de perderse supondría nuestra ruina; un cordón umbilical que nos conecta a lo primigenio y que parece (hoy ya definitivamente) a punto de romperse, con lo que nuestra “humanidad” se perdería del todo. La ciencia y la tecnología sólo son una huida hacia delante de nuestros problemas ‒nos proporcionan algunas comodidades, pero nada realmente importante‒ que nos van alejando de eso primigenio, del último poso de autenticidad, del suelo nutricio que nos permitiría, si volviéramos a él, ser verdaderamente felices (algo muy distinto del “bienestar”); nos lanzan a un frío mundo de alienación instrumental en el que, de “lo humano”, va a quedar poco o nada.

Es éste un discurso tan tópico y manido, pero sobre todo tan ingenuo, que sólo por reiterativo y hueco debería causar el rechazo de cualquiera que teóricamente aún aspire a estar a la altura de su época. La demonización de la ciencia y la tecnología, que son pintadas como lo fáustico, aquello a lo que el hombre ha vendido su alma, no deja de ser sino un motivo romántico surgido en el contexto de la primera Revolución Industrial y que sólo como tópico literario puede seguir siendo vendido por cierta “intelectualidad”. Eso de que nos volvemos inhumanos y hemos “olvidado” cómo vivir (al final, ¿no viene a resumirse en esto el olvido del ser heideggeriano?) suena muy bien, hasta que preferimos estar en contacto constante con seres queridos, irnos de vacaciones unos días a lugares tan distantes que antes no hubiéramos podido llegar en menos de unos meses, o no morir de la primera enfermedad que se nos cruce en el camino, momentos en los cuales el auxilio de lo tecnocientífico pierde su negritud ontológica. Entonces sí que optamos por lo fáustico, y no por lo natural y de toda la vida, aunque luego, hipócritamente, nos justifiquemos diciendo que “el sistema” (“el capitalismo”, etc.) nos ha obligado a beber ese veneno moderno. Confundir lo humano con ese primitivismo impostado y paranoide lleva a cada vez más gente a reivindicar el regreso a formas de vida pasadas y obsoletas, lo cual es imposible y absurdo; máxime cuando ese neorromanticismo propone renunciar a las vacunas o a los alimentos transgénicos, sin los cuales cientos o miles de millones de seres humanos perecerían. No deja de ser una cháchara autocomplaciente de irresponsables incapaces de deducir las consecuencias de sus posturas teóricas.

En realidad, y pese a las apariencias, no hay en todo esto ninguna rememoración de la naturaleza. Lo que se rememora aquí ‒y sí, esto vale también para pensadores como Heidegger‒ no es la naturaleza, inexperienciable por el ser humano; nosotros hemos sido “expulsados” de ella, no podemos conocerla sino como objeto, ya sea puramente pragmático (su explotación y consumo), gnoseológico (el de las ciencias naturales) o estético (desde la representación artística al mero “ir al campo”; ése al que uno, por más “de pueblo” que sea, no termina de pertenecer, pues no somos un animal con medio, sino con mundo). El ser humano puede vivir/estar en la naturaleza, pero no reintegrarse/ser en ésta, pues nuestra condición inteligente y tecnológica nos expulsó de ella (el pecado original que conduce fuera del Edén), como poco, en el tránsito al Neolítico. Somos ese “animal enfermo”, que decía Nietzsche, arrojado de la physis, que no se adapta al medio para sobrevivir, sino que lo adapta a sí mismo, lo transforma técnicamente, y por eso lo percibe y siente como algo ya mediado culturalmente, como algo de lo que se ha distanciado de forma irreversible.

No. Lo que se evoca no es la naturaleza, sino niveles tecnológicos anteriores, que sostenían un mundo sociopolítico y cultural que uno recuerda con nostalgia (o que, a menudo, se inventa). Eso es lo añorado; no es el trato todavía virgen e incontaminado con la flora y la fauna, sino un entorno sociocultural ‒un trato entre seres humanos, en suma, que siempre ha estado bastante “contaminado”‒ que respondía a otras relaciones materiales y a otras exigencias socioeconómicas. No deja de ser el inevitable poso conservador que arrastramos como especie, algo que tiene que ver con el funcionamiento mismo de nuestro cerebro y su necesidad adaptativa de aferrarse a algo estable (= predecible), aunque sólo se encuentre ya en el pasado, en la memoria. En realidad, lo que nos hace sentir el “desarraigo” no es ni siquiera el haber cambiado de mundo histórico, sino el hecho de que éste cambie demasiado deprisa, sin darnos tiempo a adaptarnos psicosocialmente de modo eficiente; es la insuficiencia de nuevos enlaces simbólico-afectivos. “Naturaleza” es el nombre que le damos al deseo de que la tecnología de una determinada época quedara estancada para siempre, perpetuando un determinado mundo que nos es familiar, con un horizonte de expectativas estable. Un mundo cuyas reglas no cambien cada pocas generaciones (o cada generación, o varias veces en una misma generación), destruyendo así las posibilidades de comprensión y comunicación intergeneracionales ‒lo cual hace que los mayores queden obsoletos porque pertenecen a mundos ya caducos.

Lo que llamamos “naturaleza” no deja de ser un mundo simbólico correspondiente a relaciones materiales que han cambiado; pero, socializados en él, no deja de ejercer exigencias emocionales y de sentido sobre nosotros. Lo “natural” ‒ese criterio de orientación práctica que “hoy nos falta”‒ es el modo en que ha quedado registrado en el espíritu (que dirían los idealistas alemanes) o en el inconsciente colectivo (por usar un lenguaje psicoanalítico) un pasado que quiere eternizarse. Es la propia cultura añorando su pasado, cifrado simbólicamente; algo que las ciencias tienden a destruir, al convertir la naturaleza en objeto despojado de tales investiduras. Por eso el pensamiento reaccionario suele rechazar la ciencia y niega puerilmente sus resultados, ya se trate del Big Bang o la teoría de la evolución o el cambio climático o el uso de células madre: nos traen a un presente absoluto (la realidad) para el que el pasado idealizado (la mitología) no existe; dos versiones antagónicas de una y la misma naturaleza.

Sin embargo… el ser humano necesita una conexión con el pasado, con su mundo simbólico, con el espíritu reificado como “naturaleza”. Sin ella se encuentra desarraigado, sin horizontes existenciales, sin un por qué, el cual difícilmente obtendrá de la razón pura ‒puede hacerlo a título individual, pero nunca colectivo‒. Requiere, en efecto, relacionarse con su pasado a través de mediaciones simbólicas, orientadores del pensamiento y la acción. Que éstas sean falsas, desde el punto de vista de su contenido, no las hace menos necesarias; hay falsedades necesarias para la vida, como decía Nietzsche (aunque los “nietzscheanos” lo han confundido con que la falsedad no existe y por tanto todo es igual de verdadero). Prescindir de ellas, como hace la ciencia ‒no puede hacer otra cosa, por otro lado, pues no es ése su trabajo‒, conduce al nihilismo. Mientras, la religión, que se hace cargo de ellas, pero entendiéndolas literalmente, como verdades, lleva al fanatismo. La filosofía debería ser su mediación, su comprensión conceptual desde el punto de vista del mundo en cuanto tal (el ámbito del sentido, la construcción de una posición racional más allá de la cultura propia, pero atenida a las necesidades culturales), que las sabe falsas pero dialoga con ellas, estableciendo una dialéctica de lo mítico y lo científico que es imprescindible para la salud psíquica y social. La sabiduría nunca ha dejado de ser eso.




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© David Puche Díaz, 2018.
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