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lunes, 7 de junio de 2010

SABIDURÍA

Antaño hubo un ideal de sabiduría, considerada la excelencia de la vida (la arete anthropine de Sócrates), y que hoy en día ya no es viable. Para que haya "sabiduría" (ligada siempre a la virtud, por un lado, y al conocimiento, por otro) tiene que haber "mundo", y eso es algo que los (pos)modernos ya no poseemos. El nihilismo que caracteriza nuestra existencia consiste, precisamente, en la "pérdida de mundo" (Weltlosigkeit); esa totalidad articulada de sentido que es el mundo es algo que se ha negado al hombre contemporáneo, con lo cual se vuelve inalcanzable la propia sabiduría, el "saber vivir", a menos que lo consideremos un mero conjunto de técnicas de tipo hedonista-utilitarista. Cuando la filosofía ya no es (como fue hasta el siglo XIX, en el que Nietzsche aún reclamaba la necesidad de la sabiduría frente a la ciencia) "cosmología", o sea, discurso acerca del mundo en cuanto tal, conceptualmente aprehendido, o lo que es igual, el "discurso acerca del orden" (kósmos), no hay saber práctico alguno que pueda cubrir la distancia entre lo que somos y lo que hacemos. Perdemos de vista, en cuanto referente práctico, lo que podemos ser, y por tanto lo que queremos ser. En un mundo que se reorganiza constantemente, y a un ritmo cada vez más veloz, la diferencia con nosotros mismos, la contradicción que somos, impide que exista ese estado de equilibrio y armonía en que consistía la virtud, y con él, la orientación en que consistía la sabiduría.

Ésta constituía cierto tipo de saber, el de lo que no cambia, el de lo que se presupone siempre igual. Todo ideal de sabiduría se fundamenta, por ello, en una metafísica, y donde no hay metafísica no puede darse. Por ello, al parecer, tal saber ya no es posible, si es que alguna vez lo fue en realidad. En el mundo actual todo cambia vertiginosamente, pero es que, además, hoy sabemos algo que el tradicional pensamiento logicista, desde Parménides (por no remontarnos aún antes) negaba: y es que no puede haber conocimiento de lo eterno (lo cual sería una contradicción); que en la eternidad no hay inteligencia alguna (ni desde el punto de vista del sujeto ni desde el del objeto), que lo absoluto está inmóvil, y por tanto muerto. Sólo hay conocimiento donde hay cambio, porque el conocimiento es la medida de ese cambio respecto de otra cosa. Y no habría con qué medir lo eterno. Sólo hay conocimiento, como sólo hay libertad, allí donde hay tiempo, movimiento. El saber es adaptativo y pragmático, desde luego (y ello aun en la abstracción metafísica); el problema hoy es que el cambio es mucho más rápido de lo que la inteligencia puede seguir. A esa sensación desazonadora de "ir siempre por detrás" (que hace imposible la anticipación en que consiste el verdadero saber) cabe atribuirle la desorientación actual y la imposibilidad de la sabiduría. Hoy más que nunca cabe recordar aquello que decía Hegel a propósito de la filosofía, a saber, que "el búho de Minerva sólo alza su vuelo en el ocaso". Ha habido épocas en las que la intelectualidad (filósofos, artistas, ciertas élites científicas) ha sabido anticiparse a su tiempo, e incluso ha inaugurado las nuevas mansiones de la historia; nunca menos que hoy.