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jueves, 12 de noviembre de 2009

SE HA HECHO MUY DIFÍCIL FILOSOFAR...

Desde que Dios ha muerto se ha hecho muy difícil filosofar. Lo que debería haber sido un nuevo comienzo no ha traído más que las sucesivas constataciones de un aparente final. La filosofía, de hecho, ha vivido durante todo el siglo XX de narrar su propia muerte. Un discurso que es acta de defunción de sí mismo, lo cual revela que, en la misma medida en que no se sabe continuar, no se quiere renunciar a él. El principio de trascendencia, ciertamente, abría para la filosofía un territorio y un repertorio de problemas en el que el pensamiento (que aspira a rebasar todo límite) se movía a sus anchas, como en su elemento propio; en él experimentaba y construía conceptos con gran libertad. A comienzos del siglo XIX el pensamiento especulativo (esa cartografía de lo real sostenida sobre un "sustrato" teo-lógico) alcanzó las cotas más elevadas de la abstracción jamás vistas. Nunca se recuperó de su éxito. Ahora los conceptos filosóficos parecen no tener superficie sobre la que extenderse, parecen vacíos y carentes de realidad. En la pura inmanencia, a la que sin embargo está abocado, al concepto filosófico se le exige una correspondencia e inmediatez con lo óntico que no puede brindar, lo cual lo desacredita de antemano.

A la vez, o tal vez en dependencia de lo anterior, se da otro problema. Siempre se ha sostenido la existencia de una facultad que permitía filosofar (o, simplemente, conocer, o actuar); una facultad que todo ser humano posee, pero que por lo general no se usa, o se usa sólo en cierto modo muy restringido, desaprovechando su potencial: nous, intuitio, Vernunft, la propia fe, etc. Sin embargo, tampoco se sostiene ya la existencia de tales facultades "diferenciales". Las ciencias naturales han hecho mucho al respecto. La psicología, otro tanto. La democracia (que no es, filosóficamente hablando, sino la imposición de la doxa), el resto.

Y ya no queda ni siquiera hombre, esto es, ni sujeto ni destinatario del discurso, que era lo poco que le quedaba al existencialismo aún a mediados del siglo XX, y al cual el postestructuralismo se dio tanta prisa (y con qué placer) en liquidar. Se hizo tema, así, de lo único que quedaba, esto es, de la aniquilación del discurso. Se ha hecho muy difícil filosofar… De ahí que en el plexo hermenéutico y deconstruccionista-literario en que nos hallamos, se defienda antes la Retórica de Aristóteles que la Metafísica, a la hora de construir una teoría del discurso filosófico. Ante la fuga del sentido (fuga de realidad, en última instancia), el discurso se vuelve sobre sí mismo, se vuelve autorreferencial. Género literario, o tal vez ni siquiera eso.

¿Queda algo de lo que hablar, ahora que no tenemos escenario, trama ni protagonista? Parece que, en relación a lo humano, que nunca debería sernos ajeno, ya sólo quedan ciencias histórico-reconstructivas y técnico-sociales. Ciencias, ciertamente, con un objeto y un método, es decir: lo que nunca tuvo la filosofía. Pero que en modo alguno contribuyen a lo que siempre pretendió el pensamiento filosófico: fundamentar nuestro estar en el mundo y la rectitud de nuestro obrar. La desaparición del escenario, de la trama y del protagonista (la desaparición de lo humano) tiene como consecuencia inevitable (aunque cabría preguntarse si no es más bien su causa) la desaparición de la política. No hay relato alguno (no hay filosofía) porque no hay ya política (de la cual la primera siempre fue el reverso teórico): sólo la repetición de lo mismo, la autorreproducción del sistema. Ésa es la verdadera inmanencia a la que estamos condenados. ¿Qué se puede todavía pensar? ¿Merece la pena seguir haciéndolo? ¿No es una mera pose la del pensador, cuando se afirma que ya ni siquiera tiene algo que pensar?

Sólo se me ocurre una respuesta a estas preguntas: hay que seguir pensando, hay que mantener el "esfuerzo del concepto", porque es la única forma de moral que nos queda. Y digo "moral" tanto en el sentido ético como en el de un estado de ánimo.