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domingo, 5 de mayo de 2013

REFLEXIÓN METAFÍSICA (III)

Hoy en día –y con independencia ya de lo que diga Ortega, aunque seguramente compartiría este enfoque– la metafísica, incluso en esta época en que parece arrinconada dentro del ámbito filosófico como una disciplina residual, frente a otras pujantes como la ética o la estética, permanece sin embargo como la suspensión del pensar ante el sinsentido hegemónico; es el intento denodado y una y otra vez repetido de repensar las categorías básicas que sostienen nuestra imagen del mundo para darles vida y movimiento y que sean capaces de seguir el ritmo cada vez más vertiginoso de los cambios de éste. Un intento, simplemente, de comprender nuestra existencia histórica y el modo en que se transforma nuestra condición. 

Lo importante, así pues, es no verla como una simple cuestión teorética, cosa de académicos, sino como una experiencia que implica al propio espectador (theorós) del mundo, que no por teorizar deja de ser siempre, al mismo tiempo, participante del mismo, y que al pensar hasta sus últimas consecuencias la consistencia de dicho mundo, se piensa y entiende a sí mismo con él. Por ello cabe decir (para escándalo de algunos, sin duda) que la metafísica es el soporte teórico de toda antropología, pues fundamenta nuestro estar en el mundo y pretende esclarecer nuestro lugar en él. Y es que sus problemas son profundamente vitales, aunque una introducción a ellos como ésta difícilmente llegue a mostrarlos como tales, esto es, a experimentarlos. Sin esa experiencia la metafísica nunca pasará de ser juego teórico, abstracción fría y vacía. Por otro lado, que hablemos de “experiencia” no implica “mística” alguna. Pues no es ninguna experiencia privilegiada, accesible sólo a algunos, sino que, partiendo de una experiencia entre otras, pretende cristalizarla en el concepto que la recoge, quitándole frescura y vivacidad, ciertamente, pero dándole la estructura y el rigor necesarios para no sólo conservarla, sino más aún, para hacerla universalmente comprensible y poder así articularla en el entramado de otras experiencias igualmente dispuestas en conceptos. Ese entramado es, en rigor, lo que llamamos “metafísica”.

Se forma así una vasta trama conceptual que acumula experiencia humana, experiencia que (articulada por la metafísica) constituye quizá la más pura esencia de la cultura occidental, el destilado de las vivencias que han definido cada época, vistas a través de algunas de las mayores mentes que nuestra civilización ha dado, y sedimentadas en un acervo conceptual que es sin duda uno de nuestros patrimonios culturales más ricos e importantes. Por ello nuestra identidad, en cuanto hombres occidentales, depende en gran medida (con total independencia del conocimiento personal que tengamos de ella) de la metafísica –aunque, en realidad, se trate más bien de una pérdida de identidad, de una disolución de toda precomprensión acrítica para refundarla sobre una base nueva y más firme de carácter racional; y esto quiere decir (frente a toda identidad, que es particular y, en esa medida, se segrega de lo otro), fundamentalmente, universal. 

Es necesario comprender una cosa en relación a la metafísica: pese a la imagen popular de la misma que pretende retratarla como un conjunto de tesis dogmáticas, absolutas e indiscutibles, lo cierto es que ha sido siempre, ante todo, una búsqueda; los autores clásicos (Platón, Leibniz, Hegel, etc.) han intentado hacer visibles problemas concretos, esto es, hacer preguntas nuevas, más que crear sistemas dogmáticos o dar respuestas incondicionales a los mismos, como quiere ver la tradición (y como en el fondo se ve obligada a hacer toda transmisión de sus contenidos, precisamente para hacerlos inteligibles), siempre conservadora. El conservadurismo y el dogmatismo están más en la forma en que vemos retrospectivamente esas teorías que en ellas mismas, que por lo general han sido revolucionarias en su tiempo; lo que ocurre es que lo que la historia termina aprobando como suyo, siempre lo entiende, desde el futuro, como dogma, por más que fuera originalmente rompedor. [Esto es lo que Gadamer denomina la historia efectual de una teoría: el modo en que es entendida históricamente y ejerce una influencia sobre futuras teorías, con independencia de lo que originalmente quisiera decir (establecer lo cual ya es un problema de por sí, pues toda comprensión del sentido de un texto es a su vez hermenéutica y está históricamente situada). Cf. HANS-GEORG GADAMER, Verdad y método, pássim.] El aparente distanciamiento del mundo real y sus preocupaciones del que habrían pecado los metafísicos –o los filósofos en general– no es tal, pues pocas personas ha habido más preocupadas por su tiempo y por los problemas concretos que surgen en éste que los filósofos; lo que ocurre es que la distancia teórica, la perspectiva que toman para entender esos problemas como es debido (esto es, en conjunto, con una visión global, sopesando todos los factores), hace que muchos crean que se han desentendido de los problemas, que huyen de ellos; pero esto sólo está en la visión del que no ha entendido sus formulaciones por ser demasiado abstractas, cosa que pocos están dispuestos a reconocer. Naturalmente que, cuando ese vínculo con el mundo se rompe de hecho, el discurso metafísico se pierde en la mística (experiencias incomunicables) o en la literatura (una visión puramente subjetiva, estética, de la realidad); y esto, ciertamente, ha ocurrido, y no pocas veces. Pero lo que en modo alguno puede afirmarse es que eso sea lo que le ocurre a toda metafísica. Al contrario; los grandes pensadores están ahí por algo. 

Ya hemos señalado que la metafísica es el núcleo de toda filosofía, su corazón. De la visión de lo real que tiene el filósofo se derivará su modo de entender el papel que ocupan en ese entramado la moral, la política, el arte, la ciencia, etc. Así pues, cabe decir que una filosofía llega hasta donde llega la metafísica (explícita o implícitamente formulada) que la sostiene y orienta; las filosofías –sobre todo contemporáneas– que se han negado obstinadamente a elaborar estas cuestiones –del modo en que sea–, alegando que son “irreales” o que “no tienen importancia en el mundo actual”, o lo que sea, son siempre teóricamente débiles. [Y ello hasta el punto, incluso, de hacer gala de ello como garantía de su carácter no-metafísico y, en esa medida, radicalmente actual, “de vanguardia”.] O a lo sumo manejan ontologías con presupuestos implícitos, de los que se derivan incongruencias precisamente por no ser reconocidos. Ningún pensador de alcance se dedica a analizar cuestiones concretas sin partir de una previa aclaración de la imagen de conjunto que tiene y desde la cual va a situar y relacionar entre sí (en un determinado “mapa teórico” del mundo) dichas cuestiones.