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domingo, 15 de marzo de 2009

TEXTO


"De todo lo escrito yo amo sólo aquello
que alguien escribe con su sangre.
Escribe tú con sangre: y te darás cuenta
de que la sangre es espíritu.
No es cosa fácil el comprender la sangre ajena:
yo odio a los ociosos que leen".
F. W. NIETZSCHE, Así habló Zaratustra.

"El vicio supremo es la superficialidad.
Todo lo que se comprende está bien.
Recuerda asimismo que lo que para ti sea penoso leer,
aún más penoso es para mí escribirlo".
O. WILDE, De profundis.

Quien termina un trabajo teórico que le ha llevado varios años de su vida (años de juventud, además), y ello no con un propósito práctico, sino por la mera realización intelectual que supone, se puede encontrar, como es mi caso, en la curiosa situación de tener que presentarlo ante la comunidad académica (o simplemente ante compañeros de andaduras intelectuales) y no saber muy bien cómo hacerlo ni por dónde empezar. El texto, en efecto, desborda al autor, y ello en todas las facetas de su elaboración. Y, en general, no para mal, sino para bien. En la construcción del texto se revela una gramática con una cierta autonomía del "autor", una lógica que el propio material impone, lo que aleja la acusación de arbitrariedad de aquél. Esto, naturalmente, aparece como una suerte de "proposición especulativa" textual, que sólo el propio trato con el texto podría aclarar. Pero puede plantearse como punto de partida.

Tanto en el propósito como en la temporalización, tanto en la forma como en el contenido, todo se ve rebasado. Cada dimensión, de hecho, atraviesa y transforma las otras; son indesligables. El autor, más que tal, es un combinador de materiales, un catalizador que inicia la reacción de éstos; permite así que el texto resulte, sin ser éste exactamente un “producto suyo”. El sentido emerge; lo que hay que hacer es darle la ocasión. Hay un gran número de factores de la producción textual, que escapan a nuestro control, pero que modifican invariablemente el resultado. Todo lo que hemos escuchado o leído, y no sólo eso, sino también en gran medida el orden en que lo hemos hecho, a lo largo de nuestra vida, qué profesor nos dio clase en tal año, las circunstancias personales que se simultanean con la escritura… todo influye. Pero, por encima de todo, está esa lógica que procede de la cosa misma, del asunto pensado, y que se desenvuelve por sí misma, cuando el texto es trabajado con lealtad y sin prisas.

Hace falta hoy una filosofía positiva (en el sentido de Hegel, no de Comte). Una filosofía que no sea mera propedéutica o "reflexión metateórica" acerca de lo que la teoría debería ser. Hay que producir; ésa es la única forma de "investigación" que nos está dada. La tarea filosófica consiste básicamente en ello: producir y mostrar lo producido. Escribir es producir sentido, y en el sentido se revela el espíritu, que nuestro mundo tanto necesita. La filosofía es, ciertamente, la manifestación de la libertad que surge, precisamente, de un medio que la niega. Hay que darle al sentido la ocasión de mostrase. El pensador improductivo es todo menos un pensador; leer no es pensar, aunque sea su condición necesaria. Leer ha de servir para escribir; pero sólo de la escritura puede surgir algo nuevo. Se piensa escribiendo, y no al revés; el papel es el laboratorio de la filosofía. Quien escribe arriesga, pero teorizar ha de suponer un riesgo.

El intelectual de hoy (y "hoy" tiene ya más de cien años) está resignado a la reproducción y al comentario de lo dado, a escarbar en la historia en busca de una indicación para el presente, sin ser consciente de que toda época produce sus propias respuestas, si es que ha de tenerlas. Hermeneutas y deconstruccionistas llevan varias décadas pegándose en el ring universitario (ya sin público, porque a nadie interesan ya estas cuestiones en realidad, salvo a los recién llegados a los que impresiona su lenguaje) por la cuestión del sentido, mal planteada por ambos, puesto que, con su conciencia de epígonos, que ya denunciaba Nietzsche en la segunda Consideración intempestiva, refieren siempre el sentido al pasado, ya perdido irremisiblemente, ya por desenterrar. Pero, en lugar de ello, cuando se usa un texto (que podemos tomar como punto de partida para llegar a la cosa pensada, que es lo único que debería interesarnos, y no el texto en sí, mera puerta de entrada), hay que decir todo aquello que éste no diga, pero que permita decir desde su lógica. A su vez, al hacerlo veremos esa misma lógica crecer, desarrollarse, como algo orgánico, en la medida en que se funde con las de otros textos, de otras perspectivas. Al final, lo que cogimos prestado a la historia se hace irreconocible: señal de que pisamos al fin tierras propias. Así se aprende a pensar: siguiendo los pasos de los que nos precedieron, pero yendo siempre más lejos que ellos, o cuanto menos intentándolo. Pero para ello hay que tener perspectivas. La especialización reduce al pensador a funcionario intelectual, a archivador de la historia, en vez de en un paso más de ella. Para el que se dedica a la filosofía, la extensión de los conocimientos es mucho más importante que la intensión. "Especialista en Nietzsche", o "en epistemología", o en lo que fuera, es un hierro de madera. Hay que beber de todas las fuentes y no estar cerrado a nada. Sólo así el filósofo podrá cumplir su tarea de “sismógrafo” espiritual de su tiempo.