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jueves, 11 de septiembre de 2008

TEOLOGÍA

A propósito de la teología, de la que hablaba en la entrada anterior, marca (y ello es vergonzoso en una sociedad que se cree libre e ilustrada) un importante debate político: se trata de la cuestión del aborto y la eutanasia. En realidad, dos cuestiones por completo diferentes, pero a la vez mezcladas, precisamente, por la intromisión de la religión.

En cuanto al primer problema, nos encontramos ante la pregunta "¿cuándo empieza la vida humana?". Hay que precisar esto para saber si la interrupción del embarazo, en efecto, es un homicidio o no. La postura de la teología es clara: en el momento mismo de la concepción, esto es, cuando se unen el espermatozoide y el óvulo, Dios "introduce" un alma en el cigoto. Se unen, en este preciso instante, el origen natural del hombre (la cópula) y el sobrenatural (la creatio ex nihilo del alma que en realidad seríamos), y con ellos el pecado de la carne y el pecado original. Desde este instante, así pues, nos encontramos ante un ser humano de pleno derecho, si bien para que esa alma adquiera consciencia de sí misma hará falta todavía un largo proceso de multiplicación celular.

En cuanto al segundo, la pregunta es "¿a quién pertenece la vida humana?". Sólo sabiendo esto sabremos si la eutanasia (en resumidas cuentas, el suicidio, la muerte deseada) es un pecado o no. De nuevo, la respuesta de la teología no deja lugar a dudas: la vida de cada uno de nosotros pertenece a Dios, puesto que él es quien ha creado nuestra alma, nuestra sustancia misma. Y al margen de que entonces el pecado tendría que ser la destrucción del alma en sí (cosa imposible, ya que el alma es inmortal), pues si sólo destruimos el cuerpo estaríamos "atentando" únicamente contra nuestros padres, la cosa es que no somos dueños de nuestra propia vida ni, por tanto, podemos disponer de ella cuando nos parezca. Si toca sufrir, hay que hacerlo, porque Dios lo ha dispuesto así, y nosotros somos sus juguetes.

Detrás de todas estas ideas, evidentemente, está la tradicional psicología racional, la teoría metafísica acerca del origen y la naturaleza del alma que sostiene el cristianismo, y que pretende imponerse a todo el mundo, sea creyente o no. Y esto es un absoluto escándalo, porque pretende salvarse la barrera entre el Estado y la iglesia, entre la ley y el dogma de fe, de forma que se legisle en función de las ideas religiosas de una parte de la población. En realidad, daría igual (si es que esto es una democracia) que fueran las ideas de toda la población, porque las ideas religiosas deberían pertenecer al campo de lo estrictamente privado, y no traducirse jamás en ley alguna. La mayoría no tiene derecho a decidir, si lo que pretende decidir va contra el concepto formal de democracia. Y esto es precisamente lo que se hace cuando se pretende eliminar la separación de Iglesia y Estado, cuando se pretende que lo que es pecado sea delito. Y si no, volvamos a los tiempos del despotismo ilustrado, y que decida el rey. Tanto igual daría.

El caso de la eutanasia es particularmente sangrante, pues no deja lugar al dilema de decidir por otro (el no nato) que todavía puede darse en el caso del aborto (y ello al margen de que siempre se podría decir que el embrión es una forma de vida, sí, pero todavía no humana). Pero cuando se trata de decidir acerca de la propia muerte, la imposición de la religión, que dice que debemos sufrir, es insoportable. Que cada cual deje dicho lo que desea para sí, y que los cristianos se muestren, por una vez, capaces de respetar a los demás. Pues el colmo es oírles decir, cuando se habla de estos temas, o del matrimonio homosexual, etc., que con ello se les está persiguiendo.

Sólo espero que la iglesia mantenga una posición absolutamente intransigente en estas cuestiones. Eso está vaciando los templos día a día, mejor que cualquier propaganda "de izquierdas" o "atea". ¡Dejadnos, a los que no somos creyentes, ir al infierno tranquilos, pero en esta vida no nos molestéis con vuestra religión!