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viernes, 11 de diciembre de 2009

TARDE NEBLINOSA

Delante de mí, el portátil, siempre encendido. A su alrededor una jarra con lo que queda del café, ya frío (dentro de un rato le añadiré algo que no es café, precisamente), mi agenda, un bote lleno de lápices y bolígrafos, un taco de papel de notas, el móvil, varios penn-drives, y todas esas cosas que pueblan normalmente un escritorio. Sobre el monitor del portátil, la ventana, bastante sucia a decir verdad, a través de la que veo, como todos los días desde hace tres años, la forma vagamente parecida a un templo romano del hotel Velada, en Mérida. Hoy, y desde hace dos días, envuelto en una espesa niebla que desdibuja su figura y hace que la mentira diseñada para los turistas parezca un poco más real. Me gusta la niebla. Oculta las cosas, las confunde. Nos aleja del mundo, o por lo menos hace más evidente nuestro alejamiento de él, como si el velo de maya quisiera mostrarse, hacerse traslúcido.

Suena música, ni siquiera me fijo en qué es. Metal, en todo caso; es lo que escucho siempre para trabajar. Bien alto. Me ayuda a concentrarme, por raro que parezca. Me crié en una casa en la que siempre estaba sonando música, radio o televisión a todo volumen. Sin ruido de fondo no puedo pensar, me ahogo en el silencio, que se mete en mi cabeza y late como un corazón enfermo. Tal vez el mío. El metal, gustos aparte, es la única música genuinamente dionisíaca que a nuestro tiempo le ha sido dado parir. Revela ese trasfondo siniestro, absurdo y violento de la realidad y del hombre, ese mundo oscuro y trágico que queremos negar pero que sostiene el orden y la seguridad apolíneos, y que inspira y espira criaturas y formas constantemente, en una tragicomedia sin fin. Una mirada breve, como sólo puede serlo, al abismo que oculta nuestro día a día; la oscuridad que permite que haya luz. Luz que no es algo positivo, sino la negación de la noche, como las cosas son la negación de la nada. Pero todo vuelve, tarde o temprano, allí de donde partió. Paga por su injusticia según el orden del tiempo. Se restituye el equilibrio.

A mi lado, como de costumbre, la cama sin hacer, cubierta de libros abiertos boca a bajo por páginas señaladas. Siempre el trabajo. Todos los días igual, casi sin excepción. Y cuando la hay, me aburro, y me gustaría estar frente a mi escritorio, con mi ordenador y mis libros. Me aburre la gente, me aburre la prensa, la radio, me aburre el mundo. Me aburre divertirme, y me aburre descansar. Odio toda distracción, pero cedo de vez en cuando, porque sé que el mundo lo exige, y que no entienden que quieras dedicar el “tiempo libre” a algo que supone un esfuerzo. Cómo los desprecio. Me levanto todos los días a las cinco y me pongo a lo mío, que es lo único que me importa. Ellos duermen, mientras tanto. Los durmientes.

Aun así la propia obra, que es la propia vida, cansa, y hay momentos desoladores. Parece que nunca se cosecha nada, aunque sé que no es así, y que tengo ya unas cuantas recompensas en mi haber. Pero todo va muy despacio. La impaciencia es el peor enemigo. Releo el comienzo de la primera parte del Fausto de Goethe: "Con ardiente afán, ¡ay!, he estudiado a fondo filosofía, jurisprudencia, medicina, y también, para mi mal, teología. Y heme aquí ahora, pobre loco, que no sé más que antes. Me llaman maestro, me llaman doctor, y hace ya cerca de diez años que traigo a mis alumnos de cabeza… y veo que nada sabemos. Esto casi me consume el corazón. Verdad es que soy más entendido que todos esos necios, doctores, maestros, escritorzuelos y clérigos de misa y olla; no me atormentan escrúpulos ni dudas, no temo al infierno ni al diablo… pero, a cambio de eso, me ha sido arrebatada toda clase de goces. No creo saber cosa alguna razonable, ni tampoco poder enseñar algo capaz de mejorar y convertir a los hombres”. Por esa razón Fausto se entrega a la magia, a lo demoníaco, buscando en ello el atajo que el trabajo del concepto le niega. Pero para nosotros ya no hay magia, no hay atajos. Hemos llegado tarde hasta para eso. Y, como Unamuno vio mejor que Goethe, no hay que buscar la hýbris más allá del saber; éste es ya la desmesura que condena a Fausto.