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domingo, 5 de octubre de 2014

YO

Todo lo que hacemos de valor en la vida ha de estar guiado por alguna pasión. Da igual si ésta es positiva o negativa, y el que diga lo contrario es un maldito idiota. En mi caso, esas emociones rectoras han sido siempre, por encima de todo, el odio y la envidia. Todo lo que he logrado, todo lo que he hecho y de lo que me puedo sentir orgulloso, se lo debo a ellas. Eso sí, convenientemente sublimadas y pasadas por el tamiz de la cultura y la formación adquiridas; convertidas en algo productivo, y no en una mera expresión de frustración, lo cual inexorablemente deriva en neurosis y hasta en violencia. Sin embargo, en los últimos tres años ambos sentimientos decrecieron drásticamente en mí, lo cual me condujo a un estado de pseudofelicidad bobalicona y absolutamente improductiva, de la cual ahora me avergüenzo. Cuánto tiempo perdido. Como decía Goethe, la aspiración a la felicidad es cosa de plebeyos. Afortunadamente, pasado ese período de letargo, roto el embrujo que lo producía, el páthos vuelve a mí. Me siento yo mismo de nuevo. Y me siento bien por ello. Uno tiene que ser el que ha nacido para ser, no el que se siente cómodo siendo. Que la felicidad nunca nos aleje de nosotros mismos, de nuestro fátum.