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lunes, 19 de octubre de 2015

TECNOCRACIA, DEMAGOGIA E ILUSTRACIÓN

La filosofía se ocupa de asuntos de los que es preciso y hasta urgente discutir, pero que no tienen un especialista porque no caen dentro de la competencia técnica (con el correspondiente elemento de exclusividad) de nadie en particular. No me parece inútil recordar, en este punto, la antigua distinción –de la que surge la filosofía en sentido estricto– entre el sophós (en sentido originario, el experto, el “técnico”), el philosophós (el filósofo) y el sophistés (el sofista), tres perfiles sociales relacionados entre sí por el problema del conocimiento y su uso –el de esa sophía (sabiduría) que tienen como raíz común–. Tres figuras que comparten y se disputan el mismo nicho sociocultural y, en consecuencia, pedagógico (esto es, se disputan la legitimidad de la formación sobre ciertos temas que pretenden asumir como su competencia propia). Podríamos describirlos como el especialista en algo, el especialista en todo y el que se ocupa con lo que no tiene especialista.

Pues bien, la aplicación de sus respectivos modelos de saber, y en consecuencia, de sus modelos formativos, proyecta, respectivamente: i) una sociedad tecnocrática que reduce todo a criterios instrumentales y cuantitativos, sometiendo así esferas enteras de la vida y la identidad humanas a los criterios de expertos, que son ajenas a aquéllas y totalmente homogenizadores; destruyen, en otras palabras, el sentido de esa existencia, que no es jamás reductible a esos parámetros. ii) Una sociedad dogmática que gira en torno al control de la opinión pública, sin atender siquiera a criterios técnicos, sino a las meras opiniones apoyadas en poco conocimiento y de muy mala calidad, cuando no a las emociones más bajas. Este modelo es el contrario al anterior, pues sacrifica toda verdad ante el sentido (el modo en que se experimenta subjetivamente la realidad), como aquél sacrifica todo sentido ante la verdad. Los sofistas que caracterizan este modelo existen hoy, naturalmente, con otro nombre, y los encontramos como “expertos en cualquier cosa”, “todólogos” capaces de hablar de lo que sea e incluso de ocupar cualquier puesto de responsabilidad, o de dirimir, en general, cualquier cuestión, en su lenguaje profesional –que es puramente convencional (sin ningún soporte objetivo como el científico), pero se hace pasar por una legalidad cuasinatural que enmascara los equilibrios de fuerzas sociales que lo han generado históricamente–. Nos encontramos así con los sofistas contemporáneos: políticos, periodistas, abogados, publicistas y propagandistas de toda índole, y un largo etcétera que abarca la casi totalidad de las llamadas “profesiones liberales”.

No cabe duda de que lo que impera hoy es un modelo mixto de tecnocracia y dogmatismo. Pero frente a éste, todavía queda un tercer modelo de conocimiento y formación, para mí el único compatible con una “democracia verdadera”, pues aúna las esferas de la verdad y del sentido, y en consecuencia a los expertos con aquellos que abordan los temas para los que no hay experto posible, de hecho haciendo esto explícito (y dejando abierto ese espacio que nadie debe ocupar), pero sin ser tampoco, obviamente, meros “opinantes” sin cualificación. Este modelo es iii) aquel en el que la filosofía tiene un peso específico en la formación; el ejercicio de la reflexión –sostenido sobre la historia misma de la reflexión– acerca de esos temas fundamentales antes referidos; una reflexión que prepara al ciudadano para ser tal, sin formar ella misma parte de las estructuras del poder (tanto tecnocráticas como dogmáticas). Se trata de la disciplina del pensar que siempre permanece fuera del poder para criticarlo, proponiendo modelos de sociedad ideales, mientras respeta que las prácticas concretas queden al cuidado de especialistas. Este modelo (que es el de una sociedad ilustrada), de realizarse, pondría en su lugar legítimo a los sofistas contemporáneos, que no podrían arrogarse las funciones que hoy detentan. Por eso, por supuesto, son los primeros interesados en destruirlo, para sustituirlo por el populismo más abyecto –ese del que siempre acusan a los demás– o por las más rancias mitologías. Pero de lo que se trata es de la liberación del lógos, de la palabra que abre y sostiene el espacio público, que es un espacio de sentido y de verdad, frente a la corrupción a la que está sujeto. Y para ello hay que limitar la pretensión de que hay un especialista en lo que, por su propia naturaleza, no lo tiene (aquella docta ignorancia de Sócrates reflejada en su irónico “sólo sé que no sé nada”). La filosofía sería, así, el recordatorio de que en la sociedad hay un espacio vacío que debe permanecer así, sin que nadie lo ocupe. Ese espacio es el de la educación. No es un espacio neutro, pero sí uno en el que debatir alternativas en una comunidad reglada antes de incorporarse a la vida profesional y política activa. Todo ello bajo la premisa de que la teoría debe acompañar siempre a la acción y de que las preguntas son tanto o más importantes que las respuestas dadas, que siempre cambiarán con el paso del tiempo. Pero las genuinas preguntas son eternas, o por lo menos tan persistentes como lo sea el ser humano, y de ellas se cuida la filosofía.