lunes, 18 de diciembre de 2017

ESTOICISMO



La filosofía es ante todo un modo de ser, una forma de vida, si bien alimentada teóricamente y con la aspiración de convencer racionalmente a otros de que es la mejor porque acarrea una serie de ventajas para uno mismo y porque a la vez sería universalizable. La filosofía que sigue define a un ser humano, como decía Fichte, porque en esa doctrina ‒sea explícita o implícita‒ se encierran una serie de elecciones fundamentales. De hecho, escoger el camino de la filosofía como “profesión” ya es una importante elección fundamental. Sea como sea, cada filosofía proyecta un mundo. Es antes una forma de praxis cotidiana que una teoría, ciertamente, pero sin esa reflexión se quedaría en nada o derivaría en formas rituales o religiosas. El argumentar en términos estrictamente racionales y con apoyo en una consolidada tradición intelectual es lo que la diferencia de vagas formas de religiosidad, autoayuda o mindfulness.

Aunque siempre me he reconocido teóricamente próximo al idealismo alemán y a consecuencias intelectuales suyas como Nietzsche o Heidegger (sólo en tiempos relativamente recientes me he escorado definitivamente del lado del materialismo, decantándome por una comprensión del mundo en términos económicos y tecnológicos), lo cierto es que, si analizo mi forma de ser, si hago examen de conciencia y miro en perspectiva mi día a día, soy más un estoico que otra cosa. Nunca he sentido una gran predilección teórica por esta corriente ‒para mí, un producto de la decadencia de la gran filosofía clásica, una vez llegada la crisis de la pólis como unidad sociopolítica, y la consiguiente crisis de lo colectivo‒, pero me llega una influencia indirecta a través de Spinoza, Kant y Nietzsche (al que siempre he tenido por bastante más estoico que hedonista, pese a las lecturas que suelen hacerse de lo dionisíaco, a mi entender totalmente desencaminadas). Estoico, insisto, desde un punto de vista puramente práctico, aunque teóricamente sea, ya alcanzada la madurez intelectual, materialista. Es cierto, podrá objetarse, que los estoicos fueron materialistas, pero lo fueron en un sentido muy ingenuo, irrelevante para la comprensión del mundo actual. Lo importante del estoicismo son sus planteamientos éticos.

Los estoicos defendieron un ideal de imperturbabilidad del ánimo (la ataraxía, que nada tiene de “indiferencia”) basado en depender lo menos posible de las comodidades materiales y de los factores externos; una vida guiada por la razón (lógos), que conduce a la virtud ‒y con ella, a la felicidad‒ en la medida en que nos permite entender el orden de la phýsis y adecuarnos a su ley. Ahí radica el “materialismo” estoico, en hallar un orden universal, una “razón divina” de la cual nuestra razón participa (con la cual puede, por tanto, armonizarse). El estoicismo convirtió la naturaleza humana ‒algo terriblemente impopular en estos tiempos de culturalismo desbocado‒ en el patrón con el que medir y criticar toda norma e institución social, lo cual constituyó un paso (tan influyente en Roma, y por tanto en el devenir posterior de Occidente) hacia la idea de una legislación y una ciudadanía universales (cosmopolitas), más allá de todo particularismo étnico.

La idea fundamental es la de entender la felicidad como comprender y plegarse a un orden que en lo esencial escapa a nuestro control. Aun a riesgo de una excesiva simplificación, creo que se puede decir que hay dos posturas básicas ante la cuestión primordial de la felicidad, de la realización de la existencia humana: una que podríamos llamar “occidental” y que defendería que consiste en la satisfacción del deseo, y otra “oriental” que encontraría la felicidad en el hecho de aquietar el deseo. Esto es, consumar el deseo o intentar no desear; gozar o no sufrir; un concepto positivo y otro negativo de la felicidad, podríamos decir (un dilema que no es ajeno, por cierto, al modo en que encauzamos la sublimación cultural de nuestras necesidades biológicas).  

Ambos espíritus se reflejan en algo más que la posición en relación al modelo de felicidad y a la satisfacción del deseo: la propia moral puede entenderse como una moral basada en la ley (obediencia) o en el equilibrio (armonía). Esto es, una ley basada en una instancia externa a nosotros (trascendente o no) frente a otra interna. Mientras que Occidente se ha caracterizado históricamente más por morales de obediencia a la norma, Oriente lo ha hecho por la búsqueda del equilibrio ‒la influencia de los marcos religiosos sobre las filosofías posteriores es enorme en este terreno‒. Esto podría ser una simplificación todavía mayor que la anterior, ciertamente; pero creo que, como idea general, puede sostenerse sin dañar mucho a la particularidad de la verdad. Así, frente al politeísmo y al deísmo (que había originariamente en Europa, como en Extremo Oriente), los cuales responden más al segundo modelo ‒y así lo atestiguó la filosofía grecorromana‒, el monoteísmo (procedente de Oriente Próximo y Medio) responde en lo esencial al primero. El Dios único teísta es un correlato del rey, impone la obediencia al acabar con la “división de poderes” metafísica ‒politeísmo‒ o con todo ideal de equilibrio con la naturaleza ‒deísmo‒; ésta ya no se identifica con Dios, sino que es su Creación y por tanto su propiedad, su patrimonio. Éste es un concepto mundano de lo religioso, tosco, pragmático, frente a la espiritualidad mucho mayor que se encuentra en el politeísmo y sobre todo en el deísmo. El triunfo del monoteísmo es el triunfo de la moral de la obediencia, de la imposición de una ley y de la renuncia a la búsqueda personal de un camino. Afortunadamente, la filosofía ha mantenido esos caminos abiertos y ha velado por ellos durante dos milenios, pues incluso bajo el monoteísmo cristiano, judío o islámico ha buscado siempre la forma de llamar Dios a “otra cosa”.

Pues bien, ahí me sitúo yo: en relación a estas cuestiones soy más bien “oriental”, si bien siempre a través de una tradición de pensamiento occidental que “tiñe” mi forma de entender la vida. En efecto, me guío ‒lo repetiré: de una forma mucho más práctica que teórica‒ por el aquietamiento del deseo que por su satisfacción. Es por eso que siempre he sido muy austero y detesto el consumismo y el condicionamiento individualista y hedonista de nuestra sociedad (tan alejado de aquel hedonismo que propugnó Epicuro). Siempre he sido reservado en los placeres, y me gustan ante todo los más sencillos y baratos, y aun éstos en dosis muy pequeñas. No puedo dejar de plantearme que son exigencias de mi cuerpo animal, y a veces hasta reparo en ellos como algo de lo que sería deseable que un ser racional pudiera prescindir, pues en general sólo constituyen ataduras y fácilmente se convierten en fuente de vicios.

Prefiero los placeres intelectuales o estéticos, e incluso éstos vengo desde hace tiempo viéndolos como algo caprichoso e impostado, las más de las veces, de lo que puedo prescindir en gran medida. A menudo sólo son formas de sofisticación tan artificiosas que me saturan, y prefiero dedicarme a la contemplación más absoluta, a la relajación, al paseo o al cuidado de mis animales, en los que veo una pureza que desearía para el ser humano ‒empezando por mí, por supuesto‒. La satisfacción de demandas crecientes de placer sólo lleva al enfrentamiento entre seres humanos por unos recursos que son insuficientes para todos, y la única forma de que halláramos un estado de paz y justicia sería la renuncia (sobre todo por parte de los occidentales) a un nivel de vida absolutamente insostenible y basado en los excesos, una forma de felicidad efímera y contraproducente, tanto para el individuo como para el colectivo. Pero preferimos ser pobres y que haya ricos, con la esperanza de llegar a ser uno de ellos, a vivir modesta y dignamente y que no hubiera ricos que nos dieran un horizonte vital inalcanzable por todos, lo cual es una comprensión enfermiza de la existencia. 




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© David Puche Díaz, 2017.
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